Ser. Catorce experiencias de vida a inicios del siglo XXI

Miguel Ángel Aguilar Díaz*

alte. 2020 Oct 31; 30(59)
doi: 10.24275/uam/izt/dcsh/alteridades/2020v30n59/Aguilar


Ser lector de este libro es una experiencia múltiple. Por un lado, permite asomarnos a la diversidad de maneras de estar en situaciones sociales marcadas por la fragilidad social derivada de encontrarse en un límite frente a instituciones y condiciones sociales adversas, y, por el otro, se propone una reflexión sobre el papel que tiene el relato como dispositivo de conocimiento en las ciencias sociales.

El libro está conformado por una introducción, elaborada por Claudia Zamorano, en la que se discute la idea del relato en relación con el proyecto etnográfico de comprensión desde la situación vital de personas ubicadas en intersticios sociales. Esto implica preguntarse por la manera en que estas personas dan sentido a lo vivido, al tiempo que los investigadores buscan formas originales de reconstruir este conjunto de informaciones y análisis desde la escritura etnográfica. De inicio, el proyecto intelectual que da sustento al libro es muy atinado, representa una forma original y accesible de acercarse a los diferentes proyectos de investigación de los autores de cada capítulo a partir de sintetizar en una situación particular, digamos un día típico o un evento en desarrollo, el conocimiento acumulado en el trabajo de campo por cada uno de los autores.

En tiempos en que el trabajo intelectual de las ciencias sociales se evalúa a partir de factores de impacto, número de citas a artículos publicados o simplemente la cantidad de “productos” académicos que se ponen en circulación, bien vale la pena intentar el elogio del relato como forma de trabajo en la que se exponen y se busca la comprensión de las situaciones sociales analizadas por los investigadores. Es decir, enfatizar la relevancia de un proceso en desarrollo como una estrategia para acercar al lector a los múltiples matices que implica Ser en contextos en los que se está en un umbral de algo.

Los relatos que se presentan en el libro en muchos casos conjugan una poderosa fórmula interpretativa que consiste en preguntarse por la relación e interdependencia entre sujetos, espacios y prácticas. No sólo esto, lo que se cuenta es algo que está en movimiento. Las personas y los procesos sociales en que se encuentran implicados son dinámicos, actuantes, y esto es una condición fundamental para que el texto se convierta en relato. Los eventos se pueden suceder en una línea de tiempo, o bien las situaciones narradas se componen de diferentes voces que al escucharse desde la temporalidad del suceso aportan nuevos elementos de comprensión de aquello que ocurre. Se trata entonces de la amalgama de elementos que resultan en algo más que la suma de sus partes, la narrativa en que aparecen los dota de un efecto de sentido que puede transitar entre el asombro, la extrañeza y la inquietud derivados de mirar un proceso social de otra manera. Recordemos en este sentido el conocido señalamiento de Paul Ricoeur (1995: 113), en Tiempo y narración, en el sentido de que “tiempo se hace humano en la medida en que se articula en un modo narrativo, y la narración alcanza su plena significación cuando se convierte en una condición de la existencia temporal…”.

En este mirar de otra manera, contagiado de temporalidad, aparece una de las dimensiones relevantes de la narrativa etnográfica que es la de no presentar categorías abstractas y principios generales. Como alguna vez lo señalaron Steven Feld y Keith Basso (1996: 11), nadie vive en el mundo en general, esto implica dar cuenta de los mundos sociales en que habitan los involucrados en las situaciones y procesos que se abordan desde la etnografía. Como bien se precisa en la introducción al libro, la reflexividad es un elemento clave para elaborar el relato etnográfico en la medida en que, por un lado, rompe la ilusión de que las cosas son como son y lo que hay que hacer es un retrato escrito de lo observado y escuchado en campo y, por el otro, permite tomar múltiples decisiones sobre la estrategia de análisis y escritura.

En consecuencia, cabe resaltar la idea de relato en la etnografía y las ciencias sociales a partir de pensar a los científicos sociales como contadores de historias, no en el sentido que equipara el “contar historias” con una forma benevolente de la inexactitud, sino como la posibilidad de hacer uso de un poderoso mecanismo de sentido culturalmente instituido. Para el psicólogo Jerome Bruner (1991: 3) “los productos culturales, como el lenguaje y otros sistemas simbólicos, actúan como mediaciones del pensamiento y colocan su impronta en nuestra representación de la realidad”, productos que, en el caso de las narrativas, “son una versión de la realidad cuya aceptabilidad es gobernada por convenciones y por “necesidad narrativa” más que por verificación empírica y requerimientos lógicos. Más aún, esta “necesidad narrativa” hace comprensible el mundo desde la fuerza del relato, a partir de la cual componemos estrategias de reconocimiento basadas en situaciones concatenadas animadas por actores, temporalidades y giros en la historia. Para conocer lo persuasivo de esta forma de acercarse al mundo baste recordar la insistencia infantil en escuchar la misma historia una y otra vez, no sólo por el reconocimiento de una anécdota, sino por lo que tiene de expresivo la forma del relato.

Es evidente que no podemos equiparar un abordaje etnográfico con las características de un relato infantil, sin embargo, está presente la narración como forma expresiva que culturalmente es un dispositivo de sentido. A través de ella emergen elementos nodales para la comunicación humana: empatía, identificaciones y deslindes, que convierten al relato en forma de conocimiento del mundo interpersonal y social. Todavía más, el relato permite acercarse a nociones de un sí mismo que sólo son accesibles a partir de poner la biografía o el recuento de eventos o situaciones en los que se ha participado en una forma narrativa. Bien sabemos en ciencias sociales que a las personas con las que hablamos y que nos relatan eventos importantes de su mundo social poco podemos ofrecerles en reciprocidad más allá de una escucha atenta e interesada. Si la entrevista narrativa cumple con sus objetivos puede que éste no sea un logro menor, ya que la generación de un espacio de interlocución que conduzca a la autorreflexividad es algo socialmente escaso. Con base en esto pueden generarse otras modalidades de relación interpersonal como la participación en procesos de organización y/o resistencia.

La introducción del libro ofrece un panorama completo y atinado del contenido de las catorce experiencias vitales y las agrupa de acuerdo con sus afinidades temáticas (relación con instituciones públicas, migración, apego y defensa del territorio). La exposición que ahí se realiza de los casos es muy elocuente, no vale la pena repetirla aquí. Quiero en cambio comentar dos relatos, tomados un poco al azar, que me parece que desde su concepción y ejecución ilustran muy bien el proyecto intelectual del libro.

El primer texto que se presenta, “Ser mujer de parto en el sistema de salud pública mexicano”, describe a un alguien desde una tercera persona, es decir, el personaje central es “ella”. La preparación del parto se hace desde condiciones de vida que se muestran como precarias, aunque hay un automóvil que permite el desplazamiento al hospital público. Las rutinas del hospital están ya fijadas y “ella” ingresa a una institución que en sus procedimientos y trato recuerda a la institución total de Goffmann: el acceso al hospital como transformación súbita de la identidad, el desprendimiento temporal de los vínculos interpersonales cercanos, la primacía de cumplir con la burocracia interna. La narrativa se presenta de una manera canónica, es decir, hay una situación inicial que en la definición de tiempo, espacio y personajes conduce hacia su resolución: el nacimiento del bebé. El texto sintetiza múltiples observaciones de investigación, el registro de 84 nacimientos, para presentar una situación hecha de este conocimiento sobre la diversidad sobre el ser mujer de parto en una institución pública.

En “Ser franelero en el Centro Histórico de la Ciudad de México” se narra la precareidad laboral a partir de presentar un día usual para Raúl en la calle acomodando coches. Es una actividad en la que se muestran dimensiones significativas para ganarse la vida en la calle: está por un lado el moverse habitualmente en el límite impreciso de las normas (cobrar por apartar lugares y dejar que se estacionen ahí los autos), que puede verse como la privatización de un espacio común y, por otro lado, actuar como alguien que cumple un papel para que la calle tenga una actividad económica relativamente eficiente. Para que así ocurra, la confianza de los clientes y la solidaridad con las personas a su alrededor son elementos fundamentales. La vulnerabilidad social retratada en este texto muestra una estrategia de sobrevivencia muy cercana a una picaresca urbana: las normas se pueden doblar y la simpatía personal es un recurso para afrontar las transgresiones en que incurre el personaje central de la historia.

Un último comentario sobre quiénes podrían ser los lectores del libro. Más allá de interesados en la escritura y la etnografía de situaciones contemporáneas en condiciones de vulnerabilidad me parece que el libro puede ser una muy eficaz introducción a la antropología. El término divulgación, a juzgar por cómo son evaluadas actividades académicas en este rubro, no goza del reconocimiento que se merece. No obstante, la manera en que se exponen las experiencias de vida bien puede ser una excelente presentación de lo que hacen las ciencias sociales y la etnografía en particular para estudiantes y profesionales de otras disciplinas, lo mismo que para jóvenes en búsqueda de información sobre qué rumbo profesional tomar. El poder del relato en cuanto forma de asomarnos con empatía a experiencias vitales aparece en estos textos, siguiendo de algún modo las pautas dadas desde Oscar Lewis, quien nos hizo ver a los hijos de Sánchez como personajes complejos de la vida urbana, hasta Svetlana Alexievich, por poner un caso, que al reunir testimonios periodísticos sobre la catástrofe nuclear en Chernobil convierte la indagación social en una narrativa que se sitúa en el borde de múltiples géneros de escritura, periodismo, crónica, ficción.

Cabe entonces celebrar este libro como una apuesta por buscar nuevas formas expresivas de las cuales derivar también nuevas formas de posicionarnos como estudiantes, profesionistas y, en suma, como lectores.


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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 59, enero - junio 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 24 de junio de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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