Trayectorias migratorias de los aymaras del altiplano peruano

Duverly Joao Incacutipa Limachi1; Javier Santos Puma Llanqui2; Cliver Cahuanihancco Arque3

1. Universidad Nacional del Altiplano-Puno. Av. Floral, N.º 1153, Ciudad Universitaria, Puno 21001, Perú <djincacutipa@unap.edu.pe>., Universidad Nacional del Altiplano, Universidad Nacional del Altiplano, Puno,

<postal-code>21001</postal-code>
, Peru, E-mail: , 2. Universidad Nacional del Altiplano-Puno <jspuma@unap.edu.pe>., Universidad Nacional del Altiplano, Universidad Nacional del Altiplano, Puno, Peru, E-mail: , 3. Universidad Federal de la Integración Latinoamericana. Av. Tancredo Neves, 6731 Parque Tecnológico de Itaipú Foz do Iguaçu, Paraná, Brasil <clivers7nba@hotmail.com>., Universidad Federal de la Integración Latinoamericana,
<city>Paraná</city>
, Brazil, E-mail:



Resumen

Las migraciones aymaras ocurridas en el altiplano peruano entre 1991 y 1992, ocasionadas por la sequía, resaltan la importancia del lago Titicaca como zona de diversidad biológica y cultural. El propósito del artículo es analizar, desde un enfoque cualitativo, la alta sensibilidad al cambio climático que experimenta la población asentada en el espacio geográfico circunlacustre. Los hallazgos reflejan la devastadora experiencia vivida por las familias, cuya economía de subsistencia se colapsó por la crisis alimentaria, obligándolos a emigrar. Este proceso resulta doblemente doloroso para los aymaras, quienes llegan a un escenario urbano hostil en el que predomina el prejuicio cultural y el menosprecio hacia lo “indígena”, no obstante, sobresalen historias de éxito.

Received: 2020 September 22; Accepted: 2021 February 8

alte. 2022 May 2; 32(63)
doi: 10.24275/uam/izt/dcsh/alteridades/2022v32n63/Incacutipa

Keywords: Palabras clave: Andes, cambio climático, identidad cultural, emprendimiento, migración, sequía.
Keywords: Key words: Andes, climate change, cultural identity, entrepreneurship, migration, drought.

Introducción

El lago Titicaca, ubicado en la cordillera de los Andes, ocupa los territorios de Perú y Bolivia (Presidencia del Consejo de Ministros, 2014) y constituye una de las reservas más importantes de agua dulce en el mundo. Este sistema hidrográfico es dependiente de las lluvias que convergen de los ríos Suches, Huancané, Ramis, Coata e Ilave, ya que todos ellos vierten sus aguas como cauce final hacia el espejo del Titicaca, que con sus 8 167 km² de superficie es el mayor lago navegable de Sudamérica y, como señala el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi), la superficie de las orillas del lago Titicaca es plana y muy sensible al incremento y disminución de los ríos, lo cual pone en peligro a los pueblos cercanos cuando el caudal se incrementa, como ocurrió en el verano de 1986 cuando el lago se desbordó inundando varios pueblos ribereños (Senamhi, 2015).

Como afirma Carrasco:

Los fenómenos naturales adversos para la supervivencia humana fueron una constante a través de la historia, los cuales han generado grandes devastaciones dependiendo de la magnitud del temporal y los efectos que traen consigo. […] diversos ámbitos productivos y económicos, el sector agropecuario, hídrico, la biodiversidad y bosques, el turismo, salud de la población, entre otros. Con riesgos desde la disminución de la producción y calidad de los alimentos, ingresos más bajos y alza de precios, sequías en muchas regiones por falta de precipitaciones [2016: 39].

De los fenómenos adversos, la sequía es la que ha ocasionado los cambios más radicales en los Andes, ejemplo de ello es lo ocurrido en la población Mochica en los años 800. Se trató de una gran sequía que duró aproximadamente 30 años, ocasionando su desplazamiento geopolítico hacia el valle de Chiclayo, cercano a la ciudad de Lima; la sequía destruyó todos los cultivos y causó gran hambruna. El segundo evento fue la sequía altiplánica andina, acontecida en los años 1100, que trajo como consecuencia una escasez generalizada de alimentos y la caída del imperio TiwanakuWari, sociedades prehispánicas de gran envergadura y de suma importancia geopolítica (Senamhi, 2015), que florecieron en el altiplano andino.

La migración entendida como el desplazamiento de personas de una región a otra para cambiar de residencia (Bértoli y Portocarrero, 1968) es un hecho humano demográfico que ha estado presente por una constante búsqueda de subsistencia o mejora de condiciones de vida en lo económico, político, social, cultural y familiar. Asimismo, considerada como “el traslado de la población de un lugar a otro con el propósito de establecer una nueva residencia, que obedece, generalmente, al interés por alcanzar un mejor nivel de bienestar” (Gerencia Regional de Desarrollo Social-Gobierno Regional (GORE)-Puno, 2013: 28). En el Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo llevado a cabo en 2007, los participantes determinaron que la migración es un fenómeno global que afecta a los Estados y a la población involucrada.

En este texto abordamos la migración aymara (rural-urbana) durante 1991 y 1992, causada por la gran sequía ocurrida en el altiplano peruano-boliviano, cuyo análisis desde un contexto cultural no es sencillo, dado el sojuzgamiento de la población “indígena” por parte de la oligarquía urbana, aquella descendencia colonial española que continúa con el menosprecio, sometimiento y categorización étnico racial-jerárquico, generando un choque cultural muy brusco.

El análisis aquí realizado pretende exponer cómo, a pesar de que el Perú es firmante del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), a favor de las poblaciones indígenas del mundo, los migrantes se encontraron entre la espada de la sequía y la pared del prejuicio colonial de naturaleza racial. En este escenario de migraciones, hay muchas historias de resignación, pero también tantas otras de superación, que después de nadar contra la corriente por generaciones se pueden mostrar como excepcionales luchas ganadas.

La construcción de nuevas identidades culturales colectivas y performativas aymaras va configurando entre los migrantes de las siguientes generaciones una nueva mirada; éstos adoptan elementos organizativos de la sociedad dominante, generan estrategias de adaptación cultural, y luego se constituyen en iconos culturales de representación aymara en la ciudad capital y ciudades costeras. Muchos de ellos son ejemplos para las siguientes generaciones de migrantes.

La investigación recoge las subjetividades profundas expresadas en las historias de vida de los migrantes aymaras, y contribuye al análisis de las secuelas sociales y ecológicas del cambio climático, percibido por los aymaras “como ‘mal tiempo’, cuyos efectos de manera directa recaen sobre la agricultura, ganadería, recursos naturales (suelo, agua y pastos) y la salud humana” (Tumi y Tumi, 2013: 61), en particular las sequías producidas en la cordillera de los Andes, que genera estragos insospechados de hambruna y precarización de la calidad de vida, y da pie a la inmediata y masiva migración de familias aymaras hacia las ciudades de la costa peruana.

Los objetivos de esta investigación fueron:

  • Analizar la importancia del hábitat circunlacustre para las familias aymaras del altiplano peruano.
  • Explicar los efectos sociales del evento de sequía ocurrida en los años 1991 y 1992.
  • Conocer el proceso de inserción en espacios urbanos de las familias aymaras migrantes.
  • Interpretar los choques culturales de los migrantes aymaras a las ciudades costeras del Perú, para entender sus estrategias de adaptación.

Aspecto metodológico

La investigación se realizó desde un enfoque cualitativo, con la técnica de entrevista a profundidad (realizada entre abril de 2019 y marzo de 2020), con 25 personas migrantes jefes de familia (mujeres y hombres), quienes compartieron sus historias de vida y residen actualmente en las ciudades de Tacna, Arequipa, Moquegua y Lima. Para definir la muestra se recurrió al criterio de saturación, que permite al investigador ajustar la información durante el trabajo de campo (Straus y Corbin, 2002), siguiendo los procedimientos de descripción, ordenamiento conceptual, categorización y teorización. Asimismo, la investigación se complementó con entrevistas a familias que viven en las comunidades aymaras de Yunguyo, Chucuito y El Collao.

Resultados

La configuración geográfica de planicie de las orillas del lago Titicaca permitieron el asentamiento de comunidades aymaras y quechuas mucho antes de la Colonia española en lo que hoy conocemos como el altiplano peruano-boliviano, que es compartido territorialmente por Perú y Bolivia. Las comunidades ahí asentadas se encuentran en un espacio muy sensible a los cambios climatológicos de lluvias y sequías.

Las comunidades contiguas al Titicaca son denominadas comunidades de zona baja, otras más distantes (a unos 20 km del lago), se conocen como de zona media, y otras bastante alejadas (después de 60 km) conforman las comunidades de zona alta, cuya ubicación es próxima a la cordillera de los Andes. Debe entenderse que estamos hablando de una altitud mayor a los 3 820 metros sobre el nivel del mar y que todas las comunidades mencionadas en el estudio tienen como punto de referencia el lago Titicaca. Los dos espacios del anillo circunlacustre (zona media y zona alta), con alta dependencia de lluvias de verano, fueron afectados de manera cruenta por la sequía ocurrida en 1991-1992, pues ahí los cultivos son eminentemente de secano “la tierra productiva es, con el agua, el recurso más indispensable y muchas veces muy escaso” (Albó, 2000: 11).


[Figure ID: f1] Figura 1.

La cuenca del lago Titicaca


  —Fuente: Google Earth Pro (2020)..

En el caso del altiplano peruano-boliviano podríamos considerar retrospectivamente los tiempos prehispánicos, como refiere Murra (1975) cuando aborda el control vertical de pisos ecológicos como un modelo económico de “los reinos aymaras que extendían su control vertical y ecológico no sólo hacia el Pacífico sino también en la ceja de selva y más allá […] podían estar ubicadas a distancias mayores del núcleo hasta diez y más días de camino del Titicaca” (Murra, 1975: 77) con el objeto de acceder a diversos productos alimenticios que ofrecen esos nichos ecológicos verticales.

Las comunidades aymaras establecidas en el altiplano provienen de sociedades preincas como los collas, lupacas, pacajes, quienes tuvieron un control de pisos ecológicos desde el altiplano hasta los archipiélagos costeros, y aprovecharon los valles interandinos de distintos pisos altitudinales para la producción temporal de alimentos, a fin de complementar la producción agrícola altiplánica.

Por otro lado, los patrones de asentamiento fueron modificándose con el paso del tiempo y en la actualidad ocupan espacios de planicie y tierra fértil en los valles interandinos para construir ciudades de corte hispánico y moderno, contrarias al patrón de asentamiento prehispánico, donde fue prioritario conservar estas tierras para el cultivo.

Posterior a la Colonia, los pobladores aymaras se quedaron en los nichos ecológicos del altiplano, patrón de asentamiento primario, perdiendo el control de zonas costeras, sin embargo se preservó el sistema de organización social y cultural del ayllu, que permanece con una caracterización de una comunidad definida en: “a) la propiedad colectiva usufructuad[a] de manera individual o colectiva; b) por una forma de organización social basada especialmente en la reciprocidad y c) por mantenimiento de un patrón cultural singular propi[o] del mundo andino” (Matos Mar, 1976: 179).

Sequía de 1991-1992: consecuencias en el altiplano

Uno de los fenómenos de sequía con incidencia directa en el altiplano ocurrió en los años de 1991-1992, registrado con detalle por el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi). La sequía en el altiplano ocasionó la reducción drástica de la cantidad de manantiales que dependen de las montañas y resultó catastrófico para la agricultura y la ganadería.

Los manantiales que teníamos para beber se habían secado poco a poco, las qutañas donde bebían los animales también. Se rogaba a la lluvia y no había, cada mañana amanecíamos pensando dónde conseguir agua [entrevistado 1].
Los cultivos habían disminuido, apenas brotaron o crecían muy pequeños, que no era posible cosecharlos. Los animales silvestres ya se los habían comido [entrevistado 2].
A los animales [los] llevábamos a lugares muy alejados en busca de agua, lo mismo ocurría para las personas, empeoraba esto, porque no sólo éramos nosotros (de la comunidad) estaban en la misma situación las comunidades vecinas [entrevistado 3].
Como sufrían los animales, no quedaba otra opción que venderlos, los compradores no querían, porque muchas comunidades vecinas vendían también a sus animales, por eso costaban demasiado bajos, al valor de una máquina de escribir [entrevistado 4].

Estos testimonios son afirmaciones de los pobladores quienes padecieron los estragos ocasionados por la sequía en los años de 1991-1992, afectando sus recursos y actividades principales en las comunidades rurales, reflejando la agudización de la crisis para los habitantes del altiplano. La sequía fue tan extrema que se puso en riesgo la producción agrícola de los años posteriores.

Consumimos las semillas que guardamos con años de anticipación para cultivar en la siguiente campaña agrícola, nos han afectado tanto que al año que volvió la lluvia no teníamos semillas, no teníamos dinero ni animales, así que buscamos papas en parcelas de otras comunidades donde ya habían cosechado, volvimos a escarbar, buscando cual cerdos, para encontrar alguna papa, así, en un día, juntamos entre 20 o 30 kilos más o menos, eso también fue de mucha ayuda para la comida de nuestros hijos [entrevistado 8].


[Figure ID: f2] Figura 2.

Control vertical de pisos ecológicos


  —Fuente: Murra, 1975: 77..

La entrevistada dice que la sequía fue tan devastadora que perjudicó los recursos de la campaña agrícola de los años venideros, al quedarse sin productos para su sembrío, no tenían ni animales qué cuidar. Desde Tacna, ciudad donde actualmente habita, la informante pronunciaba con gran nostalgia la vivencia

El fenómeno de El Niño 1991-1992 duró 14 meses, fue el segundo más largo de los últimos 30 años y fue clasificado de intensidad moderada; fue crítico en casi todo el territorio nacional y derivó en una fuerte sequía.

Fueron los momentos más tristes, porque no teníamos nada que dar a nuestros hijos, todas las familias de la comunidad teníamos muchos hijos, sólo quedaba llorar y suplicar por la lluvia. Muy pocas familias se han librado de este mal [entrevistado 6].
La gran mayoría de las familias tenían un promedio de seis a siete hijos, ellos eran pequeños y no sabíamos qué darles de comer, vivíamos llorando, porque las lágrimas de nuestros hijos era[n] un castigo para nosotras. Comíamos alimentos como el maíz, que hoy se destinan para la comida de las gallinas, porque no había otra alternativa [entrevistado 1].

Las narraciones confirman el efecto causado por El Niño, fenómeno entendido por Orlove, Chiang y Cane (2000: 68) como “las corrientes de convección atmosféricas, que arrastran la humedad hasta la alta tropósfera, donde el vapor de agua se condensa en cristales de hielo creando cirros altos, afectando sobre los trópicos y el altiplano andino”. Los impactos se sintieron con el descenso de la producción y productividad agropecuaria a causa de la pérdida de la superficie cultivada, así como por la falta de semillas para la próxima campaña agrícola “con pérdidas del 15% al 58% de superficie cultivada, principalmente en la región de Puno, los departamentos que disminuyeron su producción agrícola considerablemente fueron Puno, Ancash y Junín” (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Unesco y Centro del Agua para Zonas Áridas y Semiáridas de América Latina y el Caribe, Cazalac, 2018: 113), los tiempos de sequía para el poblador del altiplano significaron momentos devastadores en su agricultura y ganadería.

Las vacas daban vueltas, y comían hasta los papeles, no había forma de calmarlos, caminaban mugiendo, gritando. Si fueran personas, tal vez podríamos explicarles, pero no se podía [entrevistado 7].
Para alimentar a los animales, caminábamos durante días hacia las montañas, llevando nuestros burros para cargar las pajas bravas segadas de los cerros, los que ahora se queman, ese alimento fue la salvación para los animalitos, siquiera eso había [entrevistado 5].
Muchos animales morían mientras caminaban buscando agua y comida, todo se volvió un desierto sin nada de alimento para los animales [entrevistado 3].

Migración y adaptación en nuevos contextos

La migración está relacionada con la complementariedad alimentaria de la población altiplánica aymara, históricamente se tenía el control de los nichos de producción agrícola, sin embargo, la invasión española rompió estructuras de organización comunal, implantando un nuevo patrón de asentamiento, logrando la estratificación social y cultural urbano-rural. Por otro lado, el proceso migratorio trajo consigo el despoblamiento de las comunidades campesinas, los jóvenes, quienes buscando una mejora en la calidad de vida personal y familiar, visualizaron “mejores horizontes y de cambio positivo en los niveles y condiciones de vida, factor determinante para migrar” (Instituto Nacional de Estadística e Informática, INEI, 2011: 24), confirmando el movimiento poblacional rural-urbano.

Las primeras migraciones se dieron sobre todo para abastecerse de alimentos de la costa, ya que en épocas de sequía era una de las principales alternativas con las que contaba la población altiplánica, y en los años de 1990 el patrón migratorio se intensifica, conforme el saldo migratorio expresado en el cuadro 1.

Cuadro 1.

Distribución de la población emigrante de Puno Censo 1993


Departamento de destino Emigrantes de Puno, según el censo de 1993
Arequipa 111 727 37.6 %
Lima 71 920 24.2 %
Tacna 56 959 19.1 %
Moquegua 18 986 6.4 %
Resto de departamentos 37 895 15.5 %
Total 297 487 100.00 %

TFN1Fuente: INEI, 1993.


Si bien no fue fácil la decisión del poblador aymara, tampoco lo fue su movimiento migratorio hacia las ciudades costeras del Perú como Arequipa, Moquegua, Puno, Ilo, Cusco, Tacna y Lima; algunos se movilizaron a la ciudad de Arica, en Chile, motivados por una serie de condicionantes socioeconómicas. En las primeras migraciones, las travesías fueron largas y complicadas en su desplazamiento.

Era muy difícil iniciar un viaje cuando no había carros como ahora, se caminaba por semanas, para alimentarnos por varios días se llevaban k´ispiño, aku, queso, maíz tostado, como alimento para viaje, también llevaban perros para que en el viaje les proteja. En cambio, ahora es fácil y rápido [entrevistado 3].

Es así que la realidad de los migrantes de ese entonces fue invisible para el Estado, ajeno a sus vidas, considerados como poblaciones de tercer orden sin derechos que exigir por la carencia de educación y desconocimiento de sus derechos.

Muchas familias migraron por completo, buscando otras oportunidades en la costa, a Tacna, Moquegua, Ilo, Arequipa, algunos regresaron después de años, porque no les fue bien, de otros no sabemos nada, han desaparecido, sus familiares fueron a buscarlos y no saben dónde hallarlos, tal vez les agarró alguna enfermedad y murieron, porque hasta ahora no sabemos nada de ellos [entrevistado 14].

Sin duda, estas migraciones para el poblador del altiplano estuvieron llenas de episodios inesperados, pero empezaron a establecerse en los valles de alta producción agrícola, en lo que podríamos calificar como una oleada migratoria cuyo propósito fue la de trabajar las tierras de cultivo en lugares más cálidos donde las condiciones de vida serían mejores que las del lugar de origen.

Respecto a lo ambiental, la sequía ocasionó el incremento y el descenso extremo de temperaturas, alcanzando un promedio de -18 °C, y afectando directamente los espacios agrícolas y ganaderos del poblador aymara, quienes padecieron en su economía familiar. Estas circunstancias fueron suficientes para que el poblador decidiera desplazarse del ámbito rural al urbano en búsqueda de condiciones de vida más favorables, y es por eso que consideramos existe una “estrecha relación entre el cambio climático y los movimientos migratorios compulsivos que tienen lugar, en general, en los países pobres que son más vulnerables a estos fenómenos” (Altamirano, 2009: 34).

A inicios de la década de los noventa el gobierno peruano inició la construcción y mejora de las vías de comunicación en todo el territorio nacional, lo cual permitió que las familias jóvenes prefirieran establecer su vida en las ciudades, incorporándose al único espacio que no requiere formación especializada e iniciar alguna actividad comercial en la informalidad.

Nos venimos a la ciudad después de casarnos, trabajamos de todo, estaba de ayudante en construcción, mi esposa trabajaba como ayudante en tienda de ropa, juntamos dinero y hemos alquilado una tienda donde empezamos el negocio de ropa [entrevistado 10].

La sequía fue determinante en las familias campesinas, pero el fenómeno migratorio tiene también otras motivaciones como la educación de los hijos en los niveles secundarios y superiores, la cual configura una lógica idealizada hacia lo urbano “mis hijos no quiero que sean como yo agricultor y sufran en el campo con la chacra” (entrevistado 10). La migración en edad escolar evidencia la necesidad de muchos estudiantes de mudarse a localidades menos rurales para acceder a la educación secundaria de más calidad o porque ésta no existe en su localidad (Urrutia y Trivelli, 2019).

Otra razón para migrar es la alta carga familiar. Los padres imposibilitados para asumir las obligaciones de sus hijos acuden a parientes y conocidos en la ciudad; quienes ayudan a conseguir algún empleo donde logran aprender un oficio, y así afrontar los gastos que la estadía urbana exige. Como señalan la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), estos agentes se convierten en impulsores de una red migratoria familiar y comunal que genera las condiciones adecuadas para los nuevos migrantes: “En primer término, viajan los jóvenes, quienes luego de sucesivos retornos a la zona de origen y una vez instalados en la ciudad, inician el traslado del resto de la familia” (CEPAL y PNUMA, 1983: 232).

La migración no siempre ocurre según lo planeado, aunque “el migrante busca poner en práctica estrategias con el objetivo de aumentar su estatus y mejorar sus condiciones de vida” (Freddi, Carreño y Martínez, 2020: 22), siempre es más complicado de lo que parece. Las corrientes migratorias se “hallan configuradas y condicionadas por las estructuras económicas, sociales y políticas dominantes” (Vegas Pozo, 2019: 235). Las circunstancias y decisiones de adecuación en el nuevo contexto se reconstituyen en la periferia para iniciar la adaptación a la urbanidad.

No había donde emplearse, en las ciudades cercanas a nuestra comunidad, por eso, vendimos lo poco que teníamos para ir a la gran ciudad, algunos se trasladaron hacia la selva, pero la mayoría nos fuimos a la costa. Siempre empezamos desde cero y poco a poco teniendo un capital, iniciamos un negocio propio [entrevistado 9].

Insertarse en la corriente urbana y aprovechar las oportunidades de las nuevas circunstancias hacen la diferencia entre el fracaso y el éxito, esta analogía funcional expresa el dominio prevaleciente en el migrante, en la medida que éste acude a las normas y valores de origen (Rodríguez, Moctezuma, y Thomé, 2019).

Las recientes migraciones se enmarcan en situaciones más accesibles que las experimentadas por los migrantes de primera generación, para ellos no sólo existía el riesgo de seguridad social y alimentaria, sino el de adquirir enfermedades por el cambio de ambiente, como se refleja en la entrevista a don Jesús, un migrante longevo, exautoridad comunal, quien relata las experiencias de quienes padecieron una serie de enfermedades y peligros durante su recorrido, a lo que se sumaba la carencia económica decisiva para su subsistencia en la ciudad:

A algunos de los que viajaban les daba la enfermedad del tísico [tuberculosis], otros retornaban enfermos y morían, porque no sabíamos de la cura, otras enfermedades también les daban como la erisipela [entrevistado 11].

Inserción y emprendimiento en la urbanidad

En cuanto al flujo migratorio, el censo nacional 2017 del INEI resalta que, del total de población censada, 20.3 por ciento nació en otro departamento, esto representa 5 961 295 personas, en el quinquenio 2012-2017. El departamento de Lima atrajo a 511 186 inmigrantes (35.7 por ciento, seguido por la Provincia Constitucional del Callao con 94 272 personas, que equivale a 6.6 por ciento y el departamento de Arequipa atrajo a 90 638 inmigrantes, lo que representa el 6.3 por ciento (INEI, 2018: 40). El movimiento demográfico poblacional es considerado como “el fenómeno social que implica el desplazamiento de la población generalmente del campo a la ciudad capital o de mayor desarrollo” (Suxo, 2007: 104), coligiendo que el poblador altiplánico es quien resalta a nivel nacional como uno de los principales emigrantes, con seis por ciento de la población nacional peruana en tránsito.

No obstante, la integración en la ciudad está supeditada a procesos adaptativos mediante vínculos de amistad, redes de parentesco y demás habilidades individuales, a fin de lograr la inserción laboral que implica mejoras en su calidad de vida (Urteaga y Moreno, 2020). La situación del inmigrante joven en la ciudad está condicionada a su nivel formativo educacional, el cual comprende en algunos casos la culminación de estudios en sus diferentes niveles. Quienes no hayan logrado terminar sus estudios suelen encontrar trabajos informales en circunstancias precarias como mano de obra no calificada (estibadores, ayudantes de construcción, mototaxistas, ayudantes de mecánica, carpintería, soldadura, vigilantes o personal de limpieza) y trabajos domésticos (empleadas del hogar, lavanderas, vendedoras de stand y ambulantes), Pedro nos cuenta al respecto la forma de su inserción laboral en la ciudad:

Yo no he terminado mi secundaria en mi comunidad, con mis ahorros compré mi triciclo de segundo uso de un conocido, he trabajado como “pirata” sin documentos, después de tres años me he comprado un mototaxi, ahora estoy asociado a una empresa y tengo permiso de la municipalidad, ya trabajo más tranquilo, no gano demasiado, pero hay para comer [entrevistado 12].

Las palabras de Pedro reflejan el paso de la inserción informal a lo formal de su actividad económica, como parte de la adaptación a la nueva realidad urbana. “Una variante de este tipo de inserción sería aquella en la cual los migrantes recorren en su vida urbana un camino ascendente, calificándose para trabajos mejor remunerados […] de lugares y tipos más rudimentarios hacia otros de mejor calidad” (Golte y Adams, 1990: 57). Otra modalidad de inserción es mediante lazos de parentesco o redes de amistad que recomiendan a alguna actividad comercial.

En el campo no tenemos muchos terrenos y no hay mucha chacra, en otros años la helada afecta, así como las plagas, otras veces no hay producción por la sequía, por eso nos hemos venido hace 16 años con toda la familia a Arequipa, mi tío Timoteo como tenía su horno, a mi esposa le dio su sitio en el mercado para que venda su pan, recuerdo haber trabajado como ayudante en el horno, […] en tres meses ya era maestro panadero. Después de seis años mi esposa le adjudicaron un puesto en el mercado y a partir de eso hemos construido un horno grande de 34 latas en mi casa, ahora nosotros distribuimos pan, biscocho y panqueque [entrevistado 11].

En su testimonio, Jesús, migrante chucuiteño, cuenta su integración en la ciudad de Arequipa, indica haber sufrido mucho al inicio, pero en la actualidad es un microempresario y se dedica a administrar su actividad comercial, se siente orgulloso del esfuerzo realizado, que le permite afrontar los estudios universitarios de sus hijos y adquirir algunas propiedades y bienes.

Éstas son versiones narradas por los migrantes, que enuncian diferentes estrategias de subsistencia en la nueva experiencia urbana. Por su parte, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) señala que: “Los jóvenes con frecuencia tienen menos contactos con referentes que puedan orientarlos en las fases iniciales de su negocio y acceso a servicios de apoyo relevantes” (PNUD, 2016: 23).

Es así que los pobladores aymaras se movilizaron a diferentes ciudades, espacios de sobrevivencia y de superación; es el caso de los habitantes de Unicachi, que migraron primero hacia la ciudad de Arequipa para luego desplazarse a Lima, donde lograron insertarse y posicionarse en la actividad comercial, conforme lo ratifica Suxo (2007: 39): “Unicachi, Ollaraya, Tinicachi, la migración le ha permitido realmente mejorar sus niveles de vida y naturalmente han conseguido una relativa prosperidad económica”. De manera similar, un gran número de pobladores de Ichu (Puno) se trasladaron desde los años de 1950 a la ciudad de Arequipa y otros a Lima, la gran mayoría de residentes icheños emprendieron su actividad comercial en la venta de calzado en el centro comercial San Pedro de Ichu y en el centro Conglomerado de Caquetá, hoy formalizados mediante “una organización abierta para admitir nuevos asociados, donde predominan los comerciantes nacidos en el pueblo de Ichu” (Aspilcueta, 2007: 35). Se ha podido evidenciar que el migrante puneño ha logrado adecuarse a diversas actividades comerciales del mercado limeño, muestra de ello son los migrantes de Ilave, quienes consiguieron asentarse individualmente como microempresarios y colectivamente en ferias y mercados más destacados de Lima. El poblador aymara resalta por su habilidad, por ejemplo en el emporio de Gamarra, el centro comercial Mesa Redonda, el mercado San José, San Felipe y distintos mercados como centros comerciales y, donde, como señala Wiener, “muchos pobladores de origen aymara se encuentran directamente vinculados con la economía de mercado” (Wiener, 2009: 186).

Algo semejante ocurre en la ciudad de Arequipa que acoge a una gran cantidad de migrantes puneños, en un principio los aymaras se asentaron en el distrito de Paucarpata (Arequipa), por encontrarse allí la antigua carretera de ingreso que provenía del departamento de Puno; ellos emprendieron su actividad comercial en diferentes mercados de abastos como San Camilo, la feria del Altiplano, el mercado el Pesquero, GRATERSA o mercado El Avelino. Es conveniente acotar que los pobladores de Ilave, Juli, Pomata, por la ubicación geográfica de las comunidades de origen, migraron en mayor cantidad a la ciudad de Tacna, iniciando pequeños negocios en mercados locales tales como el Mercado Central Alto de la Alianza, Ciudad Nueva, Pesquero, Túpac Amaru, Centro Comercial Grau. En cambio, los pobladores del distrito de Chucuito, Platería y Ácora migraron masivamente a la ciudad de Moquegua, desarrollando la actividad comercial en el mercado de San Antonio, Central, Manco Cápac y feria el Carrillo. En la figura 3 se ilustra los espacios comerciales mencionados.


[Figure ID: f3] Figura 3.

Ciudad y espacios comerciales de los migrantes aymaras


  —Fuente: Elaboración propia con información de las entrevistas realizadas..

El poblador aymara no sólo migró al sur del Perú, también incursionó en diferentes ciudades del norte, como es el caso de Carmelino, puneño natural de la provincia de Chucuito, quien nos dijo:

El puneño se encuentra en todas las ciudades del Perú, es como un gitano, es muy trabajador y emprendedor, realiza diferentes trabajos, es progresista, varios empezamos desde abajo como ambulantes, ahora algunos somos empresarios y generamos puestos de trabajo para nuestros paisanos como también para otros migrantes [entrevistado 15].

Las historias de éxito refieren que algunos se han convertido en destacados empresarios, a veces sobresaliendo por encima de los propios citadinos, gracias a un sistema cultural organizativo de ayuda mutua (ayni, apjhata), estrategias de cooperación propias de la comunidad aymara, convirtiéndose en ejemplos a seguir para las futuras generaciones de migrantes. En esencia, el cambio cultural no equivale a la pérdida de la identidad étnica, por el hecho de que a menudo está asociada a normas y valores culturales (Branca, 2016: 65).

Los primeros migrantes han tenido mejores oportunidades, porque había mucho trabajo, varios paisanos han comprado chacras completas, ahora son propietarios, y ya se han establecido completamente, eso ocurre en Tacna, Moquegua, Tarata, que son valles con muy buena producción agrícola [entrevistado13].

En la actualidad, los migrantes aymaras conforman grupos culturales y sociales denominados residentes aymaras, quienes participan asociativamente recreando las costumbres y vivencias de la comunidad rural de origen en los diferentes espacios socioculturales, aniversarios y celebraciones importantes, pues, como identifican la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA): “Los comportamientos migratorios aparecen así fuertemente ligados a las estrategias de sobrevivencia y difícilmente pueden ser comprendidos si se los analiza a un nivel puramente individual” (CEPAL y PNUMA, 1983: 232) (véase figura 4).


[Figure ID: f4] Figura 4.

Flujo migratorio del migrante aymara


  —Fuente: Elaboración propia con base en las historias de vida..

En contraste con el proceso migratorio positivo, hubo factores que en el contexto de la época se expresaron como violencias propias del proceso de movilidad humana, y el aymara, quien era ajeno a cuestiones como la individualidad, el racismo y demás categorías discriminatorias, palpó la crudeza de la vida urbana muy contrarias a la cultura comunitaria.

Es una época en que la sociedad peruana estaba escindida no sólo en términos de clases, sino también en enclaves culturales, étnicos y raciales. La sociedad, se entendía, sólo era aquella que estaba constituida por las familias oligárquicas que organizaron el país de modo estamental y excluyente […]. Los sectores populares -de componente básicamente indígena- eran vistos por algunos intelectuales como poco menos que animales parlantes, como parte del paisaje o, en el mejor de los casos, como simple masa de maniobra para fines políticos de los caudillos [Gonzales, 1994: 296 ].

La activación de la cultura y el recurrir a su estilo de vida originario era fundamental para continuar su objetivo final de búsqueda de una mejor condición de vida. Pero la identidad cultural, entendida como el conjunto de referencias culturales por el cual una persona o un grupo se define, se manifiesta y desea ser reconocido (Ruiz, 2007: 196), implica una dicotomía para el migrante aymara, quien debía reconocerse como tal o negar su originalidad para ser incluido en los acervos urbanos donde predominaba lo colonial y lo clasista. Lo anterior explica que hubiera elementos determinantes en los migrantes que recayeron en el desprestigio hacia su cultura y comunidades de origen, pues su esencia como pobladores de “comunidades campesinas [seguía] caracterizando su organización política-territorial especialmente en los espacios de precaria presencia estatal” (Castillo et al., 2004: 50).

La codificación de las diferencias entre citadinos y migrantes llevaba a una diferenciación estructural a partir de los rasgos fenotípicos que ubicaba a los otros en situación “natural” de inferioridad. Esa idea fue asumida por los ciudadanos urbanos como el principal elemento constitutivo de las relaciones de dominación que la urbanidad imponía, “con el tiempo, los ciudadanos codificaron el color y los rasgos fenotípicos de los colonizados y lo asumieron como la característica emblemática de la categoría racial” (Quijano, 2014: 779). Esta lógica expresó la flagrante discriminación que se ha internalizado en el subconsciente de la población “indígena aymara”, que desde entonces ha subsumido el complejo de inferioridad maquillado en una “máscara protectora de apariencia”, la cual todo poblador no definido ni empoderado usa en la actualidad, y, por consiguiente:

Muchos reniegan de su procedencia y no quieren recordar sus orígenes, así se cambian de apellidos aymaras por apellidos más españoles, tal es el caso del exalcalde del distrito de Alto de la Alianza de Tacna, que apellida Méndez. Él no es Méndez, sino Maquera, todavía siendo profesional [no dándose cuenta de la importancia de su identidad] se ha cambiado su apellido [entrevistado 13].

La crisis de identidad, entre tanto, se encuentra inmersa en un complejo de significados y resignificados dentro de un espacio de predominio de relaciones de poder y dominación, donde la condición de migrante se caracteriza por la carencia de un estatus dentro de la sociedad (Castillo, 2020: 81). En todo caso, de lo que se está seguro es de que la migración aparece como una suerte de divorcio en la historia peruana de este siglo y que es, en su condición de “ruptura”, la culminación de una época y el comienzo de otra.

Los procesos de aculturación son inevitables en los migrantes, se es supuesto que los inmigrantes llegan con identidades bien definidas al lugar de destino, pero con el tiempo asimilan cada vez más la nueva cultura, dejando atrás “viejas costumbres”. Esta idea que se abriga dentro del paradigma de la aculturación tiene una explicación loable, porque explica las fusiones de las culturas [Hurtado et al., 2010: 24 ].

Pese a las adversidades, los migrantes aymaras lograron generar espacios de inserción desde lo social, económico, cultural y político; a través de estrategias y posibilidades han logrado progresos sociales y culturales favorables, después de una ardua y larga lucha silenciosa por la supervivencia, alcanzando finalmente su dignidad como condición inherente, profanada, que debió haber sido respetada, protegida y cuidada (Llanes, 2019). El análisis de esta temática suscribe la búsqueda de reconocimiento por parte de la sociedad mayor en las mismas condiciones de dignidad de todo ser humano, pues los espacios en los que alguna vez fueron excluidos hoy se expresan como espacios de emprendimiento nacional que reflejan el éxito y, por tanto, las posibilidades de desarrollo e inclusión para las siguientes generaciones de migrantes.

Conclusiones

El lago Titicaca es un elemento geográfico esencial que posibilita la estructuración social aymara, ello en razón a su inteligibilidad con el cosmos y su relación con el medio natural, asimismo, desarrolla simbolismos y cultura, lo cual expresa un nivel de dependencia respecto a lo hídrico (lagunas, ríos, puquios, ojos de agua y otras fuentes pluviales), y la comprensión de que la ausencia de lluvias causa devastación.

El fenómeno de la sequía prolongada, sucedida en los años 1991-1992 en el territorio altiplánico, generó déficit alimentario, insostenibilidad agrícola y pastoril, y convergió en una imposibilidad de vida o subsistencia para las familias, lo que a su vez desencadenó el éxodo rural aymara y modificó la configuración urbano marginal.

El fenómeno migratorio altiplánico es comprendido como un proceso histórico propio de la relacionalidad temporal con los valles interandinos, esto se evidencia en el control vertical de pisos ecológicos y de los archipiélagos de la costa, que garantizaban la seguridad alimentaria en tiempos de calamidad, bajo términos homogéneos y de horizontalidad entre sociedades establecidas en los distintos nichos ecológicos. Sin embargo, la migración aymara de 1991-1992 fue forzosa debido a la prolongada sequía, pues la variación climática cambió sustancialmente la lógica primaria de la migración, que se dio con fines de aprovisionamiento de alimentos, causando que los migrantes ingresaran a un espacio urbano con predominio de flagrantes desigualdades sociales, ajenas al paradigma aymara. Los movimientos migratorios se reflejan en una movilidad humana hacia los centros urbanos de la costa peruana como: Arequipa, Tacna, Moquegua y Lima; en busca de espacios de inserción laboral en el comercio informal o en el subempleo.

Los migrantes aymaras han autogenerado espacios de inserción desde muchos sectores (social, económico y cultural), los mismos que, después de una ardua y larga lucha silenciosa, se expresan en estrategias, posibilidades y progresos orientados hacia el reconocimiento social. En la actualidad, algunos migrantes se han convertido en iconos culturales aymaras, que reflejan el éxito y abren posibilidades de desarrollo e inclusión en espacios de toma de decisiones para las siguientes generaciones de migrantes.


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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 32, número 63, enero - junio 2022, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. Ferrocarril San Rafael Atlixco 186, Col. Leyes de Reforma 1A sección, C.P. 09310, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <https://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 2 de mayo de 2022. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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