Producir paisajes seguros en contexto de gentrificación: disimular el peligro y mantener la apariencia

Claudia Carolina Zamorano Villarreal1



Resumen

En el marco de un estudio sobre lo que llamo la triada “renovación urbana, gentrificación y segurización”, analizo la producción de la estética cosmopolita, aséptica y de apariencia segura que gobiernos y planificadores han tratado de establecer en la Alameda Central de la Ciudad de México y su entorno. Primero analizo las estrategias urbanísticas que desafían lo que se conoce como la arquitectura del miedo, estrategias que -siguiendo teoría de los espacios defendibles de Oscar Newman (1972)- movilizan técnicas de disimulación del peligro. Después, analizo los esfuerzos cotidianos de exclusión y los usos intensivos de cuerpos que trabajan diariamente y en condiciones precarias para producir y mantener estos paisajes de apariencia segura. Así, poniendo en tensión el binomio inclusión-exclusión que ha dominado el debate sobre la gentrificación, el análisis también desestabiliza otras dicotomías que a menudo intervienen en este debate: la formalidad y la informalidad; la modernidad y el arcaísmo.

Received: 2021 February 3; Accepted: 2021 April 26

alte. 2022 May 2; 32(63)
doi: 10.24275/uam/izt/dcsh/alteridades/2022v32n63/Zamorano

Keywords: Palabras clave: Ciudad de México, renovación urbana, segurización, gentrificación, usos del cuerpo, técnicas de invisibilización, inclusión, exclusión.
Keywords: Key words: Mexico City, urban renewal, securing, gentrification, uses of the body, techniques of invisibility, inclusion, exclusion.

Introducción

El 4 de septiembre del 2019, unos días después de instalada en mi cuarto de La Merced, inicio mi recorrido a las 6:30 de la mañana. Atravieso el Zócalo, tomo la calle Madero y, finalmente, me acerco a la Alameda Central por el ángulo del Palacio de Bellas Artes. Entro entonces por la calle peatonal Ángela Peralta que separa Bellas Artes del parque. Sobre las despejadas avenidas interiores de la Alameda, el gris claro del mármol está reluciente de limpio. Los jardines están netamente delimitados por una reja verde, de apenas 20 cm de alto, en el interior de estos jardines, a los pies de las jacarandas y los fresnos veo a veces graba roja, a veces narcisos o flores de lavanda bastante bien cuidados. El verde de los árboles me recuerda que estamos en temporada de lluvias. De hecho, hay una ligera bruma que con los rayos del sol naciente ofrece un reflejo bucólico.

Hay muy poca gente: unos cuantos oficinistas con paso apresurado, un par de ciclistas y algunos corredores. Recuerdo el miedo y la excitación que experimenté en los años noventa cuando, después de una larga fiesta, varios amigos veinteañeros nos aventuramos a ver el amanecer en este lugar. Qué diferente y domesticado parece todo hoy. Quién diría que es la sección del centro que más denuncias por robo a transeúnte presenta, según el Portal de datos de la Ciudad de México.1

A mi lado pasa trotando una mujer joven, alta y esbelta, cuyo cabello rubio, amarrado a la nuca con una liga, contrasta con el negro intenso de su traje de deportes. Mientras se aleja de mí con paso suave veo su cabello moverse de un lado a otro. Entonces pienso en el trabajo que realizó Alejandra Leal entre 2006 y 2007 en la calle de Regina, a unos metros de aquí. Recuerdo las “aspiraciones cosmopolitas” que ella descubrió entre los jóvenes artistas con los que convivió; las cuales estaban asociadas con tener experiencias urbanas densas, dinámicas, socialmente mixtas, mundanas y con un sentido de belleza propia de “otras grandes ciudades” como Londres, París y Nueva York (2011: 31). Un tanto divertida, atravieso la Alameda imaginando que estaba yo en medio de algo que podría llamar una experiencia estética cosmopolita.

Llegando al otro extremo del parque, estoy frente a un edificio estilo art déco renovado y convertido recientemente en hotel boutique y espacio comercial de lujo. En la marquesina alta leo la inscripción en letras doradas, también tipo art déco: “Barrio Alameda”. Pienso en los comerciales de Instagram donde hombres y mujeres jóvenes, esbeltos y blancos nos dicen “Te falta barrio”, para incitarnos a comprar camisetas estampadas artesanalmente con una Catrina, una Frida Khalo o cualquiera de esas figuras que se han comercializado en los circuitos internacionales en los últimos años. Pienso en el enojo de algunos activistas reclamando el secuestro de la noción barrio para fines comerciales y las respuestas de algunos artistas con un evento titulado “Me sobra barrio”,2 donde recuperan testimonios y fotografías de personas que habitan el lugar desde hace mucho tiempo, algunos de ellos en pleno proceso de desalojo.

Entonces, salgo de mi ensoñación, del Stimmung que, en términos de Simmel, quiere decir al mismo tiempo “atmósfera, estado de ánimo y tonalidad espiritual” (2013: 18) y que permite construir el paisaje como un tipo de unidad específica, casi olvidando que es sólo un fragmento del mundo, un horizonte generado por un campo de visión limitado, nuestro propio campo de visión que se acompaña de conocimientos, recuerdos y emociones.

A un lado de Barrio Alameda encuentro unos veinte trabajadores de limpieza, hombres y mujeres vestidos con un pantalón y camisola color caqui debajo de un chaleco verde fluorescente que en la espalda tiene estampada “CDMX”, la nueva “marca” con que la ciudad se vende al mundo (Zamora, 2020). Cinco de los trabajadores estaban sentados en el piso y -armados con una espátula sujetada a un palo pequeño con un ingenioso sistema de ligas y cinta de aislar- despegaban los ennegrecidos chicles masticados del suelo. Les pedí permiso para tirar unas servilletas en su bote de basura y Rocío, unas de las empleadas, me contestó: “Usted por lo menos pregunta, no que toda la bola de gente cochina la tira donde sea”. Viendo su disposición a un acercamiento, me senté a su lado y le conté que había visto en las noticias que la Ciudad de México había comprado una máquina carísima de Estados Unidos que quitaba automáticamente todos los chicles de la calle. “Pues la tendrán de adorno, porque nosotros hasta la espátula tenemos que comprar”. Ahí comenzó una breve conversación con esta mujer de 23 años, piel morena y mejillas tersas y rosadas.

- ¿Y ustedes a qué hora llegan?
- Llegamos aquí a las 6 am y nuestros compañeros ya están adentro [en los jardines] limpiando la Alameda. A ellos les toca limpiar adentro: toda la basura, todo el mugrero que dejan todos, la mierda de los pinches indigentes, todo. Yo limpio todo Juárez e Hidalgo… Por eso yo digo: a todos los [del Departamento] de Limpia de la ciudad sí les hacen homenajes…3 y ¿porqué a nosotros no nos hacen? Nosotros somos los que limpiamos…
- ¿Cómo? ¿ustedes no son de Limpia? pregunté viendo su chaleco con la inscripción CDMX.
- ¡No, qué va! Nosotros trabajamos para el “surci” ese.
- ¿Para el qué?
- El “surci”: nunca le vemos la cara al patrón… sólo a sus pinches gatos mal encarados que nos tratan mal [entiendo que es un outsourcing].

¿Cómo se produce esta estética cosmopolita, aséptica y de apariencia segura?, ¿quiénes intervienen en su producción?, ¿quiénes participan en su mantenimiento? Respondo a estas preguntas en tres secciones. La primera, sienta algunas bases conceptuales y metodológicas para analizar la estética de la seguridad mediante lo que llamo la triada renovación urbana, gentrificación y segurización. La segunda analiza los principios técnicos que los arquitectos movilizan en la reconfiguración del parque de la Alameda y su sector sur. Muestra que -lejos de evocar la “arquitectura del miedo” que se ha observado en los suburbios de todo el continente americano (Davis, 1991; Low, 2019; Caldeira, 2000)- pone en juego algunas lógicas ligadas a la teoría de los espacios defendibles de Oscar Newman (1972) y técnicas de disimulación tanto del peligro como de los mismos dispositivos de seguridad. La tercera parte estudia dos tácticas para mantener y gobernar tal estética. Por un lado, un trabajo de exclusión cotidiana de ciertos cuerpos. Por otro, no la inclusión, sino el uso de los cuerpos que, como Rocío, contribuyen a poner orden en el espacio urbano. Con esto, se desestabiliza la idea binaria de expulsión-inclusión propia del debate sobre gentrificación y se pone una gama compleja de puntos intermedios entre los dos polos.

Disimular el peligro y mantener la apariencia son entonces dos prácticas cotidianas que están en el corazón de la producción de estos espacios cosmopolitas, asépticos y en apariencia seguros. Veamos cómo se desenvuelven estas prácticas después de observar algunas puntualizaciones metodológicas y conceptuales para entender la nueva estética urbana.

Renovación, gentrificación y segurización: claves de una nueva estética urbana

Este documento se basa en un trabajo de campo realizado en tres principales fases repartidas durante los últimos diez años: la primera, entre abril 2009 y finales de 2010. La segunda entre abril y octubre de 2018. La tercera, en el otoño de 2019. Estas experiencias se centraron sobre todo en el parque de la Alameda Central y su zona sur. En las tres fases realicé recorridos en el lugar y sus alrededores, enfatizando en la observación tanto de los dispositivos y servicios de seguridad públicos y privados como en la transformación de los espacios públicos y semipúblicos. Asimismo, tomé notas en asambleas de vecinos y realicé entrevistas con habitantes, empleados y vigilantes. Mientras que en las primeras fases mis estancias fueron itinerantes, la tercera fase implicó una residencia permanente en el poniente de la colonia La Merced Antigua. En esta ocasión, aplicando la inmersión total, también realicé recorridos, entrevistas y conversaciones informales en otras zonas del Centro Histórico de la Ciudad de México (CHCM) y sus inmediaciones. Hasta hoy soy parte de varios grupos de residentes y autoridades creadas en Facebook, Twitter y WhatsApp.

Desde el inicio de mi investigación me situé en el debate sobre tres procesos entrelazados: la renovación urbana iniciada en este espacio hace más de 20 años, los desiguales procesos que ha impulsado (la gentrificación) y, por último, la segurización; entendida como el reflejo de una fuerte inversión pública y privada en dispositivos y servicios de seguridad. De aquí se desprende esta triada entre renovación urbana, gentrificación y seguridad, cuyos términos vale la pena definir brevemente antes de abordar la cuestión de la estética de la seguridad.

Por renovación urbana entiendo la reconversión de edificios, infraestructura urbana y equipamientos, ya sea con fines patrimoniales, “rescate” de espacios públicos y/o atracción de capitales inversionistas. Pese a una apariencia de política neutral, casi siempre tiene como consecuencia procesos desiguales de gentrificación. En otros trabajos he discutido respecto de este controvertido término (Zamorano, 2015a). Aquí, basta señalar que mi idea sobre la gentrificación se acerca a la de Neil Smith (1996), quien la concibe como un proceso de reconfiguración socioespacial que desplaza las fronteras urbanas que se cruzan en el interior de la ciudad, integrando nuevos territorios para inversiones y actividades de sectores sociales más acaudalados que aquellos que los han usado con anterioridad.

Esta definición lleva implícita la noción de desplazamiento que no es sólo residencial, sino también laboral y recreativo. Con todo, no podemos pensar estos aspectos de la vida como algo separado. Siguiendo a Moctezuma, debemos considerarlos dimensiones interconectadas del mismo proceso que llevan a un lento proceso, de desvanecimiento de lo popular. Este concepto nos permite ver que la ausencia de lo popular en ciertas zonas gentrificadas “no sólo ocurre cuando se da la ausencia física de los cuerpos, el desvanecimiento de las presencias tiene lugar también cuando se restringen las posibilidades de usos y prácticas del espacio o cuando los significados por los que un grupo se identifica con un lugar son minados” (Moctezuma, 2021, 37).

Sobre esta base, en mi trabajo he insistido en que una condición de la gentrificación en el mundo -en especial en México y en la mayoría de los países del llamado sur global- es la segurización;4 la cual tiene como objetivo principal generar un sentimiento de seguridad y confianza en los nuevos habitantes, consumidores y, en especial, los inversionistas del lugar. Tal condición no produce ninguna sorpresa dadas las extremas desigualdades socioeconómicas del país y la creciente ola de violencia e inseguridad ligada a la delincuencia y el narcotráfico. Sin embargo, también debe ser contemplada a la luz de los procesos históricos locales que han hecho del Centro Histórico un epicentro de intereses políticos y económicos del país y que, al ritmo de varios siglos de despoblamientos y repoblamientos, lo han cubierto, por lo menos hasta inicios del siglo XXI, con un estigma de peligrosidad e inseguridad (Monnet, 1995).

¿Qué tipo de paisajes se producen en el entrelazamiento de los procesos de esta triada? Este artículo pretende establecer un diálogo con las reflexiones sobre las estéticas de la seguridad. Recupero algunos aportes de los trabajos promovidos por D. Asher Ghertner, Hudson McFann y Daniel M. Goldstein quienes, en su libro Futureproof (2020), invitan a una decena de investigadores de diferentes países a reflexionar acerca del tema en distintas escalas: desde el barrio hasta las naciones; y distintos dominios: la seguridad fronteriza, la urbana o la bioseguridad. Como estos autores señalan en su introducción, el punto de partida consiste en pensar que:

la producción de la seguridad se revela a través de una negación. Es decir, que la seguridad se logra cuando las amenazas no se materializan y cuando el riesgo se evita. En este sentido, la producción de la seguridad requiere de tres acciones esenciales: la primera es la puesta en escena constante de la ausencia de riesgos y amenazas; la segunda, el desempeño de una capacidad preventiva; la tercera, la señalización constante del potencial que tienen los agentes responsables para prevenir el peligro o compensar el daño. Este potencial, se codifica tanto en objetos (sistemas de alerta avanzada, chaleco salvavidas inflable, alambre de púas), en prácticas (control de aeropuerto, indagaciones fronterizas, una “demostración de fuerza pública”), como en afectos e imaginerías (miedo colectivo, escenas de catástrofe, planes de contingencia) [Ghertner, McFann y Goldstein, 2020:2].

En este sentido, los autores consideran la seguridad como algo que funciona bajo una lógica calculadora, ciertamente, pero sobre todo como algo que pasa por el dominio de lo sensible. Tal enraizamiento sensorial -que pasa también tanto por el reconocimiento de un posible riesgo, como la voluntad de un orden determinado- sugiere un

análisis de las dimensiones estéticas de la seguridad, observable en la amenaza de muros y vallas, la exhibición tranquilizadora de una tarjeta de aterrizaje de emergencia en el bolsillo del respaldo del asiento de un avión y la alarmante imagen de la figura del “terrorista”, “criminal” o “refugiado” transmitida por el noticiero de la noche [Ghertner, McFann y Goldstein, 2020: 2].

Disimular el peligro: sobre los pasos de Newman

En las políticas de renovación urbana del CHCM, la inversión pública y privada en materia de seguridad ha sido una pieza central (Davis, 2007). No obstante, contrariamente a lo observado por Ghertner, McFann y Goldstein (2020), para quienes los sentimientos de seguridad se construyen mediante la visibilización de diversos dispositivos que estéticamente ostentan la ausencia del riesgo, lo observado en la Alameda y su zona surponiente es más bien una disimulación o de plano un ocultamiento de la inseguridad como posibilidad. Para ello se han aplicado -bajo un juego de interpretación bastante libre- algunos criterios del icónico trabajo de Oscar Newman (1972) que ha marcado las propuestas de los expertos interesados en entretejer la arquitectura y la seguridad.

Vigilancia natural e imagen

Sin duda, una pieza crucial en el proyecto de renovación urbana capitalina fue la remodelación del parque Alameda, que es parte del corredor urbano Madero-Revolución, que también ha observado intervenciones importantes. Con sus poco más de dos kilómetros de largo, el corredor inicia en el Zócalo; atraviesa Madero, una calle peatonal plagada de restaurantes, tiendas de franquicia y joyerías; pasa por la avenida Juárez a todo lo largo de la Alameda y, más al poniente, se extiende sobre Avenida de la República, para desembocar en el recién renovado Monumento a la Revolución.

La Alameda, a su vez, con más de 400 años de historia, ha sido un importante lugar de esparcimiento, expresiones culturales, así como de confrontaciones políticas, en especial a finales del siglo XIX, cuando se construyó el Palacio de Bellas Artes. Los sismos de 1985 tuvieron resultados devastadores en su entorno. Con esto, las medidas de mantenimiento y cuidado del parque se relajaron, mientras que fue ocupado por varias organizaciones de vendedores ambulantes solapadas por las autoridades capitalinas que obtenían beneficios políticos. Para 2012, cuando iniciaron las tareas de renovación, había en el lugar unos 300 puestos ambulantes, en realidad muy establecidos sobre estructuras fijas de fierro, como suele ocurrir en la Ciudad de México (Jaramillo, 2007). El público asistente era en lo fundamental de origen popular. Los fines de semana estaba constituido sobre todo por inmigrantes jóvenes de ascendencia indígena, que durante la semana se empleaban tanto en el servicio doméstico como en la albañilería y trabajos afines. Esta afluencia generó una economía de escala en los alrededores del parque -principalmente hacia el norte, la colonia Guerrero- donde abundaban salones de baile, hoteles de paso, fondas y restaurantes populares.

El diagnóstico del arquitecto Enrique Lastra, el responsable de la obra de remodelación, se centraba en cuatro problemas de dimensión material y estética: baldosas rotas, follaje y jardinería caóticos, fuentes y esculturas averiadas y luminarias poco eficientes. Sus propuestas, sin embargo, si bien atendían esos problemas, integraban de manera muy focalizada criterios de orden seguritario que buscaban intervenir el espacio mediante dos de los cuatro pilares de la teoría de Newman (1972) sobre los “espacios defendibles”: por un lado, la “vigilancia natural”, muy cercana al panóptico de Foucault y, por el otro, la “imagen”, relacionada más bien con la idea de la apariencia.

Esto resulta muy claro en la entrevista que el arquitecto concedió a Niza Rivera (2012), periodista de la revista Proceso. Ahí dijo que se proponía “mantener los visuales lo más abiertos posibles”, lo que implicaba enderezar los corredores y retirar elementos que podrían obstruir la visibilidad. De la mano con esto, una parte esencial del proyecto contemplaba el retiro de ciertos árboles dañados y la poda sustancial de los árboles para obtener una “vista más abierta”. Finalmente, las farolas de “tipo antiguo” fueron sustituidas por lámparas led. Según Rivera:

Lastra dice que los capitalinos y visitantes podrán hacer valer con seguridad el dicho de “parece que vas por la Alameda”, pues se colocará iluminación -la adecuada a su parecer-, pensada para que la gente reconozca el rostro de la gente a una distancia de doce metros, haciendo el jardín más accesible para los transeúntes en la noche [Rivera, 2012].

Lastra señala también que las lámparas serán modernas, discretas, pero sobre todo eficientes:

La iluminación es un elemento nuevo, tendrá una calidad y luminosidad similar a la de [la calle] Madero, y el piso ayudará a que se refleje, estará tremendamente iluminado, y está determinado para reconocer [Lastra insiste] los rasgos faciales de una persona a doce metros de distancia, quizá hasta excesiva, pero vale la pena porque crea seguridad, así la gente se cuida entre sí [Lastra, en Rivera, 2012].

De este modo vemos que estos principios urbanoseguritarios comparten mucho de las tesis del determinismo espacial de Newman, quien considera que hay

diseños físicos específicos que mejoran las oportunidades de vigilancia natural, en específico: la ubicación de áreas públicas externas tales como parques y áreas de juego para que haya líneas de visión despejadas del tráfico en las calles circundantes; y la provisión de una iluminación adecuada para hacer posible la vigilancia nocturna [véase en Donnelly, 2010].

El medio: armonizar la renovación y la segurización

Un tercer pilar de la teoría de Newman es el “medio”, es decir, el control del entorno urbano de un espacio determinado. Para Newman era claro que estaba interviniendo en un centro urbano específico, entonces el medio sería de manera más o menos evidente lo que está alrededor, aunque las fronteras sean imprecisas. En el caso del poniente del Centro Histórico, la relación entre el adentro y el afuera es menos nítida. Con la lógica de Newman podríamos preguntarnos si se interviene (o se pacifica) el corredor Madero-Revolución para proteger y valorizar el entorno o viceversa. Lo que la observación del sector sur de la Alameda permite suponer es una lógica de sinergia entre el adentro y el afuera. Empero, si en la Alameda vimos una participación fundamental de dineros públicos, en este sector se observa una mezcla entre recursos públicos e inversiones privadas.

Según el Plan Integral de Manejo del Centro Histórico de la Ciudad de México (GDF, 2017), el sector sur de la Alameda es un conjunto de 29 manzanas irregulares que, a pesar de no formar parte del perímetro A del Centro Histórico -es decir de la zona de actuación definida como prioritaria en los inicios de la revitalización- ha recibido desde principios de este siglo una inversión pública y privada muy sustantiva. Antes del sismo de 1985, esta zona tenía un cierto auge económico y social ligado a la presencia del parque de la Alameda, el Palacio de Bellas Artes, el Hotel del Prado, el Teatro Metropolitan, los estudios de la radiodifusora XEQ, entre otros. Desde los años treinta, esto atraía una afluencia de artistas que se mezclaban con un grupo de intelectuales del exilio español. No obstante, como señalé, el sismo prácticamente arrasó con la zona, en especial con las cuadras del sur de la Alameda, que durante 18 años permanecieron entre lotes baldíos, estacionamientos públicos y edificios en ruinas. Estos últimos no necesariamente estaban deshabitados, en buena medida estaban ocupados por organizaciones populares que buscaban reivindicar la propiedad (Díaz, 2016).

A principios del siglo XXI, la inversión empezó a llegar por múltiples frentes, con el objetivo de armonizar la renovación y la segurización. En 2003, el gobierno federal asignó al grupo Legorreta la construcción del Conjunto Juárez. Asentado sobre un terreno ligeramente menor que la mitad de la Alameda, se erigió el Museo de la Memoria y la Tolerancia, la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México, siendo estos dos últimos las torres más altas de la zona, con entre 20 y 23 pisos. Al frente, sobre la calle Juárez se dejó en pie, tras una importante remodelación, la iglesia de Corpus Christi. Esta combinación de lo viejo y lo nuevo; de lo masivo y lo pequeño, permitió afirmar al consorcio Legorreta que hicieron intervenir “una escala amable para el peatón”,5 en esto que ellos evalúan como una zona de transición entre los rascacielos de avenida Reforma y el Centro Histórico.

A esta inversión inicial le siguieron muchas otras. Aquí vemos cómo, bajo la bandera de la renovación urbana, la asignación de recursos públicos favorece a consorcios inmobiliarios privados para rediseñar espacios públicos y semipúblicos. También asistimos a modelos mixtos, donde el gobierno capitalino, la Cámara de Comercio y la industria de la construcción lanzan iniciativas de transformación. Éste fue el caso de la ampliación y renovación del Barrio Chino, que pretendía, según las propias palabras de la Autoridad del Espacio Público en octubre de 2017, “mejorar las condiciones de seguridad e impulsar la derrama turística”.6

Apoyados sobre esos pilares de inversión y sobre la promesa de un espacio público renovado y seguro, la industria inmobiliaria también se ha hecho presente. Es el caso de Puerta Alameda, un edificio de usos mixtos con comercios y una dominante sección residencial. Fue edificado con concreto crudo y múltiples, altas y regulares ventanas protegidas con vidrios de grueso calibre. Construido entre 2004 y 2008 por la Desarrolladora del Parque, el condominio cuenta con 600 departamentos de entre 45 y 100 m2, repartidos en tres torres que tienen un máximo de 18 niveles. Cuenta también con múltiples instalaciones y servicios, como alberca, gimnasio, roof garden, una gran sala de usos múltiples y varias salas de reunión.

Vemos así que es un espacio destinado a poblaciones de clase media alta. Sin embargo, no se trata de lo que muchos han llamado la “arquitectura del miedo”, haciendo referencia a los enclaves fortificados situados en los suburbios de ciertas ciudades, rodeadas de muros, alambres de púas, rejas electrificadas, cámaras de seguridad y otros sofisticados dispositivos (Niño Murcia, 1998; Méndez, 2007; Caldeira, 2000; Low, 2019). Los diseñadores, que encabezan el prestigioso despacho Serrano Monjaraz, propusieron trazos firmes y regulares que, según su argumento, “buscaban una integración con el paisaje del Centro”.7

Se trata entonces de la aplicación de los principios de una arquitectura que -como señala Nelson Arteaga Botello para el caso del edificio Reforma 222, situado a un par kilómetros de la Alameda- “armonizan los ‘estados del arte’ entre segurización y renovación urbana en la ciudad de México, en la búsqueda de una cierta continuidad entre el adentro y el afuera” (2016: 39). Hay que decir, no obstante, que si bien los comercios y restaurantes están abiertos al público que pueda pagarlos, tanto en Reforma 222 como en Puerta Alameda los accesos a las zonas residenciales están resguardadas de forma regular por agentes de seguridad privada y controlados por lectores de llaves magnéticas y cámaras de seguridad.

De este modo, existe una voluntad de suavizar las fronteras entre el adentro y el afuera que, en el caso de Puerta Alameda, también se notaba en las estrategias publicitarias que usaban en 2009 para vender departamentos. Una de las herramientas principales en la promoción era el mapa de ubicación que aparecía tanto en la página web, como en carteles y el “libro del residente”. Producto de una maqueta simplificada vista en perspectiva, este mapa hacía imaginar que se trataba de una zona neutra, segura, vacía de gente y abstraída de toda complejidad sociohistórica. Por un lado, mostraba las delicias de la zona: hoteles cinco estrellas, edificios públicos, tiendas departamentales y, sobre todo, museos y monumentos nacionales. Además, en el lugar del monumento a Colón de avenida Reforma -que en escala real se ubica un kilómetro al poniente del conjunto habitacional- el mapa introducía el monumento al Ángel de la Independencia. Así, se tenía la impresión de estar a un paso de la avenida de los Insurgentes, la Zona Rosa y la embajada de los Estados Unidos, que en realidad están un par de kilómetros más lejos. Por otro lado, poniendo el acento en espacios prestigiosos, se abstrae la cercanía a zonas consideradas como peligrosas en el imaginario común de las clases medias de principios del siglo XXI: el Barrio Chino, la colonia Guerrero, Garibaldi, Salto del Agua, entre otros (véase Guerrien, 2001). Por añadidura, se descartan las cinco estaciones de metro que están a menos de medio kilómetro del edificio; que quizá para las clases medias objetivo representan, más que una ventaja, un indicador de desorden e inseguridad por la cantidad de vendedores ambulantes que suelen ponerse alrededor de estas instalaciones, así como de transeúntes que circulan por ahí (Zamorano, 2015a).

En la misma cuadra de Puerta Alameda y con iguales principios arquitectónicos de seguridad disimulada, también encontramos el Hotel Hilton, que fue erigido sobre las ruinas de lo que en los años cuarenta fue el lujoso Hotel del Prado. Siguiendo estas discretas, pero sólidas fortalezas de cristal, el sector sur de la Alameda continuó poblándose de nuevos edificios privados de menor prestigio que seguían un modelo de seguridad similar al de Puerta Alameda.

Con esto vemos dos modelos de transformación claves de este espacio renovado y segurizado, cuyos efectos se han extendido como mancha de aceite hacia este sector del sur de la Alameda, e incluso más allá, en los alrededores del parque y el mercado de San Juan, así como en las inmediaciones del metro Balderas, donde en octubre de 2019 presencié el desalojo de tres vecindades que pasarán a ser condominios de lujo. Esto se corona en octubre de 2020, en medio de la pandemia por la COVID-19, con el desalojo final de los habitantes y pequeños comerciantes del edificio Trevi, una muestra del art déco de los años cincuenta, situado en la inmediación poniente del Parque Alameda. Después de casi dos años de litigio, Publico Co-working tomó posesión legal de este espacio donde -siguiendo el modelo del edificio Barrio Alameda- anuncia la adaptación de un hotel boutique y un corporativo de coworking. La metáfora del “desvanecimiento de lo popular”, que señalaba Moctezuma (2021), se ve como un proceso latente, incluso con pasos más acelerados; con desalojos y despojos mucho más evidentes que una discreta “cancelación de los horizontes populares de lo posible”.

Mantener la apariencia: exclusión inconclusa y usos de los cuerpos

Eran las tres de la tarde de uno de esos días de otoño de 2019 en que había empezado temprano mi trabajo de campo. Moría de hambre y no me daba tiempo de pasar al departamento a prepararme algo de comer. Con cierta vacilación, observé y entré en el vestíbulo del conjunto comercial Barrio Alameda. Con tenis, jeans, una blusa floja y mi oscuro cabello amarrado con una coleta de caballo, mi aspecto debía ser un tanto desaliñado. Mientras veía en el pizarrón las diferentes ofertas comerciales del lugar, percibí que se me acercaba un vigilante privado que a mi llegada estaba afuera del edificio. Era alto, delgado, de cabello oscuro y piel blanca marcada por las huellas del acné. Tenía un pantalón y zapatos de vestir negros y una camiseta blanca tipo polo, en cuyo pecho tenía la insignia de la corporación de seguridad para la que trabajaba. No estaba armado más que de una cachiporra colgada en el lado derecho de su cinturón. Me preguntó con un tono entre curioso e inquisidor que qué se me ofrecía.

-Estoy viendo un lugar para comer -contesté, haciendo un esfuerzo por sonreír. - Sí hay algo ¿verdad?
-Pues hasta el último piso hay una terraza con restaurante.
-¿Y que tal está?
- No sé, me contestó con un tono de obviedad, yo nunca he ido. Hizo una pausa y, luego de examinarme, agregó: “es muy caro para nosotros”.

Salí del vestíbulo con mi hambre y nuevas preguntas. Ese nosotros me desconcertó. No sabía si hablaba de los trabajadores de servicio en general o de él y de mí. Como sea, se refería a un grupo de personas que parecen “fuera de lugar” en ese tipo de comercios que empiezan a imperar en las inmediaciones de la Alameda. Ghertner, McFann y Goldstein interpretan fenómenos parecidos a través de la lente de Rancière, quien considera la distribución de lo sensible como “el sistema de hechos evidentes de percepción sensorial que simultáneamente revela la existencia de algo en común -una disposición estética compartida, un arreglo normativo de inteligibilidad- así como ‘quién puede participar en lo que es común a la comunidad’” (2020: 4).

La idea surge del sentido aristotélico de la pertenencia a una comunidad, lo que incluye a los ciudadanos y excluye a los esclavos:

La distribución de lo sensible es, por tanto, inclusiva, construyendo una “comunidad de sentido” compartida (Rancière 2009) o un conjunto acordado de términos y categorías de acción sensible; y al mismo tiempo excluyente, ya que se basa en una distribución social previa de los sujetos, algunos externos a la esfera de la ciudadanía: la “parte sin parte” (Ghertner, McFann y Goldstein, 2020: 5).

La “parte sin parte”, justo con esta locución Alejandra Leal cierra su análisis en “Securing the street. Urban renewal and the fight against ‘informality’ in Mexico City” (2020), trabajo incluido en el libro de Ghertner, McFann y Goldstein. Leal analiza los intentos de exclusión de vendedores ambulantes y “franeleros”8 en el centro de la ciudad, mismos que no terminan de concretarse pues, de alguna manera u otra, estos agentes logran permanecer en el espacio público.

Precisamente la ambigüedad de estas expulsiones fallidas y mis propias observaciones de campo invitan a señalar que el dilema entre inclusión y exclusión -que ha guiado en mucho el debate sobre gentrificación en buena parte del mundo- es demasiado binario. Si recordamos -como lo señalé siguiendo a Moctezuma (2021)- que la gentrificación no es sólo el desplazamiento residencial de grupos populares, sino también el desvanecimiento de sus posibilidades laborales y recreativas en un lugar, entonces podemos entender que las políticas de renovación urbana han traído una gama compleja de inclusiones y exclusiones sobre los cuerpos de trabajadores, albañiles, indigentes, artistas, clases medias, turistas, etcétera.

En esta sección me voy a centrar en dos categorías de población que son parte de este amplio abanico. En primer lugar, aquellos grupos que intentaron expulsar y que, de algún modo conservan su lugar con nuevas lógicas de gobernaza, y, en segundo, aquéllos cuyos cuerpos no son incluidos ni excluidos, sino más bien usados en términos de Agamben (2018).

El trabajo cotidiano de la exclusión

El reforzamiento territorial es el cuarto criterio de producción de espacios defendibles de Newman. Consiste en generar lazos de afecto del habitante con su entorno, como una estrategia para fortalecer la identidad y generar espacios seguros -la cuestión residencial está en el centro de la propuesta-. Sin embargo, en la zona surponiente del Centro Histórico de la Ciudad de México, es claro el poco interés de conservar habitantes, usuarios y trabajadores que había antes del inicio del siglo XXI.

Por un lado, los nuevos edificios habitacionales que se han construido están destinados a poblaciones holgadas, mientras que los precios del suelo urbano y las rentas de lo ya construido suben. Por otro lado, vimos la aplicación de las propuestas que Giuliani haría al gobierno de la Ciudad de México en 2003, que desembocaron en la Ley de Cultura Cívica. Uno de los puntos en que se puso especial énfasis fue la criminalización y expulsión de los vendedores ambulantes, misma que en la Alameda se operó en la madrugada en que inició la intervención. El 5 de marzo de 2012, los vecinos de la colonia Guerrero -al norte de la Alameda- presenciaron la movilización de entre 400 y 500 granaderos, quienes, después de desmontar y sacar las estructuras de metal de los puestos semifijos que estaban en el parque, cercaron su perímetro para evitar su regreso (Zamorano, 2015b).

De ahí se desplegó una serie de dispositivos oficiales para mantener a los ambulantes a raya. Primero, la zona permaneció acordonada por la policía los nueve meses que duró la obra. Asimismo, no faltaron las declaraciones de funcionarios públicos que advertían las nuevas y estrictas restricciones contra el ambulantaje, apelando al nuevo carácter de “espacio abierto monumental” que le adjudicó el “Decreto para la salvaguarda y administración de la Alameda Centro de la Ciudad de México”, publicado en la Gaceta Oficial del Distrito Federal en noviembre de 2012.9 A esto le siguieron, tanto un nuevo dispositivo burocrático destinado a gobernar y administrar el parque como una batería de nuevas normativas que intentarían regir el uso del parque, llegando a establecer, como diría Giglia (2013a), una hiperreglamentación, no siempre eficaz, pero sí presente (Giglia, 2020).

Junto con Giglia (2013a) y Moctezuma (2017), constato que los grupos de origen popular continúan frecuentando el parque de manera intensiva, pero con usos de espacio distintos a los de antes de la remodelación: ya no es tan fácil vender mercancías o servicios y, tampoco se puede “chacharear”110 en los puestos ambulantes, hacer una siesta en el jardín o ver un merolico. Pero se observa gente caminando o dormitando en una banca, así como niños jugando en las fuentes recién renovadas, bajo la mirada divertida de sus padres, grupos de danzón y salsa, pregoneros, rapperos y cazadores de “pokemones”.11

En 2021, incluso en medio de la pandemia por COVID-19, las intenciones por mantener a los ambulantes fuera del Centro Histórico están lejos de concretarse. Más bien su presencia se extiende y se contrae en momentos clave de negociación política entre las autoridades capitalinas y los líderes. No obstante, la ocupación de la Alameda por parte de vendedores no ha alcanzado ni de lejos lo que había sido antes de 2012. Además, las actuales condiciones de negociación someten a los vendedores a mayor precariedad e incertidumbre. Esto lo muestra bien Moctezuma, quien, en su etnografía de 2015, acompañó a una comerciante que -después de ser expulsada de la Alameda en la gran intervención del 2012- ejercía el “toreo” en los linderos del parque:

Los miembros del grupo de Marta discutían […] sobre si se iba a poder vender. El problema radicaba en los policías que resguardaban y recorrían este lado de la banqueta […]. De pronto, interrumpiendo de súbito el estado de expectación, casi al unísono y sin dudarlo, los vendedores se ordenaron sucesivamente a lo largo de la banqueta y desplegaron sobre un plástico en el piso, en alrededor de un metro cuadrado, sus productos […] no pasaron ni cinco minutos cuando de pronto se escucharon unos silbidos que se reprodujeron desde puntos ubicuos; ante la sorpresa de los consumidores que se habían acercado a los “puestos”, los vendedores, haciendo eco de los chiflidos, levantaron en un instante sus cosas y desaparecieron junto con sus bultos dentro de la tienda y el edificio [Moctezuma, 2017: 166].

Moctezuma muestra que a veces es posible trabajar de manera más o menos continua, siempre que se haya establecido un soborno adecuado con la policía o cuando los líderes logran un buen acuerdo. Pero generalmente estas condiciones se van precarizando y en ciertas zonas se vuelven imposibles. Así, como lo demostró Leal en la avenida Reforma, estos sujetos forman una “parte sin parte” de los nuevos paisajes seguritarios de la ciudad central.

El uso de los cuerpos

Es necesario agregar que, entre la exclusión y la inclusión también observamos cuerpos que se usan -sin ser incluidos- en el sentido de Agamben (2018) y que son indispensables para producir y mantener los paisajes y espacios limpios, ordenados y de apariencia segura. Éste es el caso de los albañiles que trabajaron durante nueve meses en la remodelación de la Alameda y después salieron del campo de visión; de los policías públicos y vigilantes privados que cubren densamente el espacio en diferentes turnos, normalizados y aseptizados con sus uniformes de trabajo; y, claro, el de Rocío y sus compañeros de trabajo que limpian día a día la ciudad.

Ese 4 de septiembre de 2019, mi conversación con Rocío terminó cuando llegaron sus jefes a recoger a todos los empleados en un camión de redilas mediano, también con las siglas CDMX. Entre bromas y risas, los vi subir con sus escobas armadas con ramas de retama, sus botes de basura con ruedas de balero, sus espátulas hechizas. Sus palabras se quedaron en mi mente en forma de un reclamo con varias aristas: ser quien pone el orden a la ciudad con precarias condiciones de trabajo, pese a ser parte del sector formal; con nulas posibilidades de mecanización que aligeren el trabajo y, además, sin contar con el reconocimiento de la población: ser invisible.

Con este reclamo, atravesé de nuevo el parque en dirección al sector sur. Caminé sobre la calle López, hasta llegar a Ayuntamiento, donde está mi café favorito. En el camino pensé en la discusión que estableció Angela Giglia en su libro sobre El habitar y la cultura (2013b), donde poner el orden es una condición para habitar el espacio, conocerlo y reconocerse a sí mismo, producirlo y reproducirnos.

Son pasadas las ocho de la mañana y los puestos ambulantes comienzan a instalarse. Un hombre y una mujer en sus treintas llegan a una esquina con un diablito azul que sostiene una organizada torre de utensilios y materia prima para establecer un pequeño restaurante sobre la banqueta. La torre los rebasa, supongo que se acerca a los dos metros. Con movimientos precisos empiezan a desmontar la torre y a extenderse sobre la banqueta, revelando, como en un acto de magia, unos ocho bancos de plástico, un comal de aproximadamente un metro por sesenta centímetros, un tanque de gas de medio metro, una colección de Tupperware con guisados preparados, cacerolas, platos y vasos de plástico, una palangana grande para lavarlos. Así ocupan esos dos metros cuadrados que sin duda pagaron a un líder del comercio callejero o quizá el pago del soborno fue directo a los policías.

Tomo dimensión de lo impresionante que es esto de poner orden, de establecer el escenario en que se desenvolverá este día en el centro. Toda esa gente que trabaja para establecer el orden espacial donde los demás atravesarán, comprarán, pasearán o se establecerán, ignorando por completo su esfuerzo. Sopeso todos esos cuerpos que tienen que trabajar desde la madrugada y con herramientas de trabajo bastante arcaicas para tener lista la ciudad, nuestra ciudad cosmopolita. Constato que no sólo se trata de vendedores ambulantes y demás trabajadores informales.

Se revela ante mí que la puesta en tensión de la dicotomía entre la exclusión y la inclusión también desestabiliza otras dicotomías que intervienen con frecuencia en el debate sobre la gentrificación en México: la formalidad y la informalidad; la modernidad y el arcaísmo.

Una vez sentada en la pequeña terraza del primer piso de “mi café”, veo a los empleados de la tienda de vinos La Europea, ataviados con un sobrio uniforme compuesto de un pantalón de vestir negro y una camisa de manga corta blanca con delgadas rayas azules que, de igual modo, porta sobre el pecho el logo de la tienda. Pasan enfrente de mí con un carrito hecho de paletas de madera y llantas de balero. Llevan cajas de vino estibadas en más de dos metros de altura, forradas con plástico adherente para que ganen cuerpo y estabilidad. Run run run…. Tres empleados: uno jala el carrito con una cuerda, otro lo empuja y el otro “echa aguas”. Run run run… viene de la calle de enfrente, donde está estacionado el tráiler que aprovisiona los vinos, sin embargo, tienen que dar una vuelta amplia al camellón. En una hora pasaron seis cargas iguales. Hay dos agentes de seguridad privada frente al negocio, medio presentes y medio ausentes con su teléfono celular en la mano. Los cargadores llegan a las puertas del establecimiento, descargan la mercancía en manos de otro grupo de empleados que opera dentro del establecimiento y corren a buscar otra carga con su carrito hechizo, ya un poco destartalado.

Casi de modo simultáneo, el camión de la basura, también con las insignias de la CDMX, se detiene sobre el carril del metrobús a unos 50 metros de donde estoy. Del otro lado, también a unos 50 metros, unos jóvenes batallan por meter unos grandes huacales llenos de basura en unas bolsas de plástico. Lo logran al cabo de un par de minutos que parecen muy largos y corren hacia el camión, avientan las bolsas con los huacales en el depósito y suben al camión, mientras éste ya empezó a andar. El camión por fin arranca, presionado por el metrobús que viene llegando.

Cantidad de cuerpos que preparan la ciudad cosmopolita en gestos parecidos, que le dan un orden. Veo con atención a los empleados de limpieza de los condominios de clase media, también con uniforme, que para barrer y lavar la banqueta, como exigen las reglas de la alcaldía, echan al indigente que sigue dormido en la banca de enfrente. Hombres jóvenes descargan del camión de agua embotellada Bonafont, suben unos 15 garrafones de 20 litros en pequeños triciclos para, con la fuerza de sus piernas, repartir agua a los domicilios cercanos.

Es un orden frágil, como puesto con alfileres, pero funciona casi todos los días. A eso se refiere Giglia cuando habla de poner el orden en el proceso de habitar. Pero estos trabajadores ponen orden para que otros habiten, como lo describe Zirión (2013) en su estudio sobre la cultura albañil en la Ciudad de México: sujetos creando el espacio con toda la fuerza de su cuerpo y con la ayuda de vetustas herramientas, fabricadas artesanalmente con un saber heredado de generación en generación. Así habitan el espacio por cortos momentos y después desaparecen, se invisibilizan para ofrecerle a este rincón de la ciudad su aspecto cosmopolita, limpio y seguro.

Conclusión

Disimular el peligro y mantener la apariencia son dos prácticas cotidianas que están en el corazón de la producción de estos espacios cosmopolitas, asépticos y en apariencia seguros. Dos prácticas que, movilizando lo que Nitzan Shoshan (2017) llama los regímenes de visibilización e invisibilización, ofrecen una estética de seguridad y contribuyen a reforzar lo que nombré en el primer apartado la triada entre renovación, gentrificación y segurización.

La primera, la disimulación del peligro, pasa por principios urbanísticos que van mas allá de la conocida “arquitectura del miedo”, que intimida a través de la ostentación de alambres de púas, altos muros, cámaras de seguridad, agentes armados y otros dispositivos humanos y no humanos. Más bien, el modelo adoptado apuesta e interpreta libremente las recomendaciones de los espacios defensivos de Oscar Newman (1972) sobre la vigilancia natural, el cuidado de la imagen urbana y la preservación del entorno urbano, el medio, en términos del autor. La segunda, el mantenimiento de la apariencia, pasa más bien por el manejo de los cuerpos, en regímenes de inclusión y exclusión que se sostienen en principios estéticos -muchas veces fenotípicos, otras de apariencia-; la mayoría por una mezcla de estos dos principios que conduce a ubicar a los sujetos, correcta o incorrectamente, en un nivel socioeconómico dado, a decidir si pertenecen a un “aquí”.

En cuanto a regímenes de inclusión y exclusión, vemos entonces que la intención de producir paisajes cosmopolitas y espacios segurizados se expresa en dos fórmulas: por un lado, la creación de otredades y los intentos de exclusión de esos cuerpos otros, lo que engarza con procesos de desplazamiento y gentrificación, como tantos trabajos lo han demostrado en México y el mundo. Sin embargo, en México, la mayoría de los intentos de exclusión no se cristalizan al cien por ciento, como lo vimos con los vendedores ambulantes que siguen ocupando el espacio. Esto no es sólo por la perseverancia de los propios vendedores, sino porque los aparatos de gobierno lo permiten y lo necesitan para obtener beneficios políticos y conservar una cierta gobernanza.

Por otro lado, el orden de esta ciudad cosmopolita se produce gracias a un uso intensivo de los cuerpos que -independientemente de si laboran en un régimen formal o informal- tienen condiciones de trabajo precarias, sin ningún reconocimiento y con nula maquinización. Ellos hacen, con la fuerza de su cuerpo y un poco de ingenio, el trabajo que en países del norte se realiza con distintas herramientas: los montacargas, las grúas, los camiones de basura con alta tecnología o la máquina que retira los chicles masticados del suelo -que ahora sé que se llama Terminator.12

Así, en la Ciudad de México, el manejo de los cuerpos para la producción de espacios cosmopolitas, asépticos y de apariencia segura no sólo consiste en la inclusión de unos y la exclusión de los otros. También observamos exclusiones a medias y usos intensivos de los cuerpos -muchas veces invisibilizados y controlados mediante un uniforme-. Vale la pena preguntarse si esto es una particularidad de esta ciudad, y si esta singularidad nos puede ayudar a entender las inercias y las condiciones específicas de lo que Brenner y Theodore llamaron el neoliberalismo realmente existente (2002).


1.

fn1<https://datos.cdmx.gob.mx/pages/home/> [22 de septiembre de 2020].

2.

fn2El proyecto de residencias artísticas Me sobra barrio es una iniciativa del Centro de la Imagen que busca consolidar una dinámica de vinculación entre las distintas comunidades y grupos sociales que habitan y circulan por La Ciudadela y el surponiente del Centro Histórico <https://centrodelaimagen.cultura.gob.mx/convocatorias/2019/me-sobra-barrio.html> [22 de noviembre de 2020].

3.

fn3Sin duda, Rocío hace referencia a los aplausos que el público ofrece a los trabajadores del Departamento de Limpia del gobierno de la Ciudad al final de los desfiles militares del 16 de septiembre (día de la Independencia) y del 20 de noviembre (aniversario de la Revolución mexicana).

4.

fn4Véase Zamorano, 2015a, 2015b y 2019.

6.

fn6Así será el nuevo barrio chino en la CDMX: <https://www.capitalmexico.com.mx/metropolitano/rehabilitacion-barrio-chino-video-cdmx-inversion/> [18 de noviembre de 2020].

7.

fn7Incluso, una informante de 36 años que vive cerca del lugar y pasa cotidianamente en bicicleta o a pie para llegar a su trabajo, en la calle de Donceles, me confiesa no haber notado sus dimensiones.

8.

fn8Los franeleros son personas que gestionan de manera informal el estacionamiento en la calle. Apartan espacios con cubetas o cajas de cartón, que retiran para los conductores dispuestos a pagar una propina (Leal, 2020).

10.

fn10Sentido mexicano: negociar cosas de poco valor (Real Academia Española, Diccionario de la lengua española).

11.

fn11Pokémon GO es un juego para teléfonos celulares disponible en todo el mundo. Consiste en capturar con la cámara del dispositivo los diferentes personajes virtuales de esta caricatura japonesa que previamente fueron “sembrados” con un sistema de geolocalización. Fue muy popular en la Alameda durante los años 2016-2018, cuando hordas de gente perseguían las imágenes que sólo podían verse a través de la pantalla de sus teléfonos.

12.

fn12Empleados del GDF usan la máquina denominada Terminator, modelo M, que opera a través del vapor de agua y que debe pasar por cada uno de los chicles <https://www.milenio.com/estados/cuesta-1-mdp-quitar-chicles-plaza-republica> [11 de enero de 2021].


13.

fn13El trabajo es parte del Proyecto de Ciencia Básica Conacyt núm. 256241: “Privatización de la seguridad pública en el Valle de México”. La autora agradece la estimulante discusión del manuscrito de este artículo a los integrantes del Taller Virtual de Etnografía, coordinado por Sandra Rozental (Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa) y Carlos Mondragón (El Colegio de México).

Fuentes
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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 32, número 63, enero - junio 2022, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. Ferrocarril San Rafael Atlixco 186, Col. Leyes de Reforma 1A sección, C.P. 09310, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <https://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 2 de mayo de 2022. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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