Jugar al norte: una representación lúdica de la migración internacional en niños afrodescendientes no migrantes*

Citlali Quecha Reyna**



Resumen:

El presente artículo se enfoca en los niños hijos de migrantes de una localidad afrodescendiente de la Costa Chica de Oaxaca, México: Corralero. La migración hacia Estados Unidos en la región es relativamente reciente, por lo cual los hijos no necesariamente viajan con los padres. A pesar de quedarse en la localidad, los niños imaginan y recrean a través de sus actividades lúdicas cómo es el norte y el cruce fronterizo. Se presentan sus opiniones al respecto, en tanto se parte de reconocer en los niños una capacidad de agencia que les permite dotar de sentido su vida cotidiana.

Received: 2013 March 1; Accepted: 2013 September 23

alte. 2014 ; 47(1)

Keywords: Key words: childhood, representations, play, migration to the United States.
Keywords: Palabras clave: infancia, representaciones, jugar, migración a Estados Unidos.

Introducción

El objetivo de este artículo es analizar las formas de interacción de los niños hijos de migrantes, con especial énfasis en las representaciones sociales de la migración adulta hacia Estados Unidos mediante una expresión lúdica concreta: el juego del norte, así como los procesos de amistad infantil en este contexto. Centrar la atención en este tema es fundamental porque nos permite entender la manera en que niñas y niños dan sentido a los procesos sociales que los afectan. Por medio del juego, ellos recrean y socializan la experiencia adulta de la migración. Los ejes amistad, representaciones y juego integran un espacio donde afinidades, preocupaciones y conocimientos son compartidos y analizados colectivamente.

Los pequeños de los que aquí se habla son hijos de migrantes de la localidad afrodescendiente Corralero, ubicada en la Costa Chica de Oaxaca, México, quienes son conocidos por los habitantes del lugar como niños encargados, porque viven sin sus padres y su tutela recae principalmente en abuelos y tíos. Esta categorización les otorga la particularidad de integrar un sector infantil diferenciado en la población. Considero que para entender la definición social que les ha sido adjudicada los niños articulan, a través del juego, lazos de solidaridad y camaradería, además de una explicación a su segregación y diferencia.

La perspectiva metodológica con la que trabajé reconoce la capacidad de agencia de los niños, lo cual obliga a escuchar sus testimonios y opiniones, a ubicar su papel en la sociedad a la que pertenecen y a advertir que, en cuanto sujetos sociales, generan ideas que devienen prácticas cotidianas. No obstante, se tiene en cuenta que la infancia es una categoría relacional; por ello, a pesar de subrayar una actividad infantil, parto de que la interacción (directa o indirecta) con los adultos da sentido a sus formas de construir relaciones sociales.

Para garantizar un óptimo desarrollo del trabajo de investigación, solicité autorización a las autoridades civiles, religiosas y escolares de la localidad para realizar la etnografía. Entregué oficios de presentación institucionales y me acredité como ciudadana mexicana. Respeté los tiempos y las actividades que los niños decidieron compartir conmigo previo consenso y autorización de los tutores. Los nombres de los infantes han sido modificados para resguardar su anonimato.

Centrar la atención en esta zona de afrodescendientes obedece a diversos motivos. Entre ellos destaco lo novedoso del fenómeno migratorio en la región, que data de los años ochenta pero que se agudizó en los noventa en el marco de la crisis económica ocurrida en el país, así como el negativo impacto de desastres naturales (huracanes y ciclones) que mermaron significativamente las actividades económicas y productivas regionales. En este tenor, los afrodescendientes conforman un flujo más de las migraciones internacionales recientes de México a Estados Unidos que provienen del sur y el sureste de la república. Así, los niños todavía no figuran como migrantes, aunque sus vidas comienzan a ser afectadas por ese fenómeno.

Otro motivo para enfocar el análisis en esta población es la visibilidad paulatina que la academia en México le brinda a este grupo social. En nuestro país, la población afrodescendiente ha sido invisibilizada de la historia y del tejido social. No obstante, en los últimos años notamos su emergencia como sujeto colectivo. Los investigadores y algunas instituciones,1 sobre todo a partir de 2011, Año Internacional de los Afrodescendientes, colocan en la agenda pública su reconocimiento por cuanto constituye un significativo componente de la diversidad cultural nacional.

El principal lugar de asentamiento se ubica en la región de la Costa Chica del Pacífico mexicano, que comprende la franja costera entre Huatulco, Oaxaca, y Acapulco, Guerrero. Otros estados de la república, como Veracruz, Chiapas, Michoacán y Coahuila, cuentan también con poblaciones de origen africano, aunque en menor proporción que en la Costa Chica.

En esta zona, la dinámica interétnica imprime a las relaciones sociales una complejidad atravesada por el fenotipo, las diferencias culturales, de clase, de género y de edad. Pero, en este contexto, las situaciones de marginalidad y exclusión son compartidas, lo que obliga a encontrar estrategias de supervivencia y reproducción cultural, por ejemplo, la migración.

Los datos etnográficos revelan más detalles del tejido social y de las formas de organización comunitarias de los pueblos afromexicanos. Tener este tipo de aproximación nos permite dimensionar la pluralidad y diversidad que caracteriza al país en general y a las distintas infancias en particular.

El artículo se divide en cuatro secciones: en la primera se presentan algunas perspectivas de análisis para el estudio de la infancia y la migración; en la segunda se exponen algunas directrices en torno al reconocimiento de los niños como sujetos sociales; en la tercera se describen las formas de interacción infantil, las amistades y el juego del norte, y, por último, se ofrecen las conclusiones.

Infancia y migración

Los investigadores del fenómeno migratorio han dirigido su interés hacia los niños debido tanto al incremento de su movilidad como a sus repercusiones en las políticas de inmigración y en la dinámica social en los lugares de origen y destino.

El hecho de que los pequeños migren sin la compañía de sus padres ha llamado la atención y es un tema fundamental para las agendas políticas, tanto en Europa como en América (Suárez, 2004; Pavez, 2012), ya que esta situación los expone a diferentes ambientes de vulnerabilidad en el trayecto migratorio y en los lugares de llegada y asentamiento (Huijsmans, 2006: 5-8).

La presencia de inmigrantes en las metrópolis de los países ricos y de los países de tránsito (como México) genera muestras de rechazo en algunos sectores de la población. Los niños hijos de migrantes tienden a sufrir discriminación y violencia (Baltazar y Alcántara, 2008; Gómez, 2008; Romer, 2009), que se agudizan, por ejemplo, en el caso de los niños indígenas migrantes en ciudades mexicanas y estadounidenses. Las expresiones de discriminación se basan en su diferencia cultural, en particular entre aquellos cuya competencia lingüística en el idioma del lugar de destino es deficiente. De esta forma, los pequeños son víctimas de violencia simbólica, al ser tratados como inferiores. En los últimos años la migración infantil se ha hecho mucho más visible en todo el mundo, lo cual permite analizar los procesos que circunscriben los motivos para emprender los viajes transfronterizos.

El enfoque adultocéntrico que ha caracterizado los estudios sobre migración recientemente ha integrado las experiencias de los infantes, ya que:

los estudios centrados en los adultos no dejan claro cómo los niños tienen un papel activo en la configuración de los viajes de la familia, los espacios en que se mueven y sus experiencias dentro de esos campos sociales. Esto es particularmente cierto cuando los niños maduran para convertirse en adultos jóvenes [Levitt y Glick Schiller, 2006: 206].

En nuestro país, los investigadores sobre la infancia en contextos migratorios analizan la incorporación de niños indígenas al mercado de trabajo en los lugares de destino. Han estudiado a quienes trabajan como jornaleros en los campos agrícolas (Cos-Montiel, 2001; Sánchez, 2001), el trabajo infantil de niños migrantes en las ciudades (Valencia, 1965; Martínez y De la Peña, 2004; Oehmichen, 2005) y de niños hijos de migrantes que viven en la indigencia, así como la manera en que articulan sus relaciones de pareja en la adolescencia (Magazine, 2007). En los lugares de atracción se ha observado que los niños constituyen un capital que optimiza la obtención de recursos familiares porque trabajan y aportan dinero (Estrada, 2005). A diferencia de los estudios anteriores, Valentina Glockner (2006) ubica a los niños, además, como actores sociales, buscando conocer las representaciones que tienen los pequeños jornaleros sobre su propia migración. Es uno de los trabajos pioneros en este tema; mediante entrevistas rescata los discursos y las percepciones infantiles en torno a dicho proceso.

Al igual que en otros países, en México la migración ha aumentado y, junto con ella, se han generado fenómenos inéditos. Uno es la desestructuración de las formas tradicionales de organización familiar y comunitaria. En algunos casos, la migración ha implicado la ruptura de vínculos sociales respecto al lugar de origen; en otros, ha tenido como consecuencia la redefinición y reestructuración, en particular en lo relativo a los vínculos que se establecen entre los miembros.

Ante este fenómeno, en los últimos años se ha producido una vasta bibliografía que intenta explicar los cambios y las continuidades en las formas de organización familiar y comunitaria a partir de la migración. Michael Kearney (1999), Martha Judith Sánchez (1995), Federico Besserer (1999) y Cristina Oehmichen (2005), entre otros autores, dan cuenta de la conformación de comunidades translocales al advertir que la distancia ha dejado de ser un obstáculo para que las comunidades se reproduzcan más allá de los límites territoriales a los que estaban circunscritas.

No obstante, poco sabemos sobre lo que sucede con los hijos de migrantes de estas comunidades, quienes permanecen en las localidades, aunque actualmente existen investigaciones que se ocupan de los procesos de crianza a distancia en comunidades de la región centro-occidente de México (Mummert, 2009). Gustavo López Castro (2007), por ejemplo, muestra que los niños están familiarizados con la migración desde su más tierna infancia, y van creando expectativas de su futuro como migrantes que serán en la vida adulta. Los niños saben que en algún momento llegará la edad para emigrar, puesto que se observa en sus lugares de origen una “cultura de la migración”, es decir, prácticas y comportamientos que se vuelven una norma que deben cumplir en algún momento de sus vidas (Kandel y Massey, 2002: 982).

El tema cobra relevancia no sólo porque estos niños se socializan en un entorno donde la vida cotidiana y la relación con sus padres han sido modificadas significativamente. Se trata, en este caso, de que los migrantes mantienen un matrimonio a distancia, pero también una paternidad o maternidad a través de la frontera (Nicholson, 2006; Marroni, 2009). La paternidad a distancia, que no es un fenómeno nuevo, adquiere otra connotación, ésta sí inédita por la migración masiva de las mujeres, vinculada a la reestructuración internacional de mercados de trabajo y su feminización (Sassen, 2008). Así pues, nos encontramos con niños que se socializan y crecen ante la ausencia de ambos padres.

Mercedes González de la Rocha (1999) se refiere a las divergencias del modelo tradicional de familia (compuesto por padres e hijos en convivencia cotidiana) ocasionadas por la migración, entre las cuales están los hogares dona, donde hay una marcada ausencia de la segunda generación en el ámbito familiar; esto es, cuando en la comunidad conviven los abuelos y los nietos en diferentes regiones de la república mexicana por el acelerado aumento de flujos migratorios (Triano, 2006).

La mayoría de los estudios sobre infancia, ya sea con niñas y niños jornaleros migrantes o en contextos urbanos, han sido realizados con infantes indígenas o mestizos, pero qué hay de los niños pertenecientes a poblaciones de herencia africana que habitan también en el país.

La infancia afrodescendiente en México ha sido poco estudiada (Díaz, 2003; Masferrer, 2014). Los trabajos que existen sobre familias y grupos domésticos entre estas poblaciones se centran en el papel de las mujeres en la estructura social de las localidades costeñas, donde la migración es mencionada como uno de los procesos que afectan la dinámica social de la costa. Entre los estudios sobre el tema destaca el de Cristina Díaz (2003), quien, al investigar sobre la institución del queridato y la matrifocalidad, nos habla de la circulación de infantes en los grupos domésticos.

En la Costa Chica, el fenómeno migratorio internacional comenzó durante la década de los noventa, y provocó algunas transformaciones en diferentes órdenes de la dinámica social y cultural de la región, en especial en la estructuración familiar, sobre todo por la afectación en la vida cotidiana de quienes se quedan. En este caso se privilegian las percepciones e interpretaciones que los niños otorgan al fenómeno migratorio como pequeños actores sociales.

Los niños como sujetos sociales

En las últimas décadas, diversos estudios han cuestionado la visión adultocéntrica de las investigaciones en las ciencias sociales (Moscoso, 2008; Girard, 2007; Ballestín, 2009). Con la premisa del adultocentrismo se mantiene la idea de que los niños no son sujetos sociales, sino apéndices familiares, adultos incompletos o seres humanos sin capacidad de formar opiniones sobre su entorno. No obstante, otros autores han mostrado la relevancia de la participación infantil en la reproducción social comunitaria, a la vez que observan que los niños tienen capacidad de agencia, entendida como la posibilidad de los sujetos sociales de dar interpretación a la realidad y, por tanto, incidir de manera directa en ella a través de ideas y acciones concretas (Corona y Pérez, 2001; Gaitán, 2006; Rodríguez, 2007). Marie-Pier Girard menciona al respecto:

[los niños] elaboran representaciones específicas de su realidad e intervienen en la construcción de significados y la recreación del mundo social en el cual se insertan. No obstante, se les niega generalmente esta capacidad por la preeminencia de una visión paternalista de la infancia que presenta al niño exclusivamente como una criatura inocente, vulnerable, incompetente e incapaz de reflexionar razonablemente acerca de sí mismo y de su entorno. […] Sin embargo, la integración en 1989 de los derechos de participación a la Convención sobre los Derechos del Niño evidencia el surgimiento de un nuevo paradigma teórico de la infancia y proporciona una herramienta internacional sumamente influyente por medio de la cual la pertinencia y la necesidad de emprender investigaciones más participativas con niños se ven proclamadas [2007: 55].

El enfoque de las ciencias sociales sobre la infancia busca recuperar la voz y la participación infantil en las investigaciones. Se proponen algunas reflexiones epistemológicas acerca del lugar en el cual se ha situado a los niños en el quehacer de las ciencias sociales. Una de estas propuestas es la recopilación de testimonios de los pequeños sobre la realidad que viven. Con ella se pretende dar cuenta de las tensiones que los niños y las niñas padecen ante situaciones concretas. La incorporación de esta información muestra una visión que en muchas ocasiones es distinta de la que tienen los adultos. Esto no necesariamente implica que los niños vivan una realidad aparte, más bien el argumento se centra en comprender la dinámica social que este sector de la sociedad reproduce y, sobre todo, significa.

Puesto que los niños se socializan en la familia y en la escuela principalmente (Satriano, 2008; Serrano, 2006), estos espacios han sido considerados como los más importantes en la interacción de los pequeños. De ahí que la mayoría de las investigaciones se enfoque en los procesos de reproducción social que se realizan en ellos. Esto permite analizar con mayor amplitud la forma en la cual se resignifican los conocimientos que los niños aprenden de los adultos (Moliner, 2005).

Las relaciones de poder y jerarquía de los adultos son una dimensión básica de análisis, así como las relaciones de género (Pavez, 2012). Estas dimensiones de estudio examinan las relaciones que se encuentran en constante tensión, dadas las cambiantes situaciones que el mundo globalizado imprime en las localidades. En las sociedades rurales, la autoridad de los adultos y los varones goza de una fortaleza significativa. En la escuela y a través de los medios de información, en particular la televisión, los niños conocen otras formas de interactuar que modifican mucho de las anteriores, no sólo en el plano familiar, sino también en relaciones de amistad y noviazgo. Estos elementos son compartidos y otorgan elementos de cambio respecto a las pautas culturales. Estos aspectos dan cuenta de la complejidad conceptual y analítica que supone el tema de la infancia en contextos migratorios.

Para el caso revisado, la estrategia metodológica no se circunscribió exclusivamente a la interacción de y con los infantes en la escuela y la casa. Los niños hijos de migrantes sujetos de esta investigación también interactúan en otros espacios, como el muelle de la localidad, los lugares de videojuegos, las fiestas y los recintos religiosos. Estar presente en estos entornos permitió conocer detalles puntuales de la forma de interacción y la puesta en marcha de los imaginarios sociales de los niños, tema del que hablaremos a continuación.

Formas de interacción de los niños hijos de migrantes en Corralero

Relaciones de amistad

En Corralero, perteneciente al municipio de Pinotepa Nacional, la migración internacional tuvo un ascenso significativo a partir del año 2000. Desde esta década hombres y mujeres salieron de la comunidad en busca del sueño americano. En algunos casos, los migrantes tenían hijos, los cuales se quedaban con los familiares paternos o maternos después de una serie de negociaciones (Quecha, 2011), dando pie a que los niños adquirieran un nuevo estatus de encargados. No contar con sus padres en la localidad les acarrea varios estigmas y, en ocasiones, son víctimas de violencia en la escuela o en la casa, ya que se considera que no hay quien los defienda.

Como resultado, es común que aquellos niños que comparten esta condición pasen la mayor parte del tiempo juntos, generando lazos de camaradería que no pueden establecer con el resto de sus compañeros, lo cual no quiere decir que no tengan algunas relaciones amistosas con otros chicos. De acuerdo con Zick Rubin, las amistades entre los niños tienen tres aspectos fundamentales: “proporcionan oportunidades de aprendizaje de capacidades sociales, facilitan comparaciones de índole social y fomentan un sentimiento de pertenencia al grupo” (1998: 13). Esto último se torna esencial para el grupo estudiado. Si bien ellos comparten con el resto de sus pares la condición de “niños”, es cierto que vivir lejos de sus padres hace proclive que busquen relacionarse con quienes pasan por la misma experiencia, creando un sentimiento de identificación entre sí que, en algunos casos, los excluye de otros espacios.

En el caso de los hijos de migrantes, se muestran solidarios entre ellos a la vez que se convierten en el hombro con quien compartir sus alegrías y tristezas, sus problemáticas y angustias; la relación entre compañeros/as ofrece un soporte afectivo, e incluso llega a niveles de asesoramiento, cuidado y protección, roles todos tradicionalmente asumidos por familiares [Gaitán et al., 2008: 138-139].

Dentro de los postulados teóricos de la antropología de la amistad, sobresale el que señala que, a diferencia de otros vínculos, la amistad constituye una relación “voluntaria y personal” (Cucó, 1995: 26), pero esto no significa que entablar una relación de esta naturaleza no obedezca a ciertos marcos estructurales y culturales en los que socializan los individuos; de hecho, en su modelo para definir la amistad, Josepa Cucó indica lo siguiente:

La amistad es una construcción social y culturalmente modelada; es por tanto una relación dinámica que no posee en principio unos contenidos ni unas normas fijas e inmutables, antes bien unos y otros varían a lo largo del tiempo y del espacio. Consecuentemente no existe una forma típica de amistad, sino que de ellas se dan versiones distintas e incluso alternativas opuestas. […] Dentro de cada sociedad, la amistad y los patrones de amistad se hallan modelados al menos por cuatro factores estructurales, a saber: parentesco, género, ciclo de vida y estratificación social. Tales factores pueden separarse analíticamente, pero nunca de manera que se aísle su impacto. La importancia de los factores estructurales es enorme, pues ellos generan constricciones y permisividades ejercidas por la cultura y la estructura social [1995: 24].

Las posibilidades de que los pequeños entablen relaciones de amistad están directamente influenciadas por un aspecto central en la historia reciente de su localidad: el incremento paulatino del fenómeno migratorio:

Antes yo no me juntaba con estos [niños], ahora sí, fue con el tiempo que se fueron mis papás al norte. Ya éramos amigos en la escuela, pero ahora ya me junto más con ellos porque los otros niños nomás molestan con lo de los papás [Benito, nueve años].2
Yo sí tengo amigos de los dos lados, jugamos un poco en la escuela, pero en las tardes me junto más con ellos, porque luego cuando quiero platicar de mis papás que están en el otro lado, los otros amigos como que se enojan, entonces mejor aquí platico de lo del norte y con ellos platico de las cosas del pueblo, así es mejor [Marco Antonio, ocho años].3

Los niños que no son hijos de migrantes tildan de “presumidos” a los que sí lo son, ya que tienen la idea de que éstos cuentan con mayores bienes y capacidad de compra y consumo, aunque no siempre sea cierto debido, entre otras cosas, a que sus padres no envían remesas por algunos periodos. Esta situación es promovida también por los comentarios de los propios padres que viven en la localidad. Ante esta coyuntura, los niños encargados constantemente tratan de aclarar que no tienen una posición de privilegio. Con frecuencia aducen que la ausencia de sus padres es una carencia significativa, razón por la cual no comprenden a cabalidad estas expresiones y muestras de rechazo hacia ellos. Aunque para el resto de sus pares es claro que ellos poseen un capital social que les es ajeno, principalmente por el conocimiento sobre ciertas especificidades de la vida en el norte. De hecho, los niños hijos de migrantes cuentan con algunas representaciones al respecto, como ahora veremos.

Representaciones sobre el norte

Uno de los principales temas de conversación entre los niños encargados es la representación sobre el norte. La información que circula entre ellos es obtenida por diferentes medios. Pueden escucharla en conversaciones telefónicas entre adultos o en pláticas con sus padres o con personas que han regresado de Estados Unidos. Imaginar cómo es “el otro lado” implica la construcción de una representación social que, en palabras de Serge Moscovici, se define como:

Un sistema de valores, ideas y prácticas con una doble función: primero, de establecer un orden que le permitirá a los individuos orientarse en su mundo social y material y llegar a dominarlo; segundo, de permitir la comunicación entre los miembros de una comunidad proveyéndolos de un código para el intercambio social y un código para el nombramiento y la clasificación inequívoca de los varios aspectos de su mundo y de su historia tanto individual como de grupo [2001: 1].

Las representaciones que elaboran los niños en torno al norte permiten entender la dinámica social y económica en que viven sus padres y las características del contexto geográfico:

Allá todo es grande, me da miedo, me pierdo […] Pero hay muchos aviones, muchos coches, también hay mucha comida, pero no hay pescado salado [Jair, cuatro años].4
También hace harto frío, hay hielo en el piso, dicen que también hay playas, pero son frías. No me gusta el frío, hay que usar chamarras grandes y gordas, con gorros, todo pesado para que no te quedes como paleta. Si no te cuidas, te enfermas de gripa y tos y las medicinas son muy caras [Emir, siete años].5
Allá no hacen fiestas como aquí. Dice mi mamá que allá hay muchos hermanos [no católicos], aquí hay hermanos, pero son poquitos, allá hay muchos, muchos, no hay hermandades, no bailan como aquí. Yo creo que son aburridos, pero tampoco hay mucho tiempo para hacer fiestas, allá se trabaja mucho. Pero también ganas mucho dinero, en dólares. Yo tengo un billete de dólar, para la buena suerte [Gabriela, 11 años].6
Pues en el norte hay muchos millones, a mí me gustaría ir allá, aquí no tengo nada que hacer, allá puedo trabajar. Allá hay centros comerciales, muchos muñecos de peluche, hartos aviones. No sé si haya gaviotas… yo creo que sí […] Yo sí me voy a ir, con el dinero que junte allá puedo comprarme una cadena, más grande que la que me compraron mis papás ahora que salí de la primaria, una grande, y también una pistola para defenderme de los rateros, porque también allá hay muchos rateros [Brayan, 12 años].7

A través de las charlas cotidianas los niños adquieren nociones más aproximadas sobre el norte y las implicaciones de la migración de sus padres. Este tipo de representaciones, finalmente, dan “sentido a sus nuevas prácticas, experiencias y decisiones, así como a los miedos, los sentimientos y las ideas que habrán de surgir de éstas” (Glockner, 2006: 15). Los comentarios emitidos reflejan la percepción de bienestar con la que los niños asocian la vida en Estados Unidos. Manifiestan que hay abundancia de comida y dólares, aunque también notan algunas desventajas, en particular aquellas relacionadas con el clima e interacciones sociales. El comentario de Gabriela es sobresaliente, sobre todo por el papel que tienen las festividades entre la población; mediante ellas es posible consolidar otras redes de amistad y parentesco, que son centrales en la vida de estos pequeños y en su integración a las redes comunitarias festivas y religiosas. Pero para poner en marcha las representaciones sociales sobre el norte los niños ya han articulado un juego donde pueden poner a prueba sus conocimientos de las implicaciones del cruce fronterizo y el papel de los actores sociales que participan en el proceso de la migración.

El juego del norte

En las tardes y durante los fines de semana los chicos suelen jugar en patios, calles y en las orillas de la laguna de Alotengo. Las actividades lúdicas que llevan a cabo son múltiples, dependiendo de los dictados de la imaginación y de la cantidad de niñas y niños congregados. Saltan la cuerda, corren y se esconden. Sin embargo, llama la atención un juego llamado del norte: consiste en realizar un “cruce” de la frontera. Algunos niños cumplen el rol de policías, otros de “polleros” o de “mojados”, y las niñas representan a “las esposas o mamás que lloran”. Jugar al norte requiere los conocimientos que en términos generales implica el cruce indocumentado hacia Estados Unidos, los cuales comparten los niños que nunca han migrado (pero que tienen algún pariente que sí lo ha hecho) y los pocos que sí han podido ir y regresar a la localidad. Siguiendo a Corona, Quinteros y Morfín (2005: 130), podemos decir que el juego “es una actividad colectiva llena de aprendizaje” que, en este caso, permite a los niños conocer más detalles acerca de los viajes allende la frontera norte. Para dudas sobre algunos temas, suelen preguntarle a los niños cuyos padres radican en algún punto de la Unión Americana las alternativas para enfrentar determinadas situaciones y entornos.

El clímax del juego es el momento en que hay que cruzar la “raya”. Los niños que son policías avientan piedritas (simulando balas) y los mojados tratan de esquivarlas para llegar a la meta. Si el mojado logra atravesar sin ser golpeado o atrapado por el policía, se convierte en el ganador; los otros chicos reconocen su audacia para escabullirse y se queda viviendo en el norte; después debe esperar a que otro de los jugadores cruce para ir “a buscar el trabajo”; en realidad se trata de que todos los mojados crucen la raya, y una vez que todos han pasado se termina el juego. Las niñas tienen su papel protagónico poco antes de que inicie el juego, ya que se realiza una escena en la que el mojado le informa a su esposa o madre que se irá, y es ahí cuando las niñas comienzan a llorar y a pedir con rezos la bienaventuranza de su pariente. Mientras los niños se encuentran desperdigados corriendo, ellas tratan de distraer con gritos e insultos a los policías. En las diferentes ocasiones en que se observó el juego, las niñas no participaron como mojadas, aunque la migración femenina en la localidad es común.

Algunos adultos han mostrado sorpresa ante este juego. No pueden determinar un momento particular en el cual los pequeños comenzaron a jugarlo, y los niños se limitan a decir que es una forma de esparcimiento que ya “tienen tiempo” practicando, algunos incluso dicen que no siempre suele jugarse. Es posible afirmar que este juego es un mecanismo que permite conocer las representaciones de los niños sobre la idea del cruce. En este caso, la integración de los niños hijos de migrantes al juego es necesaria porque “ellos saben” qué otras cosas pasan en la frontera, y pueden ayudar a conocer otros aspectos, como los precios que cobra un “coyote” o cuántos días puede tardar un cruce. Podemos decir que, con la realización del juego, propio de las actividades infantiles, se pone en práctica una serie de representaciones sociales y aspectos simbólicos que los niños configuran sobre el proceso migratorio, además de lo que en sus charlas cotidianas socializan:

Ésta es la característica más importante del juego porque éste se posibilita gracias a la condición simbólica del mundo del hombre: al suspender la realidad del aquí y ahora, pasado, presente y futuro se trastocan; lo imaginario surge y se hace posible el pensar. No hay nadie que pueda pensar algo, problematizarse, hacerse una pregunta, es decir, pensar, si primero no es capaz de imaginar la situación. Lo real es inaccesible al hombre y lo posible se torna posible gracias a que es imaginado. El poder del juego como actividad es enorme y fundamental en el desarrollo del sujeto humano. En el trasfondo del pensamiento y de la creatividad humana, está el juego [Quinteros, Corona y Morfín, 2003: 3].

La mezcla de imaginación y datos reales permite a los infantes recrear, según sus propios conocimientos, una situación por la cual atraviesan muchos de sus familiares y paisanos. Esto deriva también en un ejercicio de reflexión en torno a un fenómeno social con tanta importancia como supone la migración a Estados Unidos, no sólo en la localidad, sino en toda la Costa Chica. No se pudo documentar si en otras localidades de la zona también se práctica este juego, pero por lo registrado aquí podemos dar cuenta de la incidencia del proceso migratorio en la vida de los niños aunque ellos no migren.

Un aspecto relevante es la división de género que se reproduce en esta actividad lúdica. En el juego, las mujeres no son migrantes, sino que son las que se quedan, lloran y rezan. Cabe señalar que la migración femenina ha ido en aumento en los últimos años; pero en las unidades domésticas por lo regular son los varones quienes parten primero (aunque hay algunas excepciones).

Conclusiones

En el ámbito académico y político existe una preocupación creciente por conocer los distintos escenarios que enfrentan los pequeños inmersos en contextos migratorios. Su paso por países de tránsito, así como las carencias, los peligros y los nuevos retos que encaran en los lugares de destino han aparecido a la luz pública a manera de información y denuncia de estas realidades, cuyo fin es encontrar alternativas que les permitan tener una infancia menos socavada por las actuales condiciones de marginación y exclusión que orillan a sus grupos familiares de origen a trasladarse hacia otros puntos geográficos en busca de mejores opciones de vida.

Los resultados de las investigaciones muestran un abanico de posibilidades situacionales ante la coyuntura de la migración. En ellas, los niños cumplen diversos papeles, desde agentes importantes en la creación de rutas migratorias hasta sujetos pasivos y desinformados de las decisiones alusivas a la movilidad y cambio de residencia de sus familias.

Tener en cuenta el papel de los niños en la estructura social y organizativa de las poblaciones es central en la perspectiva analítica de los estudios contemporáneos sobre la infancia, lo cual permite definirla no sólo como un estado etario, sino como una etapa en la vida de los seres humanos en la que están dotados de un sentido propio que les permite ser sujetos sociales dentro de un contexto social particular, y donde existen relaciones que les otorgan un papel específico dentro de su sociedad de pertenencia.

Con base en este enfoque se pudieron observar detalles muy explícitos de los niños hijos de migrantes. Considerar sus actividades cotidianas fue fundamental para conocer sus experiencias y opiniones en torno a las situaciones que les toca experimentar, como la violencia de la que son sujetos en ocasiones o, en otros casos, los juegos y opciones de diversión que se encuentran a su alcance.

Las transformaciones que la migración internacional genera en la vida de las personas son múltiples. Tanto los que se van como los que se quedan son afectados en diferentes esferas, por lo que las familias con agentes migratorios deben realizar adecuaciones en sus núcleos domésticos y en su cotidianidad.

Los niños hijos de migrantes en Corralero deben vivir cambios importantes, entre los que destaca ser considerados como niños encargados, lo cual acarrea circunstancias que deben aprender a enfrentar, y para ello estrechan relaciones con los niños que tienen una condición similar. Esto los dota de un nuevo sentido de pertenencia y adscripción a una colectividad otrora distante, siendo ésta una primera modificación en su quehacer diario.

A través de la imaginación y el juego, los niños logran entender el proceso concreto del cruce fronterizo y las formas de vida que se desarrollan en Estados Unidos, lo que resulta esencial para dotar de sentido una situación que poco se les explica. Mediante consensos, charlas y noticias, los hijos de migrantes socializan aspectos relevantes que conlleva la migración.

Sus representaciones en torno al norte no se circunscriben sólo a crear imaginarios, sino que son capaces de recrear un proceso tan significativo como el cruce fronterizo a través del juego. Esto nos invita a reflexionar acerca de la pertinencia de integrar las actividades lúdicas infantiles en los estudios con y sobre los niños. Sus voces y sus acciones cotidianas son trascendentales para comprender la complejidad de las infancias contemporáneas.


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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 59, enero - junio 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 24 de junio de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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