Las entidades anímicas y su relación con el desarrollo de la niñez nahua prehispánica*

A. Alejandro Díaz Barriga Cuevas**



Resumen:

En el presente artículo se analiza la importancia de las entidades anímicas como generadoras del desarrollo físico y cognoscitivo de las niñas y los niños nahuas del pasado prehispánico. Asimismo, considerando que las categorías de edad son definidas culturalmente, mediante un estudio comparativo de las fuentes coloniales y los datos etnográficos de diversas comunidades indígenas se propone que los nahuas antiguos delimitaban las edades infantiles con base en la presencia y manifestación de las entidades anímicas en los niños.

Received: 2013 March 2; Accepted: 2013 September 3

alte. 2014 ; 47(1)

Keywords: Key words: souls, ages, Tonalli, rites of passage.
Keywords: Palabras clave: almas, edades, tonalli, ritos de paso.

Introducción

Desde hace algunos años, tras la publicación de la obra Cuerpo humano e ideología, de Alfredo López Austin, han sido constantes los estudios sobre la concepción de las llamadas “entidades anímicas” en los grupos indígenas mesoamericanos. Gracias a estas investigaciones, se tiene mucha información concerniente a dicho tema en diversas comunidades indígenas, aspecto que sin duda fortalece nuestra comprensión del mismo; sin embargo, aún existen varios interrogantes en torno a la relación que mantenían estas entidades con el desarrollo cognoscitivo de la infancia y sus implicaciones como delimitadoras de los grupos de edad, sobre todo en el pasado prehispánico.

En el presente trabajo se analiza el papel de las entidades anímicas en cuanto generadoras del desarrollo cognoscitivo de los niños nahuas prehispánicos desde su nacimiento hasta el destete y su relevancia dentro de la concepción de la infancia, partiendo de que con base en su llegada y fijación se delimitaban los grupos de edad.

Lo anterior se realiza a partir del estudio comparativo entre la información consignada en las fuentes coloniales y diferentes datos etnográficos procedentes de varias comunidades indígenas, todo ello bajo la sospecha de que ciertos elementos sobre la concepción de la niñez pudieron haberse mantenido en algunas comunidades indígenas dentro de un proceso de larga duración.

En necesario aclarar, siguiendo a López Austin, que el estudio de las entidades anímicas tropieza con numerosos obstáculos, primero porque en las fuentes coloniales la información es sumamente escasa, y después porque los datos procedentes de las etnografías presentan una infinita variedad de creencias que en ocasiones resultan desconcertantes (cf. López Austin y López Luján, 2011: 104). Sin embargo, como se verá más adelante, en diversas comunidades existen evidencias de la relación entre el desarrollo de la niñez y la presencia de las entidades anímicas; estas evidencias servirán como marco comparativo.

La concepción de la infancia entre los nahuas antiguos

Cada sociedad genera su propia definición de las categorías de edad, las cuales se encuentran ampliamente integradas a la composición de la organización social y corresponden no sólo a factores biológicos, sino también a concepciones, capacidades o logros alcanzados por los miembros de un grupo social.

En este sentido, los nahuas del Altiplano Central mesoamericano dividían la vida de un individuo en diferentes etapas denominadas con términos específicos, y que serían similares a lo que hoy en día se considera como niñez, juventud temprana o adolescencia,1 edad madura y vejez, cada una con sus propias características y subdivididas a su vez en estadios más precisos.

Se tenía la creencia de que la vida humana se dividía en cuatro grupos de edad, como se puede observar en los registros de fray Diego de Durán:

Y asi tenian estos indios quatro vocablos para diferenciar sus edades el primero era piltzintli ques como nosotros decimos puericia: el segundo era tlamacazqui2 que tanto quiere decir como juventud: el tercero era tlapaliuhqui que quiere decir ya la edad madura y perfecta, y huehuetqui que quiere decir bejez [2002b: 59].

Los grupos de edad se basaban en el sistema calendárico solar, es decir, se relacionaban con la cuenta del Xiuhmolpilli de 52 años, divididos en cuatro trecenas (4x13=52); así, cada grupo de edad correspondía a un rango cronológico de 13 años (véase Díaz Barriga Cuevas, 2009, 2012 y 2014). Sin embargo, se debe tener en cuenta que lo anterior era aproximado, pues aunque las edades se basaban en periodos cronológicos determinados, éstos eran más flexibles y correspondían mayoritariamente a una edad social, poniendo más énfasis en las capacidades, habilidades, madurez y personalidad de cada individuo que en las características biológicas. Sobre todo en el caso de la niñez y la juventud,3 el papel de los padres era determinante, pues ellos establecían los momentos en que un niño dejaba de serlo.

La niñez comprendía aproximadamente desde el nacimiento hasta los 12 o 13 años, y se dividía al menos en tres subgrupos: del nacimiento a los tres años o al momento del destete; de los tres a los siete años o cuando los niños cumplían con el ritual de paso celebrado cada cuatro años en la veintena de izcalli; y, finalmente, desde ese momento hasta los 12 o 13 años, o cuando eran enviados a los templos de educación4 (véase Díaz Barriga Cuevas, 2014: 39-40).

Existían básicamente dos formas para denominar a los niños: conetl y pipiltin. Ambas eran usadas de manera genérica y se les puede encontrar en referencia a niños de cualquier edad, sin embargo, el término conetl5 era empleado en su mayoría por las mujeres (De Molina, 2004: 68v), sobre todo aludiendo a los niños más pequeños, mientras que piltontli6 se destinaba a los niños de mayor edad. Los vocablos utilizados en términos generales se muestran en el cuadro 1.

Cuadro 1.

Infancia


TFN1*Sobre dichos términos véase Díaz Barriga Cuevas (2014: 19-38).


El paso de una etapa de la niñez a otra debió de acompañarse con una serie de rituales específicos con los que se denotaría el cambio ontológico de los niños o jóvenes, tal como parece haber sido el realizado en el momento del destete, y más adelante el elaborado cada cuatro años durante la decimoctava veintena del cecempohuallapohualli (véase Díaz Barriga Cuevas, 2013).

Ahora bien, como se verá más adelante, los factores que determinaban los momentos en los que las niñas y los niños pasaban de un subgrupo a otro se relacionaban con la manifestación de ciertas actitudes sociales y comunicativas, mismas que eran consideradas por sus padres como la evidencia de que sus entidades anímicas ya se encontraban maduras y, por lo tanto, estaban listos para pasar al siguiente grupo.

La llegada de las entidades anímicas

Es ampliamente conocido que los antiguos nahuas concebían al ser humano como un contenedor o poseedor de partes materiales “pesadas” de carácter tangible, que corresponderían al cuerpo, y partes materiales “livianas”, las cuales eran sutiles y etéreas, asociadas a elementos como el calor, el aire, los olores, los sabores, la energía vital, la razón y el entendimiento, así como las emociones (De la Garza, 2012: 20). Las tres partes “livianas” o entidades anímicas eran el tonalli, el teyolía y el ihiyotl, alojadas respectivamente en la cabeza, el corazón y el hígado,7 cada una con diferentes atributos o funciones que permitían al individuo vivir, consolidarse como ser humano y, a la vez, formar parte del cosmos (véase López Austin, 1996). De ellas, al tonalli se le atribuía el poder de crecimiento y desarrollo físico de los niños, mientras que el teyolía se relacionaba con las facultades cognoscitivas, el entendimiento y las habilidades comunicativas y sociales. Estas dos entidades conformaban una intrincada red de procesos mediante los cuales los niños se desarrollaban.

Así pues, los nahuas prehispánicos creían que la generación de un nuevo ser se realizaba mediante un proceso dual o compartido; por un lado, la materia “pesada” o el cuerpo era producida por la unión de los líquidos generadores de los padres dentro del cuerpo de la madre, y por el otro, la interacción divina atribuida a la deidad suprema era responsable de “insuflar” la materia “liviana” dentro del vientre materno (cf. López Austin, 1996: 226-230 y 335-338).

Fray Bernardino de Sahagún recopiló datos sobre la idea de que los niños y las niñas eran formados en el noveno cielo, el más alto de todos, al lado de los dioses creadores Ometéotl y Omecíhuatl, por cuyo mandato eran enviados la influencia y el calor con que se engendraban en el vientre de sus madres (De Sahagún, 2002: 592, 622 y 953). En sí, el calor enviado era propiamente el tonalli del niño, así se puede observar en la descripción de De Sahagún en el Códice Matritense de la Real Academia de Historia:

Porque allá en el piso decimosegundo está, allá vive el verdadero dios. Y (en su forma de) comparte (masculino) Ilhuicatéotl tiene por nombre Ometecuhtli; y su comparte (femenina) se llama Omecíhuatl, Ilhuicacíhuatl. Quiere decir que sobre los doce (pisos ellos) gobiernan los cielos, mandan. Se dice que allá somos creados los hombres, que de allá viene nuestro tonalli cuando se coloca (el niño en el vientre materno), cuando cae en gota el niñito. De allá viene su tonalli, penetra en su interior: lo envía Ometecuhtli [López Austin, 1996: 227].

Empero, el tonalli del niño se afianzaría momentos después de su nacimiento, a partir del baño ritual y de la imposición del nombre, para irse acumulando en él conforme a la edad. Dicha entidad tenía importantes atribuciones dentro de los primeros años, pues ésta, en conjunto con el ihiyotl, era la encargada de brindar al cuerpo la energía de crecimiento y, en combinación con el teyolía, brindaba las habilidades cognitivas y comunicativas en los infantes.

El teyolía también ingresaba al cuerpo del niño in utero, sin embargo, éste procedía de los cerros (cf. López Austin, 1996: 167), lugares en donde se guardaban, entre otras cosas, los “corazones” y “espíritus”, así como las fuerzas de la germinación y del crecimiento, metafóricamente denominadas celicayotl, iztmolincayótl, “frescura, germinación” (López Austin, 2000: 161 y 163).

Aunque no hay referencias específicas sobre el momento en que llegaba el ihiyotl, a decir de López Austin (1996: 258), existe la posibilidad de que también ingresara al cuerpo del niño dentro del vientre de la madre, procedente de las estrellas o insuflado por Citlalicue, Citlallatónac y de los habitantes del cielo ilhuicac chaneque.

Ahora bien, dichas entidades anímicas, a pesar de ingresar en el cuerpo del infante desde que se encontraba in utero, debían fijarse mediante el baño ritual y la imposición del nombre. Con base en los datos recopilados por De Sahagún, el rito se componía de tres partes fundamentales: el contacto con el agua y el lavado, la solicitud a las entidades anímicas y la imposición del nombre. El rito iniciaba al amanecer del día sugerido por el tonalpouhque; se juntaban todos los participantes y la partera tomaba al niño y lo bañaba; si era varón lo ofrecía al Sol y le daba nombres relacionados con la guerra, a la vez que le informaba de su origen en el noveno cielo y que debía su existencia en la Tierra a Quetzalcóatl y a Tloque Nahuaque.

Después, ya fuera niño o niña, le daba a probar el agua, primero en la boca, anunciándole que era la vida, el crecimiento y el movimiento. Luego le untaba agua en el pecho, y si era varón le decía: “He aquí el agua azul clara, el agua amarilla”8 (Códice Florentino, cit. en García Quintana, 1969: 203), la que baña y limpia el corazón, pero si era niña sólo le decía que el agua era el crecimiento y el reverdecer, sobre todo del corazón y del hígado.9 Por último le mojaba la cabeza, definiendo al líquido como el mantenimiento, el alimento, la frescura y el verdor. Al culminar, lo lavaba para limpiar las impurezas que había adquirido mediante su formación (García Quintana, 1969).

En la misma ceremonia, la partera alzaba al bebé hacia el cielo tres veces, pidiendo a las deidades que le insuflaran su aliento: la primera vez le solicitaba a Ometecuhtli y a Omecíhuatl, la segunda a Citlallatónac y a Citlalicue, y la tercera a los moradores del cielo. Según López Austin (2000: 210-211), esto se realizaba para solicitar el ihiyotl a las deidades. Después, si era varón, se ofrecía una cuarta vez al Sol y a la Tierra, entregándolo en propiedad (García Quintana, 1969).10

Más adelante, la partera preguntaba a los padres por el nombre de la criatura y se lo asignaba. La imposición del nombre era un acto de gran relevancia, pues a partir de ese momento se individualizaba al infante y se incorporaba a la sociedad, con lo que adquiría su condición humana.

Con este acto se afianzaba el tonalli definitivo del niño, el cual se asentaba en su cabeza y, por extensión, en otras partes como el cabello y las uñas, porciones del cuerpo que continuamente crecen con la ayuda de la energía proporcionada por la entidad.11

El tonalli y la energía de crecimiento

El tonalli, además de brindar las características individuales del niño, le daba también (en conjunto con el ihiyotl) su energía de crecimiento y desarrollo físico. Por ello, en el pasado prehispánico se procuraba no cortar los cabellos de la coronilla a los infantes, pues pensaban que al hacerlo el tonalli podría salir por las fontanelas (Chávez Balderas, 2007: 33) y dejarlos sin la posibilidad de crecer.12

La energía de crecimiento del tonalli del niño podía ser trasladada mediante ciertos rituales a otros objetos o seres; por ejemplo, dentro de los rituales presacrificiales realizados durante la veintena de atlcahualo se les rompían las uñas a los niños que serían sacrificados con la finalidad de atraer mediante sus lágrimas la lluvia benéfica para los cultivos (De Sahagún, 2002: 178), e igualmente se ofrendaba a las deidades del agua la fuerza de crecimiento almacenada en las uñas.13

Asimismo, esta energía se traspasaba a la mazorca tierna de maíz. Cuando un niño nacía, la partera le cortaba el cordón umbilical sobre una mazorca con el propósito de pasar a la planta parte de la fuerza de crecimiento de la que estaba cargado el recién nacido ( De Torquemada, 1977: 202).14

Entonces, queda claro que el tonalli era indispensable para el crecimiento de los niños, lo que conllevaba que los nahuas efectuaran diversos rituales a fin de intensificar o conservar la fuerza de dicha entidad anímica. Al respecto, conviene resaltar los actos realizados cada cuatro años durante el mes de izcalli, cuando a los niños se les jalaban las partes del cuerpo para que crecieran (De Sahagún, 2002: 266).15

La relación de las entidades anímicas con el desarrollo cognitivo y las divisiones de las edades

Hemos visto cómo las entidades anímicas cumplían diversas funciones vinculadas con el crecimiento físico de los niños, aspecto que ya ha sido señalado por otros investigadores; no obstante, existen evidencias que permiten suponer que a través de ellas los niños iban adquiriendo el conocimiento, el entendimiento y el habla, lo que además sugiere una relación entre las entidades anímicas y los cortes de edad, en específico con el primero, ocurrido alrededor de los tres o cuatro años.

Algunos datos etnográficos procedentes de Huixtán y Zinacantán, Chiapas, así como de Popolá y Kiní, Yucatán, muestran una relación entre el ch´ulel, el ol y el corazón con el desarrollo de habilidades cognoscitivas y sociales de los niños. Los tzotziles de Zinacantán creen en una entidad anímica denominada ch´ulel, la cual es concebida como una fuerza vital de origen divino que habita en todo el universo. Es una energía animadora, indestructible y dinámica que se encuentra en el corazón humano y diseminada en la sangre (Velásquez García, 2009: 505-506). Por su parte, los mayas de Yucatán creen en una entidad denominada ol (corazón formal y no material), alojada en el corazón material (pukzikal), a la que se le atribuyen las funciones tanto cognoscitivas y racionales como emotivas, y que se obtiene mediante la respiración; es en sí “el soplo de vida” o “aire de vida” (De la Garza, 2012: 9).16

Ahora bien, existen varios informes etnográficos en torno al ingreso del ch´ulel en los niños. Evon Vogt (1965: 33) señala que los tzotziles de Zinacantán confiaban en que dicha entidad era puesta en el cuerpo de un embrión por totilme:iletik (padres-madres), que viven en las montañas sagradas cercanas a Zinacantán. En tanto, entre los tzotziles de Chenalhó, Guiteras Holmes (1965: 241) halló que el ch´ulel vive en un lugar denominado sbabalamil y entra en el niño in utero, manifestándose mediante los movimientos que hace cuando llega el alba, a partir del cuarto o quinto mes de embarazo (Guiteras Holmes, 1965: 97 y 240-241). Respecto a los tzeltales de Cancúc, según apunta Pitarch Ramón (1996: 53), se tiene una “vaga suposición” de que el ch´ulel procede del último de los 13 pisos del cielo, de donde desciende y se introduce en el feto durante los primeros meses de embarazo, lo que se evidencia a partir de sus movimientos dentro del vientre.17

En estos tres casos se describe que el ch´ulel llega al cuerpo de los niños in utero; sin embargo, la antropóloga y lingüista Lourdes de León Pasquel, en sus investigaciones en la comunidad de Nabenchauk, Zinacantán, encontró que el ch´ulel va llegando paulatinamente al cuerpo de los niños y se manifiesta a través de señales de tipo comunicativo, social, emotivo y motor expresadas por los propios infantes. Según la autora, el crecimiento o el proceso que atraviesa un niño para convertirse en una “persona” se denomina chtal/chul xa xch´ulel´, o “ya llega, ya viene el alma, el entendimiento” (De León Pasquel, 2005: 25 y 60). Lo anterior, que en realidad se trata de la fijación del “alma” en el niño, ocurre en tres momentos específicos relacionados con las capacidades o los logros alcanzados por los infantes.

En este aspecto, se considera que los niños al nacer aún no tienen alma; sólo cuando comienzan a mostrar una intención comunicativa como extender la mano para alcanzar las cosas o a expresarse mediante movimientos corporales, lo cual ocurre entre los cuatro y los 18 meses, se piensa que ya viene su alma. Entre los 18 meses y los cuatro años, cuando el niño comprende el lenguaje y responde o actúa en sentido social, se cree que “ya tiene alma o entendimiento”, y desde entonces se le empieza a educar formalmente (De León Pasquel, 2005: 58; véase también Modiano, 1974: 79).18

Después de los cuatro años de edad, cuando los niños comienzan a realizar trabajos dentro de su grupo parental, los términos referentes a la llegada del ch´ulel se van desplazando por los genéricos de kerem para los varones y tzeb para las niñas. Para ello se consideran las capacidades y los logros realizados por ellos, por ejemplo, estos términos se aplican a las niñas que ya saben preparar tortillas o a los varones que ya pueden ayudar en el campo (De León Pasquel, 2005: 58-59; cf.Modiano, 1974: 109-134).

De esta forma, los niños son incorporados a las labores de la comunidad, con lo que termina la fijación completa de su ch´ulel. Al respecto, Arias Sojob menciona:

Aquí nos encontramos con la implicación de que no hay nadie que tenga una conciencia completa, es decir que, en sentido literal, nadie tiene un alma completa sino hasta que se convierte en un miembro de la sociedad que participa activa y completamente en ella [cit. en Modiano, 1974: 155-156; las cursivas son mías].

Algo parecido se observa entre los tzotziles de López Mateos, en Huixtán, Chiapas, donde se relaciona el corazón ‘o´ontonil con el desarrollo de los niños. En este grupo se identifican cuatro etapas de la infancia entre el nacimiento y los cinco años de edad, las cuales, al igual que en otros grupos, son relativas. A los recién nacidos se les denomina unin olol to, “todavía un bebé tierno”, término que se aplica hasta los cuatro o seis meses de edad. Después se dice mayuk´to yoónton, lo que se traduce como “todavía no tiene corazón”, desde los cuatro o seis meses hasta el año, cuando el bebé comienza a expresar sus primeras palabras y a gatear. En dicho periodo se cree que el niño no tiene corazón porque no distingue el bien y el peligro (Martínez Pérez, 2008: 38-39). Desde el año hasta los dos se dice x´an xa yo´onton, “ya va a tener corazón”, y xmelub, xmalub xa ýa, o “ya se está envejeciendo”. En esta etapa, el niño empieza a reconocer a sus familiares, a comer solo e intenta caminar. Por último, el periodo que va de los dos a los cuatro años, en el cual los niños “ya tienen entendimiento”, comienzan a hablar de manera apropiada y realizan actividades acordes a su edad, es definido como oy xa yo´onton, “ya tiene corazón” (Martínez Pérez, 2008: 39).

Por otra parte, en las comunidades de Popolá y Kiní, en Yucatán, la investigadora María Dolores Cervera Montejano (2009) registró que a los recién nacidos se les denomina ma’ tóop’ u na’at, haciendo referencia a que están vivos, pero aún no tienen entendimiento. Hasta los 15 días de vida se dice uzaci lu yiich saki’, “empiezan a tener luz sus ojos”, lo que les permite comenzar a ver. Cuando los niños reconocen a sus madres y demuestran algunas expresiones comunicativas, entre los dos y los cuatro meses, se considera que ya t’su ho’op’o’ol u yaantal u na’at, “acaban de comenzar a tener entendimiento”. Entre los tres y los cuatro años, los niños empiezan a tener habilidades sociales y aprenden las labores del hogar, debido a que ts’u k’ahal u yiik’o’ob, “acaban de recordar su viento o aliento de vida”.19

En los tres ejemplos citados, resulta significativo que el desarrollo intelectual de los niños es considerado como un delimitador entre una etapa de la niñez y otra. Asimismo, es de sumo interés el vínculo entre los logros alcanzados por los infantes y las creencias en torno a la presencia de las entidades anímicas, ya sean éstas el ch´ulel, su centro anímico, o, en el último caso, el viento vital.

Respecto a los grupos nahuas, al igual que con los casos anteriores, Marie-Nöelle Chamoux encontró que en la Sierra de Puebla se cree que el alma no se otorga de principio, sino que va llegando progresivamente, y agrega:

Su llegada resulta de un doble esfuerzo que realiza el individuo para concentrarse, por un lado, y por el otro seguir los modelos propuestos por el grupo social. Esta noción de alma se asemeja a ideas parecidas a la “conciencia”, el “sentido de la responsabilidad”, así como a la de “capacidad de concentración” y de “perspectiva”. A medida que esta “alma” se incorpora totalmente, el individuo va logrando su condición de adulto. Esta madurez es percibida por otras personas, no ante la presencia de señales biológicas como la pubertad, sino ante la prueba clara de que el joven se ha transformado en un productor o una productora eficaz [Chamoux, 1992: 90-91].

Para la investigadora, el tonalli del individuo no está completamente internado en el cuerpo hasta la adolescencia, momento en el cual le brinda a la persona la conciencia y la capacidad de ser responsable (Chamoux, 2011: 169). Al igual que con los casos precedentes, por medio del ingreso y la fijación de la entidad los niños son capaces de ser conscientes de sus actos, de tener entendimiento y, por ende, de participar en las labores económicas.

Existe una fuerte relación entre la capacidad de los niños de realizar tareas dentro de su grupo y el desarrollo y la fijación de las entidades anímicas. Acerca de esto, Lorente Fernández afirmó que entre los nahuas de la Sierra de Texcoco: “Las ayudas domésticas y comunitarias están estrechamente vinculadas con el desarrollo anímico de los niños. El espíritu y la socialización van de la mano” (2012: 432-433).

Como ocurría en el pasado prehispánico, la participación de los niños en el trabajo cotidiano y su capacidad de ir realizando labores cada vez más complejas son consideradas delimitadores de las etapas de la niñez, mismas que se relacionan con la presencia, el aumento y la fijación de las entidades anímicas.20

Sin duda, los nahuas del periodo prehispánico basaban los cortes de edad y la concepción de la niñez en la presencia de las entidades anímicas. Si bien no hay datos sobre ello en las fuentes coloniales, eso no implica que no existieran creencias similares.

En cuanto a las concordancias, se debe mencionar que los nahuas prehispánicos también consideraban el “entendimiento” como un indicador de que los niños estaban listos para pasar de una etapa de la niñez a otra, lo cual se vinculaba con la capacidad de “ver”, pues en la vista se encontraba la percepción y, por ende, la razón y el conocimiento. Al respecto, aunque se haga alusión a la última etapa de la niñez, en el Códice Florentino se encuentran las palabras que decía el padre a su hijo cuando éste ya era mayor y era capaz de “entender”, es decir, cuando estaba listo para ser enviado a los templos de educación: “ca ye timotlachialtia… ca aocmo cenca titototzintli”,21 lo que se traduciría en primera instancia como “ya tú mismo puedes ver… ya no eres como pajarito”. El verbo utilizado por los informantes de De Sahagún es tlachialtia, que Alfonso de Molina traduce como “hacer ver algo a otro, mostrándole lo que antes no había visto”, mientras que tlachializtli, como “edad de la discreción” (De Molina, 2004: 48r. y 117v.). No obstante, el sentido real de la traducción es: “ya tú mismo puedes ver, te impulsas a examinar, reflexionar, cavilar las cosas”,22 es decir, empieza a tener conciencia de sí mismo y de lo que lo rodea, o, en otras palabras, a tener “entendimiento”.

Encontramos varios casos similares en las fuentes coloniales en los que también se da valor a la prudencia; por ejemplo, en el mismo documento, al hablar de los niños que iban a los recintos, también se consignó que: “in iquac ie qualtoton, in ie achi ixtlamati”, esto es: “cuando ya eran mayores, es que ya eran poco prudentes”.23

Ahora bien, atendiendo a que los procesos de pensamiento y aprendizaje estaban íntimamente ligados con las entidades anímicas, debido a que gracias a éstas se presentaban, es probable que ocurriera algo parecido a los datos expuestos. Así, propongo que los padres podrían haber considerado que los cambios en sus hijos eran una evidencia de la fijación de las entidades anímicas, en concreto del tonalli, que, en conjunto con el teyolía, que ya se había asentado en el cuerpo del infante, propiciaba el entendimiento de los niños.24

En este sentido, podría decirse que bajo dichos parámetros se determinaba el momento en que los niños podrían pasar al siguiente grupo de edad, con lo cual comenzaba la última separación de su madre mediante el cambio de alimentación por los productos de la tierra, pues a partir de ese tiempo los niños ya tenían la suficiente carga de tonalli y, con ello, podían iniciarse en las labores cotidianas. A este respecto, los nahuas de Tlacotepec consideran que a través de la leche materna se transmite el tonal y la sangre de la madre al niño (cf. Romero López, 2006: 136), por lo que, al dejar de amamantar a su hijo, éste deja de recibir la entidad de su madre. Así, mediante el destete, además de culminar su separación con la madre, el infante se independiza por completo de la entidad materna.

Se debe recordar que el tonalli llegaba a los niños cuando aún se encontraban en el vientre materno. A partir del nacimiento se hacían rituales para fijarlo y se les asignaba el definitivo, pero era necesario que sus entidades fueran madurando mediante el consejo y las enseñanzas de sus padres, lo cual se denotaba a través de evidencias e indicadores del aprendizaje del infante y la aparición de habilidades comunicativas y cognoscitivas. En el momento en que los niños eran capaces de realizar tareas y apoyar con las labores domésticas se consideraba que ya había terminado de afianzarse el tonalli, que, en conjunto con el teyolía, permitía que los niños culminaran su proceso de formación física y cognitiva, lo cual sucedía alrededor de los tres o cuatro años.25

Según se infiere de los registros de fray Juan de Torquemada (1977: 209-213), en el momento en que se les dejaba de dar pecho a los niños, se realizaba un ritual de paso entre una etapa de la niñez y otra, a partir del cual los infantes ingresaban al grupo siguiente.

De esta forma, el niño finalizaba su transformación en un “hombre verdadero” y adquiría desde entonces ciertas obligaciones para con su grupo familiar, e iniciaba así el largo proceso para ser adulto (lo cual ocurría al contraer matrimonio) y contribuir con el ciclo de la vida.

Comentarios finales

En las páginas anteriores se ha pretendido mostrar la relevancia de las entidades anímicas en el crecimiento de los niños nahuas, mismas que, junto con otros elementos, eran esenciales para fundamentar los cortes de edad dentro de la niñez.

Para ello ha sido útil la comparación analógica entre los datos procedentes de las fuentes coloniales y la información etnográfica contemporánea, debido a que, como menciona López Austin (2000: 145), es posible identificar concordancias en los aspectos nucleares del pensamiento de los distintos pueblos que han integrado la tradición mesoamericana, por lo cual resulta pertinente tratar de hallar dichas correspondencias para proponer nuevas interpretaciones.

De igual forma, se debe tener en cuenta las diferencias entre los grupos y las temporalidades presentadas. Por ejemplo, en el náhuatl clásico no he encontrado términos para hacer referencia a la llegada de las entidades anímicas, pero sí han sido registrados en algunos grupos mayenses. Además, como se ha podido ver, las entidades o los centros anímicos relacionados con la función cognoscitiva varían de un grupo a otro, pues, según apunta Martínez González (2007: 11), los conjuntos anímicos suelen estructurarse de modos muy diversos, y sus atributos, ubicaciones y funciones en ocasiones son muy variables.

Asimismo, es indispensable considerar la transformación de algunas creencias tras el paso del tiempo, así como la intromisión de modelos culturales exógenos. No obstante, en los casos expuestos he hallado suficientes similitudes que permiten suponer la preexistencia de dichos conceptos, los cuales han podido perdurar en mayor o menor cantidad en un proceso de larga duración.

La presente propuesta sobre la relación de las entidades anímicas con el desarrollo cognoscitivo de los niños nahuas prehispánicos y su injerencia como delimitadores de los grupos de edad es una primera aproximación a un tema sumamente relevante para comprender mejor la niñez dentro de las comunidades indígenas, tanto pasadas como contemporáneas, si bien aún es necesario indagar con mayor profundidad las concepciones en torno a la niñez y la infancia en diferentes tradiciones culturales.


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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 59, enero - junio 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 24 de junio de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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