El don de la ubicuidad: Rituales étnicos multisituados

Patricia Fortuny Loret de Mola

alte. 2014 ; 47(1)


La lectura de un libro requiere un mayor esfuerzo mental que ver una película de entretenimiento; sin embargo, las reacciones que el texto o el filme causa en lectores y espectadores pueden ser muy similares. Después de ver una cinta que nos complace, es fácil quedarnos con el deseo de eliminar escenas, escenarios, diálogos o actores secundarios. Lo mismo sucede al leer un libro que nos entusiasma: nos quedan satisfacciones, dudas, malentendidos, preguntas; advertimos menores o mayores contradicciones como las que intento referir en esta reseña.

El don de la ubicuidad me parece un título muy acertado y atractivo. Aparece acompañado del subtítulo, más explicativo, Rituales étnicos multisituados, que ciertamente es capaz de abarcar todas o casi todas las ceremonias o fiestas descritas en el libro.

El volumen es resultado de un excelente trabajo colectivo dirigido por Renée de la Torre -ampliamente conocida por sus publicaciones sobre temas análogos-, en el que vemos de nuevo a los danzantes concheros, new agers y buscadores espirituales de muy diversa naturaleza. Pero los protagonistas de esta entrega tocan en alguna forma tres continentes: América, Europa y África. Aquí colaboraron muy de cerca las coordinadoras de secciones que señalo más adelante. Por sus obras sabemos que la mayoría de los autores, tanto o más que los actores sociales estudiados, poseen el don de la ubicuidad, que les permite estar, descubrir y analizar múltiples religiosidades derivadas de uno o de varios orígenes, en distintas localidades.

El libro es visualmente atractivo y elegante, suave al tacto. Las numerosas y coloridas fotos nos cautivan desde el primer momento, al igual que la portada y la contraportada de lujo. No obstante esas bondades, lo grueso y pesado del volumen exige una superficie amplia y sólida para poder leerlo. Si prestamos atención al diseño gráfico, observaremos plecas que forman cruces en cada sección para indicar el número de capítulos y la secuencia de los mismos. El libro es difícil de transportar, no sería aconsejable llevarlo de vacaciones o leerlo en el avión. Consta de 381 páginas, en papel couché de 250 gramos. Esta primera edición de mil ejemplares se elaboró en pasta dura, con fondo negro (que lo hace más elegante y exquisito), aunque el color oscuro no siempre ayude en el lucimiento y contraste de algunas fotografías. Además de la dimensión estética de estas últimas, según explica De la Torre en la introducción general, constituyen un discurso que equivale a un registro etnográfico y, en consecuencia, tienen una importancia central. Todos los textos incluyen fotografías; algunas son mejores que otras, unas son panorámicas, otras nos muestran detalles pequeños amplificados.

En la introducción general, Renée de la Torre afirma que la fotografía y el diario de campo son valiosos registros documentales del quehacer etnográfico, los cuales la mayoría de las veces quedan ocultos u opacados por los formatos academicistas de las publicaciones etnográficas. Esta obra se propuso recuperar y revalorar los registros básicos, pero creando una doble textualidad visual-narrativa, no por ello carente de rigor y densidad descriptiva. La autora asegura que en muchas ocasiones las largas discusiones teóricas “obnubilan el valor intrínseco de la etnografía”, cosa que quisieron evitar aquí. Si no es un libro académico, por qué debía estar escrito por académicos, la mayoría de ellos, si no es que todos, especialistas en el tema o los temas. Si se buscaba elaborar un trabajo menos académico, tal vez más light en cuanto a discusiones teóricas, por qué no se suprimieron las citas de otros trabajos que acompañan los diversos relatos. ¿Realmente será posible hacer una descripción “pura” sin insertar nuestro marco teórico, o epistemológico, en aquello que creemos estar simplemente describiendo? ¿De qué serviría una “detallada” descripción de las ceremonias si éstas no se encuentran enmarcadas en un contexto socioespacial, cultural, político y económico? ¿En qué se distinguiría entonces el resultado de una investigación científica y de campo de un trabajo periodístico o incluso literario y gráfico? ¿Por qué, para tratar estos temas, de pronto la discusión teórica se vuelve negativa e inconveniente porque obnubila los registros básicos? ¿Qué se busca al publicar una obra que está en el filo entre la dimensión artística (la foto creativa que se deriva de la investigación) y la científica? Se habla de etnografías olvidadas en los cajones del escritorio que contienen “descripciones detalladas de las misiones de campo”, aunque al mismo tiempo se menciona la descripción densa, que nos hace pensar en Clifford Geertz. Pero una descripción detallada no es una descripción densa. Varios de los artículos carecen de la evocada representación geertziana, que hubiera sido muy útil para entender en forma cabal el tema estudiado. Si el objetivo era producir un libro en el que la fotografía jugara un papel fundamental, considero que se precisaba utilizar el trabajo profesional de uno o más fotógrafos, que hubieran podido ser debidamente orientados y capacitados por los propios investigadores. En general, los buenos fotógrafos tienen la suficiente sensibilidad para tomar la foto en el momento y lugar adecuados. Lo anterior desvirtúa un poco el asunto de que se trata de un resultado etnofotográfico. Una obra como ésta merecía fotografías profesionales, de la misma manera que los textos fueron escritos por investigadores.

Es decir, la belleza del libro y la que podría imaginarse al presentar fotografías profesionales no tendrían por qué contradecir, competir o negar la relevancia del contenido académico del texto; aunque ciertamente las fotos facilitan la comprensión y hacen más agradable la lectura. Es un volumen artístico y académico al que vale la pena que se acerque aquel público que desee conocer sobre los innumerables rituales y cosmologías de origen africano que abundan en el continente americano.

La obra se divide en tres partes. La primera se titula “Los horizontes de la translocalización y los sentidos de la relocalización de las danzas rituales mexicanas”, e incluye siete ensayos: tres de Renée de la Torre, dos de Cristina Gutiérrez Zúñiga, uno de Santiago Bastos y el último de Alejandra Aguilar Ros.

En esta sección se describen ceremonias y danzas que han sido revaloradas por los propios danzantes y cuya intención es expresar una suerte de dignidad y predominio del “nacionalismo indígena”. También sirven como instrumento de rescate cultural de las raíces y los linajes “aztecas” de pobladores urbanos que reivindican su identidad como herencia o legado de una “gran civilización”. Debe subrayarse que la danza o el baile se considera un sistema religioso, porque los movimientos del cuerpo constituyen una forma de orar, pedir favores y dar gracias. Como se ha indicado, muchos de los grupos danzantes concheros incluyen a new agers o buscadores de alternativas espirituales que desean encontrar la piedra ancestral de la sabiduría, la eterna juventud, los poderes esotéricos, terapéuticos universales, cósmicos, entre otros. Sus universos simbólicos de creencia adoptan, adaptan o recrean aspectos de diferentes tradiciones: esotéricas, budistas, cristianas o del chamanismo indígena y la brujería. Las ceremonias descritas en este apartado se localizan en México, Estados Unidos y España (pp. 127 y 128).

Después de una breve introducción, el primer ensayo (escrito por De la Torre) estudia la fiesta del 12 de octubre, que reúne a millones de fieles en la peregrinación de la Virgen de Zapopan. Se destacan los danzantes de la familia Plascencia en Guadalajara, que Renée de la Torre comenzó a investigar desde 20051 y que constituye una de las 300 compañías de danzantes de la capital de Jalisco. El siguiente es el relato de Santiago Bastos, quien aborda con confianza esta temática nueva para él y describe con elegancia una ceremonia realizada en Mezcala, Jalisco, que representa una suerte de movimiento neoindígena de resistencia que incluye entre sus demandas el desarrollo sustentable. Éste atrae a un buen número de visitantes que van a Mezcala en busca de experiencias espirituales “auténticas”. El tercer ensayo corresponde a Aguilar Ros, quien describe con pericia y rigor la compleja experiencia que significa la Semana Santa en territorio wixárika; la investigadora pone el acento en la relativa apertura que despliegan los huicholes hacia grupos externos para que se incorporen y participen de las festividades en San Andrés Cohamiata, Mexquitic, Jalisco.

Tres capítulos de esta sección, aunque con distintos objetivos, emblemas y hasta demandas políticas (algunos de ellos), se enfocan en la figura de Cuauhtémoc. El primero, elaborado por De la Torre, examina la marcha y danza que se realiza en una avenida céntrica de Tijuana, Baja California, donde se encuentra una gigantesca escultura de piedra del último tlatoani. El 23 de febrero de 2008, esta marcha reunió a danzantes de una gran diversidad de tradiciones y espiritualidades que en esa ocasión incluyó a danzantes mexicanos o de origen mexicano de Estados Unidos. Por momentos, la ceremonia al gran tlatoani se transformó en un acto cívico-político en el que afloraron protestas contra el maltrato, la injusticia y la discriminación que sufren nuestros compatriotras en el país del norte. Mientras De la Torre contempla la marcha en Tijuana, Gutiérrez Zúñiga viaja a Ixcateopan, Guerrero. En este pequeño pueblo, la autora observa las ceremonias del nacimiento y muerte del último emperador azteca y, con una riqueza de pormenores, describe los cultos y las danzas individuales y colectivos que tienen lugar en donde se supone que flotan los restos del último titán azteca en una pila de agua. Como sería de esperarse, la fuerza mágica de Cuauhtémoc llegó a Los Ángeles, California, la ciudad del mundo con más mexicanos después del Distrito Federal. De nuevo Gutiérrez Zúñiga, con su ya conocida persuasión, narra esta relativamente añeja y emocionante fiesta que se remonta a 1980. La conmemoración incluye un conjunto de rituales con danzas, guisos típicos de la patria y variados homenajes en los que los actores despliegan su espiritualidad y orgullo mexicano en amplias y concurridas autopistas de la gran urbe californiana.

De la Torre escribe el cuarto texto, sobre los hispanekas,2 danzantes españoles de diversas regiones del país, vestidos de aztecas, que convocan a una ceremonia indígena, proveniente de México, conocida como de los concheros y que llevan a cabo cada año en Santiago de Compostela, España. Santiago es el santo patrono de los danzantes mexicanos concheros, el señor de los cuatro vientos, mata-indios, mata-moros, pero también es Quetzalcóatl y Huitzilopochtli. La autora apunta que los hispanekas han despojado de la danza, de las ceremonias e incluso de su indumentaria aquellos contenidos indígenas o mexicanos.3 En una nota a pie de página explica que el líder de este grupo ha negado toda influencia mexicana e incluso expresó que México ha perdido la magia.

Con algunas excepciones, considero que los escritos de este primer conjunto comparten una lógica similar en su composición, consistente en utilizar un extenso material derivado de la entrevista y de la observación participante. En ocasiones, esta perspectiva (más antropológica que sociológica) muestra el fenómeno investigado en sus más pequeños detalles y en su forma más nítida, y da prioridad a lo micro y no a la vinculación del universo estudiado con la sociedad más amplia. Es decir, los textos exponen una pequeña porción del campo religioso, sin revelar la relación y posición que éste tiene con el resto de los agentes del mismo campo y con los restantes campos de la sociedad, para usar el concepto de Bourdieu.

Nahayeilli Juárez Huet coordinó la segundo parte, que se titula “Yemojá/Yemayá/Iemanjá: rutas transnacionales y avatares relocalizados”, compuesta de seis textos en donde se da cuenta de universos religiosos que conjugan contenidos afrobrasileños y católicos, como candomblé, umbanda, batuque y quimbanda. Estos cultos y sus prácticas son examinados a la luz de las fotografías, acompañadas de una densa descripción que no parece derivarse de los “olvidados diarios de campo”.

Los autores de esta sección son extranjeros y nos llevan de paseo por varias regiones de Brasil, Argentina, Uruguay, México y Estados Unidos. A pesar de las distancias (en espacio y tiempo) que los separan, la coordinadora logra una perfecta y natural secuencia de la temática que hace la lectura muy fluida, puesto que cada capítulo nos prepara para el siguiente.

El primer episodio, escrito por Stefania Capone, sobre la virgen o señora de las aguas -que es al mismo tiempo una diosa femenina orixa, con origen yoruba en el África-, comienza en el noreste de Brasil a principios del siglo xix. La antropóloga esclarece muchos puntos que aparecerán de nuevo en los siguientes textos sobre esta diosa de la maternidad a quien se le hacen ofrendas que deben llegar hasta el fondo del mar. Enseguida, Ari Pedro Oro nos ilustra sobre la superposición de los dos territorios cosmológicos, el afrobrasileño y el católico. Pienso que este texto deleita al tiempo que enseña, con la narración de la fiesta de Iemanjá en Porto Alegre, Brasil. La colaboración de Ari Pedro es un extraordinario ejemplo de descripción densa. No sólo entendemos y vivimos la fiesta referida, sino que el autor va todavía más lejos y analiza la relación que se establece entre la fiesta religiosa y el espacio o la ciudad.

En forma análoga, Alejandro Frigerio desarrolla los movimientos de umbanda, batuque y quimbanda, así como su relación problemática con la sociedad argentina. En contraste, en Montevideo, los mismos cultos afrobasileños dedicados a Iemanjá se destacan por la visibilidad y legitimidad que los medios le otorgan.

Kali Argyriadis, a su vez, expone las transformaciones del ritual y del culto a Yemanjá en el puerto de Veracruz. Aunque se trata de la misma virgen orixa que aparece en las crónicas anteriores, la Yemanyá jarocha se asocia también a la Santísima Muerte. Aquí el origen y el culto que siguen a la revelación divina difieren de las manifestaciones que recibe en los países sudamericanos. Argyriadis presenta su material de campo en forma parecida a los autores de la primera sección: el detalle se concentra en lo micro. Creo que una explicación sobre la percepción y reacción que manifiesta la sociedad veracruzana frente a las prácticas que involucra el culto a Yemanyá sería importante para completar el tema abordado.

Stefania Capone cierra esta sección con la narración de Yemanyá en Far Rockaway, Nueva York. A diferencia de su primer ensayo, aquí no se ahonda en la relación tensa o armónica que se establece entre el culto a Yemanyá y la restante población de Far Rockaway. Este pueblo, ubicado en las márgenes del estado de Nueva York, posee 50 por ciento de población afroamericana y, sin embargo, el dato está ausente en el relato.

“Los Wixaritari y el auge de la espiritualidad india” es el título de la tercera y última parte del volumen discutido. Fue coordinada por Alejandra Aguilar Ros y reúne cinco trabajos, la mayoría de ellos ubicados en el occidente de México, con excepción de uno que se sitúa en el norte del país. Los ensayos de esta sección nos enseñan sobre el cambio y la continuidad de los wixaritari o huicholes como comunidad indígena. Se enfatiza en las diversas alianzas o intercambios culturales que los huicholes han establecido en los últimos años con grupos de new age, colectivos que apoyan la ecosustentabilidad, buscadores de la espiritualidad india, así como distintas experiencias religiosas que se espera encontrar en su forma más pura y auténtica entre estos indígenas y sus líderes, los marakate. A través de estos ensayos vemos que varias organizaciones no gubernamentales han logrado crear vínculos o alianzas con los wixaritari. También se aprende que entre los huicholes ha sucedido lo mismo que entre los tzeltales y chamulas, aunque en otras circunstancias. El arte huichol se ha desarrollado, transformado y recreado a partir de los continuos encuentros con diferentes culturas.

Rodrigo de la Mora Pérez Arce es autor del primer ensayo. En éste describe y desarrolla con muchos pormenores (aunque sin repetir lo presentado por Aguilar Ros en la primera sección) la Semana Santa huichola en San Andrés Cohamiata. Las actividades religiosas que tienen lugar durante estos días implican contenidos y rasgos provenientes del cristianismo y de la cultura prehispánica. Los últimos predominan en las celebraciones. Aguilar Ros es responsable de tres de los cinco textos, aunque uno de ellos en coautoría con De la Torre. La lectura nos enseña que a lo largo de los últimos años se han concretado significativas conexiones entre este grupo étnico y el Estado mexicano, y en no pocas de estas alianzas han salido ganando los wixaritari. Varios ensayos exponen cómo los huicholes han sido transformados, de forma oficial, en atractivos turísticos, patrimoniales y folclóricos en los estados de Jalisco y Nayarit. Se señala el uso indebido del símbolo del venado por parte del gobierno en los recientes Juegos Panamericanos que tuvieron su sede en Guadalajara en 2011, lo que ocasionó un conflicto con el grupo indígena.

Los textos muestran las contradicciones, tensiones y negociaciones que se originan entre los wixaritari y los diversos grupos de buscadores espirituales. Los huicholes constituyen un caso emblemático por muchas razones, pero aquí se hace hincapié en la relevancia que han cobrado entre los actuales new agers, casi siempre de origen urbano y pertenecientes a las clases medias o incluso medias altas, que son apremiados buscadores de experiencias sagradas y auténticas, de limpieza y pureza o de energía renovada para el cuerpo y el alma.

El último texto, firmado por Jorge Luis Marín, tal vez resulta demasiado extenso en comparación con los demás. El autor explica que la ceremonia de velación, que constituye el centro del trabajo, se realiza fuera de territorio huichol en Jesús María, Aguascalientes, y que entre los participantes se encuentran, además de los ya conocidos new agers, sectores de movimientos hippies de estos tiempos. El huichol Pablo Taizán juega un papel cardinal tanto en el relato como en la ceremonia misma. Marín expone una serie de conflictos que se suscitan entre un grupo de buscadores espirituales y el líder Taizán de la comunidad indígena.

Este libro exquisito con un sinnúmero de fotografías artísticas y otras más etnográficas que estéticas, las cuales sirven para ilustrar los relatos de múltiples rituales contemporáneos, es un feliz resultado que con seguridad será de interés para un público ávido por conocer sobre estos procesos mágico/religiosos que no vemos todos los días pero que ahí están por muy diversas razones.


Bibliografía
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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 59, enero - junio 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 24 de junio de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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