Dinámicas de comunidades mnemónicas: grupos de mujeres memoriosas en acción*

Luz Maceira Ochoa**

** La investigación en la que se basa este artículo contó con una beca posdoctoral Erasmus Mundus y la acogida del Departamento de Filosofía de los Valores y Antropología Social de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea. Agradezco a todas las mujeres que han compartido conmigo sus recuerdos, ideas y perspectivas.


Resumen:

A partir de dos experiencias feministas de memorialización, el artículo describe aspectos de la experiencia y dinámica de los grupos en proceso de constituirse como comunidad de y para el recuerdo social. Se destacan prácticas y procesos sociales que desarrollan esos grupos, subrayando algunas claves que los sustentan, potencian o debilitan. Se da cuenta de los alcances del recuerdo social como práctica política, enfatizando la agencia de las mujeres y las relaciones y recursos de poder implicados en el proceso.

Received: 2014 April 14; Accepted: 2014 October 13

alte. 2015 ; 25(49)

Keywords: Key words: social memory, gender, feminism, memorialization, agency, citizenship, counter memories.
Keywords: Palabras clave: memoria social, género, feminismo, memorialización, agencia, ciudadanía, contramemorias..

“Dinámica”, según el diccionario, se refiere “a la fuerza cuando produce movimiento”, a “energía y actividad”; se define como “sistema de fuerzas dirigidas a un fin” (Real Academia Española, 2001: 825). Esta idea de movimiento, de fuerza y de acción subyace al presente estudio de grupos de mujeres y feministas que se articulan en torno a la re/construcción (cf. Teski y Climo, 1995b) de su memoria. Me interesa esta cuestión por diversos motivos. En cuanto académica feminista en el campo de estudios de la memoria social considero fundamental destacar la agencia de las mujeres y sus emprendimientos mnemónicos, así como analizar procesos y condiciones que influyen en la creación y en la circulación pública de esas que se pueden llamar contramemorias o subversiones1 de, y a, los relatos predominantes.

Además, encuentro que en la literatura se han estudiado de diversas maneras las relaciones entre el grupo, comunidad o colectividad y la memoria social, pero hay una dimensión faltante. Se muestran y teorizan vínculos entre aspectos propios del grupo (v.g. identidad, bagajes culturales, elementos compartidos o compartibles, conocimiento y formas de conocer, entre otros) y las estructuras, los sentidos, las formas y los medios de la memoria. Se analizan aspectos sociopolíticos en las interacciones entre grupos y colectividades dentro de la arena social de la memoria, enfatizándose asuntos de poder, visibilidad pública, disputas entre actores, etcétera. Diversas cuestiones de la díada grupo-memoria suelen estudiarse en el nivel macro o institucional, cuando los grupos y sus trabajos de memoria tienen cierta trayectoria, o incluso se analizan las comunidades y sus cambios a partir del efecto generado por los trabajos de memoria o por el recuerdo mismo. En otras palabras, pocas veces se examina la gestación de los trabajos de recuerdo social y de los grupos que los promueven, foco de esta investigación.

Presento una perspectiva resultado de una aproximación etnográfica al proceso de conformación de comunidades de memoria. Introduzco algunos conceptos y el contexto del caso estudiado como punto de partida para el examen de la experiencia de dos grupos de mujeres vascas y algunos componentes clave de dinámicas que se generan dentro y desde esos grupos que trabajan en proyectos sociales de memoria.

Memoria-comunidad

El término comunidad es objeto de profunda discusión teórica, por lo que sólo anoto algunas ideas útiles para los propósitos de este texto. En los estudios de memoria social2 la comunidad de referencia no suele ser aquella de la etnografía clásica, ni necesariamente es la que se define por límites espaciales, por un lugar de origen o de residencia, por relaciones de parentesco o vecindad, por atributos étnicos, ni por la existencia de lazos históricos prolongados por largo tiempo. La comunidad o comunidades mnemónicas son grupos sociales no homogéneos en los que la membresía surge o se construye a partir de las representaciones del pasado en el presente, de intereses e identidades comunes, de compartir experiencias, su narrativa (mediante relatos o actos) o el sentido alrededor del ejercicio y los contenidos narrativos. La pertenencia puede cifrarse en sentimientos comunes, en reivindicaciones políticas, en situaciones compartidas (Cappelletto, 2005a). O en el propio hecho de compartir su narración, es el contar en sí mismo, la incesante “articulación de la realidad del pasado la que forma e informa a una comunidad” (Irwin-Zarecka, 2009:57). En ocasiones, éstas se agrupan alrededor de la continuidad que puede tener un hecho y su vivencia: por ejemplo, los sobrevivientes de pueblos donde hubo masacres en 1944 siguen relatando aquella que ellos consideran “su” historia, y es su duración a través del tiempo, más que las fronteras espaciales que puedan compartir, la que los relaciona. Esa experiencia y sus ecos nunca han dejado de circular entre ellos, ni entre sus descendientes, prolongando la continuidad del relato y de la comunidad de memoria (Cappelletto, 2005c).

La comunidad de memoria puede también entenderse como aquella que está socializada y sincronizada a partir de ciertas conmemoraciones, de eventos que se han amplificado telescópicamente y se presentan como históricamente relevantes (Zerubavel, 2004). O como un grupo que usa metáforas culturales e históricas para construir una comprensión del pasado y una conciencia en la que se entretejen pasado, presente y futuro (Teski, 1995).

El tamaño o extensión de estas comunidades puede variar de manera considerable y, además, funcionan en relación con otras -a veces subsumiéndose o traslapándose, a veces contraponiéndose-. Sus ámbitos de actuación son asimismo variables, pueden referirse a un pequeño territorio circunscrito geográficamente, abarcar regiones más allá de fronteras nacionales (Zerubavel, 2004), o estar por completo desterritorializadas. También puede haber una superposición de escenarios (Del Pino y Jelin, 2003). Su presencia puede ser ensombrecida o absorbida por la de otras comunidades más amplias o poderosas como las étnicas o las nacionales.

Muchas de las características y prácticas señaladas son válidas para entender el proceso de conformación de los grupos aquí investigados.

Memorias y mujeres, notas contextuales

En el País Vasco muchas mujeres han emprendido esfuerzos para documentar, visibilizar y valorar la presencia femenina en la historia e identidad locales, y también para construir sentidos sobre el pasado o sus hitos en los cuales se incluya no sólo la representación de las mujeres, sino también un significado positivo en torno a esa representación o a la aportación que implican las actividades femeninas como parte de la vida del pueblo (Maceira Ochoa, 2011). Académicas, activistas, feministas, agentes de igualdad,3 cineastas, artistas, docentes, entre otras, promueven el recuerdo de grupos o sucesos particulares -muchos de ellos vinculados con las vidas, trabajos o experiencias femeninos-, y/o exigen medidas de justicia, verdad y reparación. Desarrollan recursos que van haciendo familiares y socialmente relevantes otras memorias que hasta ahora habían sido silenciadas o ignoradas (véase Maceira Ochoa, 2012a). El contexto particular y los sentidos de esas acciones varían pero se inscriben en un entorno amplio que representa posibilidades de actuación, de atención y de sensibilidad social respecto a sus reivindicaciones, en el que las mujeres despliegan su agencia y ejercicios de poder.

Entre sus características destaco la existencia de un movimiento nacionalista pro autonomía vasca ampliamente extendido en donde la autorreflexión, y la búsqueda y visualización continua de las señas de identidad propia -útiles para establecer las fronteras respecto al proyecto llamado Estado español- forman parte de prácticas sociales con fuerte presencia.4 También, de instituciones locales científicas y culturales para el estudio del País Vasco que abarcan disciplinas de las ciencias naturales y sociales, así como la cultura y las artes, y generan fondos documentales y producciones variadas, extensas y bien diseminadas.5 De igual modo, hay afición y aprecio por la historia: existen en los pueblos asociaciones que investigan la historia local o forman archivos o centros de documentación,6 y realizan trabajos de memoria.

Otra característica contextual es el proceso relativamente reciente de transición a la democracia y de desarrollo político que implica, al menos: una estructura político-administrativa nueva y tendiente a la descentralización, un espacio público activo (en el que la ciudadanía se sabe agente) y recursos diversos para su accionar. En concreto, el movimiento feminista ha generado tanto organizaciones sociales y civiles con capacidad de interlocución política7 como plataformas políticas y gubernamentales en prácticamente todos los municipios vascos. Además, en los ayuntamientos es frecuente la réplica de acciones y políticas de igualdad, y el trabajo en red.

La coyuntura se distingue por una intensa atención y actividad públicas en relación con la memoria, resultado de la promulgación de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil o la dictadura, y de las acciones y políticas públicas derivadas de ella;8 así como de la Ley de Reconocimiento y Reparación a las Víctimas del Terrorismo, promulgada por el gobierno vasco (2008), entre otros instrumentos, que ha generado debate y actuaciones públicos. Existen múltiples comunidades e iniciativas de memoria y de olvido alrededor de estas cuestiones, y también de algunas otras -menos, y más difusas- vinculadas con asuntos como patrimonio, exilio, temáticas generacionales o gremiales, oficios, historias barriales. Las mujeres no son protagonistas destacadas en todas esas empresas ni objeto de especial atención; pero ese conjunto de acciones representa una proliferación de narrativas, la apertura a sentidos y resignificaciones múltiples, y una arena social y política de la memoria activamente ocupada en la que muchas mujeres se esfuerzan por actuar.

Las mujeres memoriosas que dejan huella

Reflexiono sobre la puesta en marcha de una comunidad de memoria y sus dinámicas a partir de dos experiencias que corresponden al proyecto Huellas de las Mujeres (Huellas, en adelante), desarrollado en los municipios vizcaínos de Basauri y Ondarroa entre 2010 y 2011. El trabajo de campo fue la principal herramienta para la recolección de información;9 implicó la observación participante durante diversas actividades del proyecto, entrevistas con personas involucradas en su impulso10 y con expertas en ciertas temáticas o aspectos de la realidad local, diario de campo, y recopilación de información documental.

El proyecto Huellas consistió en un trabajo para documentar y difundir los aportes y la presencia de las mujeres en cada municipio, inscribiendo materialmente dichos aportes (huellas) en el pueblo y en su memoria. Basauri es una ciudad industrial, ahora parte de la zona metropolitana del Gran Bilbao. Ondarroa, un pequeño pueblo pesquero de la costa.11

Aunque no a toda comunidad de memoria subyace, necesariamente, un “proceso basado en una elección volitiva” (Van Boeschoten, 2004 cit. en Cappelletto, 2005a: 4), en este caso sí; se trata de una comunidad creada alrededor de un proyecto político en donde la gradual participación y adhesión a ésta se construyen de modo explícito. Huellas puede pensarse como un proyecto feminista de memorialización por cuanto consistió en un proceso para crear y poner a funcionar en la vida social una (contra)memoria -feminista- para su significación colectiva o instalación en la agenda y dinámica públicas.12 El proyecto surge desde las áreas de igualdad municipales, y va incorporando a las ciudadanas en la construcción y validación de la narrativa sobre las huellas de las mujeres en cada localidad. Se convoca a las mujeres a ser parte del proceso, y la voluntad de sumarse y el tipo de compromiso lo decide cada una.

¿Cómo se comparte y produce localmente un relato mnemónico? El proceso consistió en la construcción colectiva de un relato sobre las huellas de las mujeres, identificando lugares físicos asociados a sus experiencias y a las aportaciones a su municipio, los cuales se pudieran reconocer -física o simbólicamente- como marcadores de sus acciones. El conjunto de lugares forma un itinerario o mapa que abarca toda la localidad (Fernández, 2011). El relato se desarrolló en dos etapas. La primera, de investigación, en la que la responsable del proyecto bosquejó una serie de ámbitos de participación y acciones de las mujeres en cada municipio a partir de entrevistas y revisión documental. De este trabajo surgió un documento-relato amplio sobre un sinfín de haceres y rastros de la presencia femenina. En esta etapa, varias mujeres -sobre todo aquellas que fueron emergiendo como protagonistas o testigos de eventos o acciones registrados- participaron individualmente como informantes, compartiendo sus vivencias y apreciaciones en entrevistas.

La siguiente etapa consistió en transformar el cúmulo de vestigios variopintos y multitemáticos en “huellas”, acciones significadas como hitos o, parafraseando a Zerubavel, miradas telescópicamente y relacionadas con lugares pertinentes para evocarlas. Para ello se invitó abiertamente a las ciudadanas a participar en un taller de varias sesiones en el que, al inicio, se contrastaría ese primer documento-relato. El taller se insertó en las actividades de la Escuela de Empoderamiento de las Áreas de Igualdad, y se difundió a través de sus medios usuales (volantes, tablero de anuncios, web, correo electrónico). Se anotaron mujeres de diversos perfiles.13 Algunas habían sido entrevistadas en la etapa previa, o formaban parte de un círculo próximo a ellas, pero otras no, asistieron por mero interés en el tema.14

El taller se convirtió en el espacio de construcción de esa incipiente comunidad de memoria en donde no sólo se contrastó la información documentada sino que se negociaron sentidos sobre ese relato, se priorizaron y pactaron formas de interpretarlo, se descartaron algunos contenidos y se profundizaron otros. El documento-relato final se produjo, cuidó y validó hasta su último detalle en estos grupos; en Ondarroa se puso tanta atención a la composición del texto y a su traducción a la variante local de euskera, que el proceso se prolongó varios meses. El grupo revisó cada línea del documento final. Esto, más que ser una anécdota logística, refleja la implicación del grupo y el valor que se atribuyó al documento-relato, expresión material y artefacto comunicativo de un complejo proceso de interacción social en torno al pasado de las mujeres en el pueblo.15

En el taller se logró un “trasvase de conocimientos y experiencias con las mujeres participantes”, además de recoger “la heterogeneidad de mujeres que componen y forman parte de la realidad del municipio […] con la finalidad de tener en cuenta la diversidad de los espacios y tiempos significativos para ellas, así como las diferentes formas de utilizarlos, vivirlos y entenderlos”, afirma la coordinadora (Fernández, 2011: 176). Sin embargo, compartir el relato no fue fácil ni automático, ni siquiera entre un grupo pequeño como el del taller, pues había que crear una comunidad de recuerdo, tejer redes de significado alrededor de esos haceres de las mujeres -por más próximas que pudieran parecer al tratarse de vecinas o personas del mismo pueblo, y por más orgullo local que pudieran representar sus acciones-. Aquí, el proceso de narrar y escucharse colectivamente, de recordar juntas (Cappelletto, 2005c), de compartir perspectivas y percepciones, de percatarse de diferencias y tomar distancia, fue lo que permitió generar esa comunidad que pudiera, después, implicarse en el desarrollo de ese relato y en cierta medida en su difusión o transmisión.16

En términos metodológicos, la dinámica del taller consistía en presentar, por lo general con apoyo de fotografías, las huellas preliminares. La investigadora contaba con quiénes había hablado y por qué ponderaban los eventos como relevantes. A partir de esto, el grupo pedía aclaraciones, completaba información, discrepaba sobre la huella propuesta o su importancia, compartía su propia experiencia en relación con hechos o personas a los que se hacía referencia. Las participantes relataban anécdotas y otros recuerdos evocados, se planteaban preguntas entre sí, y reconstruían de manera conjunta acontecimientos pasados, además de reconsiderarlos en el presente. A menudo identificaban la necesidad de hablar con otras personas, indagar algún otro hecho o profundizar la información para ampliar el conjunto de voces e interpretaciones sobre las huellas de las mujeres (tareas usualmente delegadas en la coordinadora). Se fue construyendo un proceso de memoria colectiva en el que poco a poco fueron surgiendo ecos del pasado con la ayuda de las mujeres. El espacio grupal devino un espacio de socialización de información, de re/cordar17 experiencias y visiones, proceso en el que la subjetividad y la reflexión crítica fueron parte medular del ejercicio.

El recuerdo social como práctica política

“Traer el pasado al presente ya no es sólo un tema de recuerdos y olvidos, sino que, en primer lugar, es una práctica política”. Práctica que alude a trayectorias y reclamos de grupos que han experimentado desde distintos lugares la subordinación (Ramos, 2011: 141).18 La voluntad de generar una memoria de las mujeres y favorecer su recuerdo social supone un proyecto y un accionar políticos.

En gran medida, los propósitos de las promotoras del proyecto fueron compartiéndose y asumiéndose por los grupos, las mujeres los ajustaron o tradujeron a sus propios intereses o discurso, y tenían claras las razones por las cuales involucrarse en el proceso de hacer memoria. Además de razones personales -como encontrar un espacio de aprendizaje o de identificación con el pueblo-, mencionaron otras relacionadas con justicia, reivindicación, y búsquedas simbólicas y políticas. Por ejemplo, reconocer que en esa comunidad mnemónica tenían la posibilidad de percatarse de la complejidad de una realidad cercana pero que no habían examinado o problematizado, entretejiendo la historia social con la personal desde nuevos ángulos, o de fortalecer su conciencia o lecturas políticas:

Me sorprendió el tema de los acosos sexuales. Quedé un poco alucinada. Eran de la generación de mi madre esas mujeres. También lo de la huelga. Sabía que habían hecho una huelga muy potente pero no sabía el motivo. Mis padres, como muchos, tuvieron que empezar a trabajar en otros lugares tras meses de huelga, ya no cobraban, se fueron a trabajar a otro sitio. Yo me acordaba de eso, pero no del motivo. Y el otro día le pregunté a mi padre: “¿oye, esa huelga que hicisteis, y que las mujeres cobraban menos y todo?”, no hablé mucho más pero sí me lo confirmó.19
Cosas que cuenta fulana las he oído en casa, pero la otra versión, y luego escuchas a fulana contar su versión ¡y es una gozada!, es una gozada porque ella te cuenta lo que pasó. Tú sabes lo que has oído en casa, y luego haces la síntesis de los prejuicios que había antes contra las feministas -que has oído en casa también-. Es enriquecedor porque tenías cierta información que luego has podido contrastar con ellas, y luego ya te has hecho tu opinión.

Otros argumentos son encontrar en las sesiones colectivas y en la socialización del relato una oportunidad para el reconocimiento mutuo, para la celebración femenina, una especie de valoración y homenaje (de ellas mismas y de otras mujeres), y también una plataforma para marcar posiciones o adscripciones:

Yo creo que ya dimos un poco la versión de lo que hacemos como organización, y creo que sí es importante que se sepa que no es un grupo marujil,20 ¡a mí eso me fastidia, me niego a que me identifiquen así! Y, desde luego, al colectivo tal, ¡chapeau!: ¡son maravillosas! […]. Es importante que se recupere lo que se ha hecho por parte de las mujeres del municipio, que son pequeños logros que se han conseguido y son motivo de orgullo y satisfacción.

Otras razones explicitan el interés por avanzar la agenda feminista: “dar mérito”, “valorizar”, “dar luz a experiencias positivas” fueron frases frecuentes sobre la justificación del proyecto. Visibilización y protagonismo se asumen como palancas para la lucha de las mujeres, que aquí se apoyan en las disputas por la memoria (véase Maceira Ochoa y Rayas, 2011a: 30 y ss.). Para las ciudadanas tiene un significado la construcción y publificación de las huellas:

Pienso que hacer este tipo de reflexión nos compete a nosotras mismas: vernos como autoras de, no siempre como receptoras de algo. Y además, cuando esa reflexión se hace con otras personas, siempre es más enriquecedora porque cada una lo cuenta desde su propia experiencia. Te hacen ver otra parte [de las cosas]. Y lo que tú puedes aportar también te satisface a ti misma, es un chute de autoestima pero también estás compartiendo con otras personas a quienes escuchas con respeto y atención.
Este proyecto es el empoderamiento de la historia de las mujeres del pueblo […] ¡tan invisibilizadas!, porque no se nos ha visto y hemos estado ahí. Y hay que reconocer todo eso y visualizarlo y situarlo y darle la importancia que merece -ni más ni menos pero la que se merece-. Y empoderarnos todas juntas, creérnoslo de verdad que somos sujetas y que estamos aquí para dejar huellas en los espacios públicos, no en la cocina de tu casa y esas cosas.

En conjunto, estos significados representan no sólo una orientación política respecto al contenido y uso del relato construido, sino también una práctica política en la que se consigue más información o conciencia que redunda en beneficio de la agencia; se genera re/conocimiento y posicionamiento que fortalecen al grupo; se crean recursos para el empoderamiento personal y colectivo y espacios para ejercer el poder.

Adelante profundizaré cómo se traduce esto en las dinámicas de y en la comunidad de memoria, pero subrayo que sucede en una relación entre mujeres, la cual ha sido considerada por el feminismo como una práctica política privilegiada y subversiva. Primero, porque la relación, el pensamiento y el acuerdo entre mujeres son lo no pensado en la cultura humana. Segundo, porque implica una forma de transformar el mundo pues permite construir mediaciones para que las mujeres se relacionen consigo mismas y establezcan relaciones de sororidad y affidamento (véase Librería de Mujeres de Milán, 1991; Lagarde, 2012; Belausteguigoitia, 2012). En esa práctica política se da espacio a la existencia de las mujeres (diversas, desiguales) y a su intervención en el mundo -base para reconocer su autoridad, lo que pueden aportarse entre sí, aprender de las más poderosas o capaces, construir confianza y alianzas-; se pronuncian, evidencian y abordan disonancias y conflictos; se generan soportes y recursos de y para el poderío.

La comunidad mnemónica de las mujeres que dejan huella ha podido desarrollar esta práctica política a través de las relaciones entre esas participantes de perfiles sociales y políticos diversos -a veces opuestos-, que no compartían experiencias o memorias que las vincularan a priori, pero que colocan ante ellas el afán de construir un relato colectivo capaz de posicionarlas y potenciarlas en sus pueblos en un horizonte que encadena pasado, presente y futuro. Su voluntad las conduce a adoptar una especie de mito común fundante y ponerlo en altavoz para integrarse en un colectivo más amplio que recuerda y quiere ser recordado.

Dinámica comunitaria: nosotras

Una clave del proceso fue la construcción del nosotras, de ese sujeto de las prácticas políticas en cuestión. Más allá de la membresía, se requería definir características y límites de la comunidad, lo cual fue complejo. Construir un recuerdo compartido de y sobre las mujeres, v.g.: nosotras, implicó acotar ese grupo potencialmente enorme, casi inabarcable, constituido por las mujeres rememoradas o memorables del pueblo. Esto fue sencillo al priorizarse huellas de eventos recientes, protagonizados por mujeres capaces de contarlas, situaciones vividas en un periodo temporal de no más de tres generaciones. Pero reconocer como huellas sus experiencias y empeños fue difícil. Excluir las acciones de unas e incluir las de otras fue objeto de reiteradas discusiones cuya solución no siempre fue satisfactoria para todas las participantes.

En parte, la falta de claridad o de consenso sobre los contenidos incluidos en el relato se debe a que la identidad del grupo de memoriosas como tal estaba apenas construyéndose y faltaron asideros explícitamente válidos para todas. La negociación del relato estuvo tironeada sobre todo por la calificación o descalificación de ciertas huellas a partir de su carácter feminista o de la carencia de éste.21 En el taller hubo múltiples discusiones al respecto, y poco a poco se dejaron fuera acciones y protagonistas que carecían de un sello feminista o de una fuerte connotación transformadora política, social o cultural. Según la perspectiva de una entrevistada, “todas teníamos más o menos claro que se trataba de huellas de mujeres y de feministas”, es decir, el horizonte político de base suponía esa distinción; pero no todas las participantes parecían encontrarla obvia o pertinente:22

[resultó] peligroso estar continuamente calibrando hasta qué punto son [feministas o no] las personas que te escuchan o participan. Hay quienes creen que tienen la exclusiva del feminismo. Y hay olvidos de gente que a lo mejor no ha estado ahí en primera fila -porque a lo mejor es más fácil poner una pancarta o hacer un montaje con respecto a la violencia, que ser consecuente en tu propia vida personal y en tu profesión-, y a lo mejor hay aportaciones que han quedado ninguneadas porque no han sido de militantes de un partido político o de una asociación feminista.

Había acuerdos implícitos acerca de dejar al margen cuestiones partidistas, al tiempo que identidades relacionadas con la adscripción a otras asociaciones y grupos siguieron funcionando en el espacio colectivo e, incluso, caracterizándolo como espacio de confluencia intergrupal -cuestión que no es menor-, pero las mujeres memoriosas en cuanto grupo no se definieron o posicionaron conjuntamente respecto a sí y respecto a otras.

Aunado a esta situación, y como sucede en otras comunidades mnemónicas, se observa que no es fácil lograr el consenso: ¿a quién pertenecen la historia (story), la narrativa, la historia (history), los recuerdos e incluso los nombres? (Cattell y Climo, 2002: 33). No estaban suficientemente claros ni la identidad ni el carácter del grupo, por tanto, era difícil saber a quién correspondía -y por qué- incluir o excluir un nombre o historia. En una sesión, mientras se trataba de consensuar el valor de una huella, una señora exclamó: “¡¿pero nosotras qué somos, la censura?!”, “no censuramos, matizamos”, respondió otra; interacción que expresa distintas formas de entender el carácter y función del grupo.

Asimismo, los distintos roles de las mujeres en el proyecto influyeron en la construcción y funcionamiento del nosotras. Hubo dos niveles de participación que no se rompieron ni trastocaron en el transcurso del proceso: el de las responsables/coordinadoras y el de las participantes. Los roles diferenciados con nitidez crearon distancia respecto al proyecto e incluso al relato, debilitando la construcción de la comunidad mnemónica. No se puede obviar la existencia de una relación desigual en la base de Huellas. Aunque había un ambiente de horizontalidad, las condiciones de la iniciativa -fundada en la decisión, plazos y presupuestos gubernamentales- y la dinámica de trabajo implicaban la preexistencia de roles y responsabilidades asimétricos que se reflejaron en la distinta fuerza y extensión de los lazos generados entre las mujeres, y entre ellas y el recuerdo re/construido.

No obstante, y paradójicamente, esos roles diferenciados también protegieron los frágiles vínculos que se gestaban pues sirvieron de barrera -o de coartada- para que en los asuntos más complicados o de desacuerdo absoluto las participantes desistieran en la defensa de sus propias posiciones o delegaran en las encargadas su resolución, reduciendo enfrentamientos. De una u otra manera, la aceptación de la decisión en espacios externos al grupo o el respeto de la autoridad de las responsables respecto a la estructuración del relato pueden interpretarse como que las mujeres asumieron pérdidas y ganancias en la negociación en pos de un consenso -o de una ilusión de consenso-, o que se ubicaron en un papel que consideraron cómodo y/o satisfactorio. También, que asumieron los límites del relato (“no es posible que esté todo”) y su carácter inacabado (“siempre faltará algo”). Que reconocieron la autoridad y legitimidad del rol de quien hace un trabajo de investigación formal y sistemático, dándole un voto de confianza. Aparte, vale recordar que las participantes utilizaron estrategias que trascendían el diálogo y el espacio colectivos para influir en el relato. En otras palabras, a pesar de o más allá de roles diferenciados, eligieron ser parte de esa comunidad mnemónica dentro de márgenes que les parecieron adecuados,23 ninguna salió del grupo ni descalificó el resultado final; con más o menos intensidad se fueron identificando con un nosotras.

El grupo, como señalaron algunas de las entrevistadas, fue un espacio de encuentros: entre mujeres y vecinas, pero también entre representantes de colectivos y asociaciones, entre protagonistas de ciertas “peleas” y luchas sociales. Así, al ser reconocidas como “representantes de”, el nosotras adquiere otra dimensión, incluye no sólo a las mujeres que están ahí, sino que se amplía a las asociaciones de las que son o han sido parte esas representantes. Asimismo, el nosotras incluye a las informantes que no se involucraron en la construcción colectiva del relato, pero cuyas voces son su punto de partida.

Incorporaron en el nosotras a las ancestras con las que es posible establecer un vínculo porque en el taller se da un proceso de transmisión que conecta a las contemporáneas con ellas. Las diferencias intergeneracionales, intersectoriales y grupales permitieron que allí se narraran historias diversas, enterarse de ellas o recordarlas -ya fuera por haberlas vivido o haberlas escuchado de otras mujeres-. La proximidad o distancia personales con cada huella se relativizan o trascienden en mayor o menor medida para relacionarse con ellas y sus protagonistas.

El vínculo se extiende más allá del tiempo-espacio del grupo mismo porque se establece una trayectoria de continuidad entre mujeres del pasado o del presente afines por origen, por actividad, por lazos consanguíneos, de vecindad o gremiales, cualquier relación es válida para conectarse: “Nuestro trabajo es hacer que [mi hija y las generaciones jóvenes] formen parte de esta línea, de ese continuum, y contarles cosas, contarles la importancia del trabajo que hicieron y de cómo trabajaban las mujeres del pueblo”, dice una entrevistada. Se crea una genealogía: “se puede reconocer que estamos aquí por ellas, porque ellas han hecho posible todo esto”. “Ellas” son esas mujeres del pueblo, protagonistas destacadas y actoras anónimas cuyas huellas se recuperan, mujeres que pueden haber sido conocidas o no, pero que ahora se incluyen en una línea que se retrotrae generaciones atrás y de la que se es parte. Y “ellas” también pueden ser luchadoras sociales de otros entornos temporales o geográficos cuyas experiencias, trabajos o reivindicaciones pueden compartirse y forman, conjuntamente, parte de ese movimiento social amplio a favor de los derechos de las mujeres o de la justicia.24 La comunidad adquiere entonces un estatus glocal.

La afinidad entre esas mujeres con diferentes tipos de presencia se construye a partir de la empatía y la simpatía por las causas que implican sus acciones, y en función de intereses e identidades sectoriales, profesionales, ideológicos, personales, etcétera. La creación, apropiación y adscripción colectivas en una genealogía -consanguínea o adoptada- están cruzadas por la voluntad y la subjetividad, los recursos, los intereses y la situación individuales. El sentido de comunidad está en construcción permanente y cifrado en el conocimiento de lo que ha afrontado, experimentado y alcanzado un grupo social: las mujeres como colectivo. En estas incipientes comunidades, la condición de las mujeres y/o las distintas situaciones que experimentan devienen el núcleo identificador y articulador para pensar lo común y para conformar y difundir un bagaje colectivo en su nombre, por más que haya diferencias individuales, generacionales, políticas, interculturales y sociohistóricas (Maceira Ochoa, 2011; véase Bold, Knowles y Leach, 2002; Di Liscia, 2007; cf. Sapriza, 2010).25

En esa comunidad con la cual vincularse puede haber lugares distintos. Una participante que no había protagonizado ninguna huella se miraba a sí misma como “espectadora” capaz de reconocer “la importancia de que tal cosa fue un hito, o de lo relevante que ha sido para muchas mujeres” y, en esa medida, al compartir el sentido de sus luchas y valorarlas, “aliada y parte de”. Los vínculos se tejen con lazos de diferente grosor y tejido, se puede ser y estar ahí de múltiples modos. La identificación de cada mujer memoriosa con esa comunidad en construcción se sabe sujeta a las reservas, intereses y deseos de cada una.

El nosotras pretende extenderse mediante la simpatía, adhesión o identificación de otras mujeres del municipio (todas, cualquiera, las que quieran). Ellas son las principales interlocutoras, quienes podrán sentirse interpeladas y conectarse con las huellas e incorporarlas en sus propios recuerdos o perspectivas (véase Archibald, 2002), aunque su interpretación adquirirá distintos sentidos para cada una. Se excluye de ese nosotras potencial a “las conservadoras”, consideradas distantes u opuestas al núcleo del relato. He ahí una frontera de alteridad que marca la identidad colectiva de esta comunidad. Aún así, una característica y fortaleza de esta comunidad parece ser su flexibilidad, apertura y fluidez.

Dinámicas de poder en y de la comunidad de mujeres que dejan huella

Lo que se ha referido evidencia la construcción o uso por parte de las mujeres de ciertas fuentes de poder, así como capacidades y poderes simbólicos y políticos implicados en el ejercicio de recuerdo compartido que esas pequeñas comunidades en gestación van generando para moverse y adquirir fuerza interna y externa.

El respaldo institucional y el carácter investigativo-académico del proyecto (que supuso una validez y calidad particulares) fueron fuentes significativas de poder; pero al margen de éstas, destaca el esfuerzo interno del grupo para hacerse de poder, en concreto, el empeño que las mujeres pusieron en la construcción de su legitimidad como grupo. Junto con la continua preocupación ya referida respecto a su función, había inquietud permanente por su representatividad y por su cualificación para reconstruir un relato y definir las huellas de las mujeres en sus municipios, importantes para establecer una base de credibilidad, un poder de convocatoria o capacidad de interlocución. Trataron de conseguirlas de distintas formas: un afán por ser abarcadoras y contar con la mayor polifonía posible, una clara conciencia en cuanto al carácter inconcluso y abierto del relato -sujeto a un devenir más allá del propio grupo-, y a la responsabilidad de ser voceras de “las mujeres” del pueblo:

Todas lo queremos hacer bien, y todas queremos recordarlo todo para que no quede… ¡jo, bastante olvidadas hemos estado ya, como para todavía olvidarnos nosotras mismas de algo! Que por supuesto que puede pasar pero yo creo que todas hemos tenido esa responsabilidad también, no es solamente un querer participar, es también sentirte responsable de participar en un reconocimiento de la huella que han dejado las mujeres en el municipio.

Los grupos se saben en proceso de llegar a ser una voz colectiva que habla por “todas”, por las olvidadas, por las que carecen de reconocimiento; aunque también saben que difícilmente pueden hablar “por todas-todas”, son conscientes de que están fuera mujeres que podrían -y deberían- narrar su propio relato. Expresiones como “ve y pregúntales”, “ellas son las que tienen que decirte”, “habla con ellas”, entre otras, muestran la doble intención de dar voz a las más posibles y de no hablar por ellas. Además de no usurpar o tergiversar recuerdos, el interés por todas las otras voces estriba en dar al relato más verosimilitud.26

Asimismo se pretendió balancear la atención a unas y otras protagonistas, en un intento de “no invisibilizar a las ya invisibilizadas”; y se quiso evitar el riesgo de “idealizar” a las mujeres o sus acciones, de exagerar el impacto de éstas, u obviar los conflictos, relaciones de poder y aspectos negativos de algunas interrelaciones de las mujeres que fueron reconociéndose al recordar eventos pasados. Conformar el relato fue un proceso autocrítico, atento, cuidado.

Como en otros proyectos de memoria, en este caso una fuente primordial de la legitimidad del relato es la experiencia de primera mano, el haber vivido -o cuando menos atestiguado- una experiencia o suceso supone una suerte de posición moral privilegiada a quienes narran y otorga autenticidad y autoridad al recuento. Una cierta dosis de sufrimiento en esa experiencia pareciera darle más peso: una y otra vez las participantes pedían a la coordinadora que hablara con las “que les tocó lo peor”, que no indagara sólo la situación de tales trabajadoras, sino también la de las que estuvieron en condiciones extremas, que documentara los vaivenes de tal grupo que había “sufrido muchísimo”, o relataban lo que sabían respecto a lo mucho que esas otras “habían bregado” o denunciaban el poco agradecimiento que habían tenido sus afanes. Las gradientes de victimización y de resistencia implicada otorgan mayor estatus al relato, representan un tipo de capital simbólico para legitimar la experiencia, y son parámetros del reconocimiento debido.27

Con mayor o menor éxito, los grupos buscaron sortear las dificultades de constituirse como un nosotras legítimo; definirse y asumirse como interlocutoras es un ejercicio de poder. Algunos poderes más son reconocerse con la capacidad de contar y de nombrar, de definir una narrativa con relevancia social y hacerla pública; además, hacer proyectos políticos y crear artefactos culturales para permear sus contextos. Sobre esta capacidad creativa y de formular subversiones, Marisa Belausteguigoitia escribe:

Es la voluntad de distinción de lo oficial, de dos formas, al separar la interpretación oficial de la que ellas ofrecen, generan así la diferencia mediante la cual una cosa no es otra, o no es semejante a otra; y la de distinguirlas, al reconocerlas y honrarlas en virtud de su particular hacer que se distingue y se eleva […]. Subvertir significa justamente eso: hacer diferir, trastocar, invertir. [Producir] un diferendo, un conjunto de interpretaciones, de marcos que permiten al silencio y a las voces y los haceres de las mujeres caber y así contar. […] Es un manifiesto de distinción [2012: 1].

Otros poderes se refieren a la actuación en una dimensión ciudadana. La memorialización se cifra en clave democrática que apela a los principios de ciudadanía y de derechos. El relato es una reivindicación. El impulso gubernamental del proyecto se reconoce por las mujeres como parte de su obligación en el trabajo en pro de la igualdad, en el cual participan o aportan los grupos sociales y civiles, “cada uno desde su lugar”, hay una base de corresponsabilidad. Se aprecia y exige el uso de recursos públicos para esta causa.

Además, Huellas es un medio de o para la interacción ciudadana: marca una posición y pide un posicionamiento de la sociedad; demanda interlocución al inscribir las huellas de las mujeres en soportes públicos, ofreciéndole a la ciudadanía algo que considera valioso. Es un recurso para entablar diálogos. El contexto, como se dijo, muestra cierta permeabilidad entre grupos y sus causas sociales, condición favorable para esos diálogos.

El relato apuesta, por un lado, por la continuidad en términos de ofrecer a las mujeres referentes para arraigarse en una línea o comunidad esforzada, trabajadora, importante, con logros, pero al mismo tiempo pretende, por otro lado, significar una ruptura. Una ruptura de los velos que invisibilizan o desprecian a las mujeres y a sus quehaceres y aportaciones.28 Sin embargo, entre los usos de esa memoria no están el enfrentamiento ni la exhibición de una comunidad misógina o excluyente. En este sentido es, más bien, conciliatoria: no hay denuncias explícitas, aunque el intento de “llenar los huecos” acuse las omisiones existentes, y producir distinciones y reclamar espacio y sentidos suscite desacomodos en el orden y los poderes hegemónicos.

La fuerza del grupo hacia el exterior

Es difícil ponderar el impacto de esos proyectos, aunque se buscaron medios para la presencia pública del relato. En Basauri se instalaron placas conmemorativas a lo largo de la ciudad, marcando cada huella -se hizo un folleto con mapa y la información correspondiente-, y en Ondarroa se produjeron posteriormente materiales didácticos para grupos escolares. Aún así, los soportes generados todavía son recientes y su incorporación en dinámicas sociales y culturales requiere más tiempo.

“Las memorias disidentes ocupan un espacio -real e imaginario- marginal. Se construyen en una comunidad cerrada, y sus ecos apenas alcanzan, por lo pronto, a aquellas personas que buscan involucrarse en ellas con fines investigativos o solidarios”, dice Lucía Rayas respecto a comunidades exguerrilleras (2011: 268). Aquí, esos círculos potencialmente interesados quizá no sean tan reducidos, hay resonancias entre distintos trabajos de memoria de y sobre mujeres, tanto como en grupos sociales, académicos y políticos afines. Junto a las pinceladas sobre el contexto ya esbozadas, y que delinean un entorno favorable para el recibimiento positivo de estas subversiones, hay otras condiciones positivas: proximidad y proclividad hacia lo local, parte de una cultura con fuerte arraigo al territorio (Brandes, 2011); orgullo por cuestiones que se consideran relevantes o prestigiosas (obras de arte, bienes patrimoniales, hitos históricos, genealogías) y que soportan una vinculación antigua con el espacio, referencia fundamental en la cultura vasca (Del Valle, 1996); y una creciente proliferación de proyectos de re/construcción de memorias femeninas y feministas en otros municipios.29 El número de grupos de memoriosas aumenta.

Parece que la comunidad mnemónica de/para el recuerdo social de lo que aquí se ha referido como huellas se torna más difusa, adquiere peso la comunidad imaginaria o virtual, la global, y pierden impulso las dos comunidades locales base. Las mujeres de Ondarroa y Basauri dejaron de funcionar como grupo de/para el recuerdo una vez que cesó la animación externa, cuando el relato se convirtió en texto impreso y se produjeron los soportes para su transmisión. Cerraron su participación siendo parte de eventos públicos de presentación, difusión y celebración; y algunas aún asisten a actividades en torno a esas huellas que significaron (itinerarios, jornadas, etcétera) pero hasta ahora no parecen sentirse responsables de promoverlas ni de sostener su recuerdo. Posiblemente la comunidad virtual ampliada y ampliándose sea una fuerza que imponga un nuevo ciclo a las mujeres memoriosas de los municipios y puedan rearticularse. O tal vez no, pues, como se dijo, las comunidades de memoria, a diferencia de otras, están creadas a partir de significados compartidos y de prácticas y artefactos mnemónicos que las trascienden espacial, temporal o materialmente y no por eso dejan de existir.

Por último, “la memoria es una arena propicia para comprender la relación entre unidad y diversidad, entre fuerzas que concentran y fijan los significados del poder y contrafuerzas que los difuminan” (Comaroff y Comaroff, 1992 cit. en Ramos, 2011: 137). El devenir y la sostenibilidad de esta comunidad -o comunidades- de memoriosas y de sus relatos están por transcurrir.

Reflexiones finales

La experiencia analizada permite vislumbrar prácticas y lógicas que dan lugar a la creación de una comunidad mnemónica. En ella, membresía, identificaciones y formas de participación se van delineando al tiempo que se genera una narrativa o artefacto que las articula, legitima y posiciona. Se crean vínculos entre mujeres, con personas y sucesos del pasado cuyos ecos se magnifican y significan en el presente. A partir de esto, se producen movimientos y fuerzas de potencia variable. Las huellas parecen ser una metáfora o recurso apropiados para construir una conciencia y unas aspiraciones que entretejen y fortalecen a las mujeres, un manifiesto de visibilidad y distinción (Belausteguigoitia, 2012) para construir la igualdad.

En este caso se reconoce que detrás (o debajo) del núcleo central de la memoria social, v.g. las significaciones, existen grupos de personas capaces de generarlas, transformarlas, aceptarlas, validarlas, subvertirlas, rechazarlas, y controlarlas en mayor o menor grado. Aquí, son mujeres situadas en un contexto con condiciones favorables para hacer esto y, también, para originar dinámicas que afecten a otras personas y grupos, de modo que puedan tener resonancia sus subversiones. No obstante, la polifonía existente da cabida a la voz de las mujeres al tiempo que la atenúa. Pueden sintonizarse con otras y de esta forma ampliarse, aunque no siempre es así. La energía de las dinámicas de las mujeres parece insuficiente frente a la de otras comunidades o relatos más poderosos (como los relacionados con la guerra civil y el franquismo, y con las víctimas del terrorismo). Su presencia no siempre sobresale, pero está ahí. Participar en las disputas por la memoria supone a los actores no hegemónicos sumas y restas continuas, reacomodos, generación de nuevas estrategias y medios para poder participar en ellas.

Independientemente del resultado de esos ejercicios de poder -cuestión que no es menor- el análisis presentado sirve para distinguir el potencial de la memoria como disparador de un proyecto político más amplio que la iniciativa inicial, y para destacar una reflexión metodológica sobre la pertinencia de los enfoques micro en los estudios de memoria social. El estudio de esos grupos de personas que re/construyen y significan el pasado encuentra en este tipo de aproximaciones luces que iluminan las interacciones cara a cara en las que se gestan los mismos grupos y sus procesos (Cappelletto, 2005 a); que descubren a las personas que elaboran preguntas y respuestas tentativas sobre los sentidos de los grupos que recuerdan, sus tensiones, sus puntos de convergencia y de divergencia; que enfocan la percepción de las/los protagonistas sobre sus emprendimientos mnemónicos, así como las relaciones contextuales y entre actores, lo cual amplía la comprensión sobre los mecanismos que forman y mantienen comunidades y memorias. Ésta ha buscado ser una de las aportaciones de este texto.

Para cerrar el trabajo, abro el diálogo o, más bien, hago una invitación a investigar procesos de otras comunidades mnemónicas en distintos contextos, a mirar las dinámicas que establecen, y pensar las lecciones que nos enseñan acerca de ellas y de otras cuestiones que atañen a la vida social. En México, por ejemplo, esfuerzos institucionales y, sobre todo, de la sociedad civil, empiezan a construir un campo de la memoria activo política, social y académicamente. ¿Cuáles son las maneras en que allí -y en otros entornos- se están ligando comunidades y memoria social?, ¿cómo se gestan iniciativas de memorialización y los grupos que las promueven?, ¿en qué condiciones?, ¿qué cabida tienen las mujeres y otros colectivos que pueden ofrecernos subversiones?

El campo de la memoria es “un espacio donde el interés emancipatorio y el cognoscitivo se solapan sin hallar límites precisos” (Ciriza, 2010: 249 ); y la investigación contemporánea sobre memoria supone un “compromiso con realidades políticas apremiantes” (Radstone y Schwarz, 2010: 3 ). La indagación realizada se asume como una práctica con un interés político, feminista. De ahí la perspectiva atenta a las relaciones y recursos de poder que afectan a las mujeres, por contribuir al fortalecimiento de memorias y de comunidades mnemónicas feministas y democráticas, por comprender y celebrar la capacidad de agencia y los poderes de las mujeres y de otros grupos creando subversiones. Por eso la invitación a sumarse a este esfuerzo que apoye movimientos y sinergias en las dinámicas del recuerdo social feminista. El club de las memoriosas tiene las puertas abiertas.


1.

fn2 Esta palabra alude tanto a la idea de subvertir como de constituir una sub-versión, una versión “menor” (no hegemónica). Véase Maceira Ochoa y Rayas (2011a).

2.

fn3Sobre este campo de estudio véase Olick, Vinitzky-Seroussi y Levy (2011) y Radstone y Schwarz (2010), entre otros.

3.

fn4Con este término se denomina a las funcionarias públicas que trabajan en las áreas de igualdad gubernamentales.

4.

fn5La lengua, el uso verbal, corporal o físico de determinados símbolos, el consumo de ciertos productos culturales, o las formas de vestir, entre otras acciones individuales compartidas, son indicadores públicos que manifiestan una adscripción identitaria y una defensa política de ésta. De igual modo, hay un amplio abanico de actividades sociales relacionadas con la expresión y el fortalecimiento de la identidad, memoria y cultura vascas: prácticas y concursos de deportes tradicionales, bailes típicos, platillos tradicionales, celebraciones de días y fiestas dedicados a la lengua y a la nación vascas y manifestaciones políticas, entre otras.

5.

fn6Un posible factor adicional de la fuerza de este tipo de estudios es el desarrollo de la antropología social en la región. En el franquismo se moldeó una antropología afín a los objetivos del régimen. Fomentaba la diversidad cultural y étnica y la identificación con un territorio, e ignoraba otras diversidades (políticas, religiosas, de clase, etcétera). Aunque el peso de las tradiciones populares, de las manifestaciones culturales locales y del territorio se han trascendido actualmente en la disciplina científica, aún perduran en identidades y relaciones sociales (Brandes, 2011).

6.

fn7Como señala Josefina Cuesta, la historia local tiene una fuerte tradición en España que, en algunas regiones, se ha intensificado, además, en relación con los nacionalismos emergentes durante y después del franquismo (entrevista realizada el 15 de febrero de 2011).

7.

fn8Una peculiaridad que debe destacarse del movimiento y asociaciones feministas vascas es la interacción con otras organizaciones dedicadas a temas ambientales, laborales, antimilitaristas, a favor de los derechos humanos y la justicia social, o también con tintes políticos/partidistas, además de haber heterogeneidad y fluidez entre los ámbitos de actuación feminista, lo cual potencia su visibilidad e impacto.

8.

fn9(Aunque las comunidades e iniciativas de memoria sobre la guerra civil y el franquismo tienen una larga data, el contexto institucional y las disposiciones jurídicas recientes representan una coyuntura favorable para su mayor visibilidad pública y para la concreción de políticas públicas en torno a ellas. Véase Ferrándiz (2010), Cuesta 2007) y Vinyes (2009), así como el artículo de Rubin en este número de Alteridades.

9.

fn10La investigación de la que se desprende este artículo tuvo un objeto y alcance más amplios que el proyecto Huellas. Se realizó principalmente entre 2010 y 2011, aunque se ha prolongado de manera intermitente hasta la fecha de redacción de este texto (2014).

10.

fn11A través de una entrevista semiestructurada con participantes se trató de indagar sus perspectivas y experiencias del proceso cuando estaba finalizando el proyecto; y con las coordinadoras, además de entrevistas antes, durante y después del proyecto, hubo un continuo intercambio de información vía internet y otros espacios de interlocución (conferencias, jornadas) para recoger sus objetivos, puntos de vista, balance, etcétera. Aquí se retoma, sobre todo, la información aportada por las participantes.

11.

fn12Su tamaño, la conformación demográfica de sus poblaciones, y la coyuntura política de cada municipio distan de parecerse, pero no hay espacio para su caracterización. Sólo especifico que en el momento del trabajo de campo había en Ondarroa una gran división y tensión partidistas, expresadas en un conflicto abierto entre la ciudadanía y el partido en el gobierno, así como entre diversos actores políticos.

12.

fn13El concepto de memorialización lo retomo de Brett et al. (2007). Las diferencias entre trabajos de memoria y proyectos de memorialización las desarrollo en Maceira Ochoa (2012b: 25 y ss.).

13.

fn14En los grupos participaron en promedio diez mujeres, cifra equivalente a las de otras actividades de las Escuelas; su rango de edad varió entre 23 y 67 años, con un nivel de instrucción medio y ocupaciones diversas (una estudiante, artistas, amas de casa, una modista, obreras, promotoras culturales o sociales, profesionistas, jubiladas), residentes de barrios distintos. En algunos casos, pertenecientes a asociaciones sociales y, en Ondarroa, a grupos políticos -de diferentes facciones ideológicas-. Algunas eran integrantes del Consejo de Igualdad municipal. Varias habían participado en otras actividades de las Escuelas. A pesar de posibles coincidencias en actividades o intereses, no todas se conocían ni todas tenían una relación entre sí.

14.

fn15Más allá de charlas informales y conversaciones en campo, entrevisté a cinco participantes. Consideré que: a) fueran de edades o generaciones diferentes; b) que su grado de participación en el proyecto fuera también distinto (sólo mediante el taller o como informante y participante del taller), y c) disponibilidad para hacer la entrevista en español.

15.

fn16En términos generales, las huellas de ambos relatos representan acciones o logros en entornos laborales, espacios de encuentro y movimiento asociativo (centros de promoción de las mujeres, de planificación familiar, juveniles, culturales, etcétera), luchas e hitos en la construcción y defensa de los derechos de las mujeres y en las políticas de igualdad, presencia simbólica de las mujeres en los pueblos (monumentos y otros lugares de la memoria), eventos relacionados con el deporte, la recreación y las fiestas. Véase Fernández (2011 y 2012) .

16.

fn17Climo y Cattell elaboran algunas ideas sobre estos procesos sociales de construcción y mantenimiento de significados respecto al pasado, entre los que incluyen, según términos acuñados por diversos autores: “co-remembering”, “re-remembering” y “un-remembering” (Archibald, 1999), “narrativización”, “cognitivización” y “convencionalización” (Schudson, 1995), entre otros (cit. en Cattell y Climo, 2002: 25).

17.

fn18Apelo a la etimología del término: del latín recordare, compuesta del prefijo re- (“de nuevo”) y un elemento de cordare/cor/cordis (“corazón”). Recordar implica volver a pasar por el corazón.

18.

fn19Algunas referencias teóricas y una síntesis sobre prácticas políticas y sus relaciones con prácticas de memoria pueden verse en Maceira Ochoa (2012b: 26 y ss.).

19.

fn20Incluyo frases y extractos del material de campo, obviando nombre y señas de las entrevistadas.

20.

fn21La palabra “maruja” se refiere a mujeres dedicadas sólo al trabajo del hogar, y casi obsesionadas con éste, supuestamente sin aspiraciones o actividades de tipo cultural, social o político.

21.

fn22Aunque el sentido sobre el uso o función del relato nunca estuvo en cuestión, el contenido y los significados de unas huellas, sí. Por ejemplo, se discutió -sin conclusión definitiva en el taller- si las asociaciones femeniles que hacen actividades tipo manualidades son una huella o no. Se valoró de modo ambivalente: como actividades “insulsas” que se sostienen gracias al trabajo no remunerado de mujeres, reproduciendo roles e ideologías de género, pero también como espacios fundamentales para la vida de muchas mujeres. Parte de la dificultad de llegar a consensos estribó en la carencia de dispositivos metodológicos y de criterios comunes que lo facilitaran. Las disputas se resolvieron de distintas formas. Mediante la búsqueda de información adicional: se pedía a la investigadora que ampliara la documentación y también las participantes hacían por su cuenta indagaciones adicionales, hablando con personas del pueblo o de sus propias organizaciones, o llevando materiales que apoyaran su punto de vista (recortes de diarios, memorias, antiguos panfletos). Y, sobre todo en Ondarroa, con la actuación de la técnica de igualdad como interlocutora en reuniones bilaterales con las personas o partes “enfrentadas”, de modo que después aportaran al grupo una postura ya puesta en perspectiva que pudiera discutirse de nuevo para buscar acuerdo. Cuando éste no se alcanzó, a veces se decidió con base en la opinión de la mayoría, y a veces la decisión final se delegó en las responsables; asunto que comento más adelante.

22.

fn23Hubo diferencias entre los municipios. En uno sí se mantuvo este carácter como criterio prioritario, en el otro hubo más empeño en ampliar ese criterio para incluir huellas de las mujeres que no necesariamente tienen un signo feminista.

23.

fn24En el caso de Basauri, el grupo depositó en la coordinación del proyecto no sólo la confianza y la tarea, sino también la capacidad decisoria, desmarcándose de toda corresponsabilidad o coparticipación, o, en sus propias palabras: “ella sabrá lo que hará”, “no me toca a mí hacer ese cierre” o “puedo contar algo sin la responsabilidad de que después tenga que teorizarlo o justificarlo, ya habrá alguien que nos lo diga”. Esto, sin duda, limita no sólo la autoría colectiva, sino además la fuerza de apropiación del relato y de las vías derivables para su memorialización. En el caso de Ondarroa, las mujeres del grupo tuvieron mucha más implicación en la autoría y definición final del relato, pues la exigieron, y hubo asimismo condiciones institucionales que la favorecieron. El contexto de alta tensión y conflictividad políticas obligaron a prestar mucha atención y cuidado al proceso, a la inclusión y ponderación de distintas visiones, a la negociación y búsqueda de matices, cosa que en un contexto sin esta extrema politización, como el de Basauri, no resultó tan sensible o necesaria -aunque hubiese sido importante-. El análisis de la agencia implicada en las distintas maniobras arriba referidas puede apoyarse en Holland et al. (2001).

24.

fn25En los talleres, no sólo se establecían paralelismos entre las huellas en Basauri y Ondarroa, sino que el movimiento feminista o por la democracia -fuera el del País Vasco o el internacional- podían englobar o dar una nueva dimensión a las experiencias locales.

25.

fn26Esta idea lleva a la consideración de las políticas de la identidad, tema que no abordaré aquí. Tanto en los estudios feministas como en los de memoria éstas han sido objeto de reflexión.

26.

fn27El asunto de la precisión, certeza, verosimilitud y verdad de las memorias es ampliamente estudiado. Los estándares de verdad y la importancia que tienen varían de acuerdo con los géneros y estilos narrativos del relato, con su función, contextos sociales o políticos, etcétera.

27.

fn28Las reflexiones sobre la “era del testigo”, así como la discusión en torno a la creación del estatuto de “víctima” y sus implicaciones éticas, filosóficas, históricas, epistemológicas, psicosociales y políticas, son cuestiones muy debatidas en los estudios de memoria. Véase, por ejemplo, Olick, Vinitzky-Seroussi y Levy (2011), Irwin-Zarecka (2009), Pastoriza (2009), Vinyes (2009). En otro trabajo he recogido algunos debates sobre la posición de testigos y sus roles en proyectos de memorialización; una de las líneas de reflexión deriva en pensar las diferencias entre construir “memoria de” y “memoria sobre” (Maceira Ochoa, 2012b). Otra línea de reflexión sobre la victimización y las memorias de las mujeres puede verse en Irwin-Zarecka (2009: 58 y ss.), y para el caso vasco he anotado algunas ideas en Maceira Ochoa (2011).

28.

fn29El relato no pretende trazar un paralelo con la historia y participación masculinas, sino que a través de los haceres de las mujeres ofrece significados distintos a los eventos y el devenir de la vida social. No busca hacerlas brillar cual heroínas, sino delinear sus figuras en la opacidad, en prácticas comúnmente despreciadas o ignoradas. Subraya miedos, precariedad, violencia, resistencia, emociones, pequeños triunfos cotidianos junto con otros grandes logros para las mujeres. Esto subvierte lógicas y significados predominantes. Ofrece nuevos referentes (Belausteguigoitia, 2012).

29.

fn30A partir de 2012 el proyecto Huellas se ha impulsado con algunas variaciones en otros municipios vascos: Ermua, Errenteria y Eibar; además, como se dijo antes, hay otras iniciativas de memoria.

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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 59, enero - junio 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 24 de junio de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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