Nuevas formas de apropiación simbólica del espacio doméstico y clase media en la Ciudad de México

Bruno Cruz Petit**



Resumen:

Este documento aborda el interior doméstico como campo de estudio interdisciplinario y confronta conceptos proporcionados por la literatura sociológica y antropológica sobre el interior de las viviendas con los resultados de un estudio cualitativo sobre los interiores de las viviendas de la delegación Benito Juárez de la Ciudad de México. El objetivo de la exposición es vincular la vivencia doméstica cotidiana y las nuevas formas de creación de sentido de lugar en la producción del hogar con un contexto urbano-económico que ha experimentado transformaciones (densificación y gentrificación) no muy distintas a las observadas en otras ciudades del mundo.

Received: 2014 March 14; Accepted: 2014 August 1

alte. 2015 ; 25(49)

Keywords: Key words: home, domesticity, domestic space, urban Mexican home.
Keywords: Palabras clave: hogar, domesticidad, espacio interior, vivienda mexicana urbana.

El estudio del interior habitacional puede llevarse a cabo desde muchas perspectivas: historia, sociología, antropología, arquitectura, diseño, psicología ambiental y estudios de género, claves a la hora de comprender un espacio convencionalmente femenino. Dichas perspectivas son complementarias en la tarea de aprehender el fenómeno habitacional como actividad humana que involucra lo material y lo simbólico. En el presente documento se abordará esta doble vertiente de la vivencia del interior habitacional, tomando en consideración el aspecto físico del interior de unas estancias donde se realiza una serie de prácticas cuyo análisis revela determinadas costumbres y preferencias. Se revisarán las percepciones que sobre sus espacios domésticos tienen los habitantes de la delegación Benito Juárez de la Ciudad de México, que en un inicio había constituido una zona residencial contrapuesta al centro histórico. Hoy es una zona central de la urbe, con gran actividad económica y comercial, habitada en su mayor parte por personas de clase media (López Santillán, 2007). En particular, describiré la manera de vivir tres espacios públicos de la casa: sala, comedor y cocina, viendo el uso, la decoración, y las prácticas de consumo, ocio y convivencia que se dan en tales estancias, reflejadas en diversos discursos que nos hablan de ciertas estrategias de apropiación de la vivienda. En todos estos ámbitos es interesante señalar los cambios sociales que se han producido respecto a épocas pasadas y observar cómo los espacios de la casa se adaptan a las nuevas necesidades de los grupos domésticos, ganando o perdiendo jerarquía y/o modificando sus funciones. Esos cambios se manifiestan en los discursos que se formulan con relación al hogar, los cuales representan un inestimable material a la hora de examinar las actuales formas de apropiación simbólica de espacio interior, creándose una determinada vivencia e idea de hogar. En este documento pretendo vislumbrar, a partir de un estudio cualitativo que recoge discursos sobre el interior doméstico entre habitantes de clase media capitalina, cómo son dichas formas de apropiación.

El tema de la vivienda ha generado no sólo numerosas líneas de investigación (unas más inclinadas al positivismo -como el análisis de políticas de vivienda-, otras más fenomenológicas -como las descripciones de vida cotidiana en la vivienda y su entorno-) sino también una abundante terminología usada en ocasiones para referirse a fenómenos muy similares, aunque desde sensibilidades teóricas distintas. Hablar de “habitar” nos permite abrirnos a la preocupación existencialista por las formas de “ser en el mundo”, a la dimensión cultural de la praxis de la reproducción de la vida, dimensión muy bien abordada por la antropología, atenta tanto al espacio de la vivienda como al espacio que la circunda (Giglia, 2012);1 en los países cálidos, los espacios colectivos o semipúblicos son muy usados como extensiones de lo doméstico. Por otro lado, los estudios sobre el “hogar” (muy extendidos en la cultura anglosajona, donde la construcción del “home” tiene históricamente una gran relevancia) traspasan de manera explícita el umbral de las casas y permiten un trabajo simultáneo sobre procesos espaciales y culturales.2

En este texto he querido usar la expresión “interior doméstico” para subrayar la dimensión arquitectónica y física del objeto de estudio que propongo; lo abordo y lo vinculo a las ciencias sociales por medio del concepto de apropiación del espacio. El concepto de apropiación, en el que las prácticas de personalización del espacio son importantes, procede del desarrollado en psicología social y ambiental (Pol, 1996: 4-8 ):3 remite a una conducta territorial que produce apego al espacio circundante e intimidad, aunque no necesariamente generando un “hogar” en su sentido tradicional (noción que pienso que contiene cierta carga ideológica,4 y cuyo uso acrítico puede sesgar una investigación sobre espacios habitacionales).

Perspectivas teóricas en el estudio del interior doméstico

Una de las perspectivas más fecundas que encontramos en el estudio del interior en su doble vertiente arquitectónica y social es la que nos ofrece la historia, que puede ser la historia de la casa o de la vida cotidiana. De ella retomo aquí el concepto de domesticidad, que ha sido descrita como el conjunto de emociones y significados derivados de una rica vivencia del interior habitacional (Rybczynski, 2006: 84 ). Por su parte, la antropología nos ayuda a entender el interior como expresión de unas costumbres, creencias y valores, es decir, de una cultura (Giglia, 2012; Zamorano, 2013; Zirión Pérez, 2013). Además, la casa es un indicador de la posición social de su usuario, y la sociología ofrece algunas claves interesantes para entender el mundo de la decoración interior moderna en cuanto expresión de un consumo marcado por un habitus de clase, por la posición del usuario en la estructura productiva; en esta disciplina es predominante la visión del consumo y comportamiento doméstico como función de una estructura de capital (económico, cultural, social) que posibilita unas elecciones destinadas a ganar estatus y distinción (Bourdieu, 2002).

A medida que el fenómeno del consumo ha ido transformándose y cobrando complejidad, el marco teórico más adecuado para estudiarlo ha surgido de una interrelación de las tres disciplinas mencionadas. La sociología clásica de raíz bourdieana ha ido incorporando elementos de análisis que apuntan hacia un consumo como un acto cultural que se despliega dentro de un proceso de cambio de larga duración. En las últimas décadas se ha difundido una heterogeneidad creciente de gustos y prácticas en sociedad con individuos que se construyen su biografía (Beck, 1998: 99 ) y ejercen un consumo muy personalizado. Como resultado del aumento del nivel educativo y adquisitivo de los grupos domésticos, el interior de la vivienda se ha convertido en un campo propicio para la agencia, el protagonismo, con decoraciones que refuerzan determinadas identidades y el uso cada vez más flexible de los espacios. Éstos adquieren significados con narrativas individuales que van configurando una idea de hogar y vivienda sin duda influida por narrativas familiares y comunitarias (Cieraad, 2006). La descripción de este tipo de fenómenos que tienen que ver con estrategias de apropiación simbólica ha sido uno de los temas preferidos por los estudios culturales que siguen la tradición antropológica pero que básicamente recurren a la interdisciplinariedad para explicar un universo espacial complejo.

En general, las narrativas y prácticas en el interior doméstico se han abordado cada vez más con metodologías cualitativas (entrevistas, análisis del discurso, etcétera), que tienen interés en la medida en que revelan el carácter reflexivo de las prácticas domésticas de los actores. En México, esta evolución metodológica ha sido clara. Los primeros estudios sobre vivienda estaban enfocados sobre todo al “problema de la vivienda”, es decir, a las carencias en la vivienda popular (falta de servicios, materiales poco resistentes, entre otras); de ahí la abundancia de estudios urbanos, cuantitativos, funcionalistas, políticos y económicos de la vivienda en México en comparación con la escasez de investigaciones antropológicas e históricas cualitativas (Schteingart, 1991). A partir de los años ochenta los trabajos se orientan predominantemente a aspectos más concretos, a zonas, problemáticas, planes y coyunturas determinados. Me parecen importantes los aportes de García y De Oliveira (2006) y De Barbieri (1989) , quienes en sus estudios sobre las familias en zonas urbanas mexicanas vinculan el hecho de que las mujeres tengan un alto nivel de escolaridad y trabajo a la existencia de relaciones más igualitarias con sus parejas al interior de la vivienda.

Ello coincide con los análisis de los hogares contemporáneos de Putnam (1993) , quien observa que los espacios habitacionales son cada vez más espacios de negociación. El retraso en la edad de matrimonio, que en el México urbano sigue las pautas que han experimentado las sociedades europeas con anterioridad, abre un periodo en el que los jóvenes se independizan sin formar aún un hogar conyugal, momento importante para consolidar la “agencia” en los estilos de vida individuales (Putnam, 2006: 148). Son convivencias provisionales (Montaner y Muxí, 2006: 23 ), como las de los estudiantes, en las que se escoge un modelo de hogar alternativo al dominante, menos definido, de acuerdo con las posibilidades económicas, las modas y las necesidades del momento (Kenyon, 1999). Estas experiencias se prolongan incluso en la etapa adulta, en la que el interior tiene un carácter casual en su aspecto físico y en el que se da una sociabilidad menos ritualizada. Orvar Löfgren (1993) , en su análisis del hogar sueco, propone el concepto de informalization para describir el abandono del comedor formal separado, basado en el modelo burgués de casa con servidumbre, en favor de la cocina habitada. La cocina posmoderna, grande y abierta, también puede verse como escenario potencial de renegociación de roles (Putnam, 2006: 150), espacio moderno que contrasta con el lento declive y la transformación de los espacios públicos tradicionales de la casa -sala, comedor-, que en México, sin embargo, son esenciales en las estrategias de estatus y de representación simbólica del hogar.

Me interesa observar el grado de penetración de estas tendencias en los hogares mexicanos de ingresos medios, así como las estrategias de creación de hogar vinculadas a los ciclos de vida, a narrativas e intereses individuales, sin desdeñar procesos macrosociales que permiten una comprensión adecuada del hogar; en mi caso, voy a tener en cuenta una esfera de constricción ligada a un momento de alza de precios del suelo urbano. Así, creo que es interesante advertir la intersección entre las limitaciones habitacionales a la hora de realizar los ideales de hogar y las elecciones de los usuarios5 -que pueden resultar, en mayor o menor medida, elecciones de necesidad o guiadas por estrategias para acomodar dichos ideales al contexto-, y las ideas cambiantes de hogar según el ciclo de vida en el que se hallan los individuos.

Para lograr un material adecuado que pudiera arrojar luz sobre los procesos de construcción subjetiva de hogar, más allá de la visión objetivista que pudiera extraerse de un análisis urbano o sociológico, entre diciembre de 2011 y junio de 2013 llevé a cabo numerosas entrevistas entre habitantes de la delegación Benito Juárez del Distrito Federal, México. Se trata de un conjunto de entrevistas semiestructuradas que se completaron con una observación de la vivienda, facilitada en la mayoría de los casos por los entrevistados, pese a lo que ello supone de exposición a la intimidad. Escogí y transcribí las 17 entrevistas más logradas, procurando que estuvieran representados ambos sexos, varias edades y profesiones. El análisis de las conversaciones trató de detectar significados subyacentes, oposiciones, referentes sociales (modelos a imitar) y discursos dominantes asumidos como saberes de sentido común.

Sobre la delegación Benito Juárez, cabe recordar que en el periodo virreinal fue una zona de ejidos, y, en el siglo XIX, lugar de descanso para familias acomodadas; de 1950 a 1980 experimentó un acelerado proceso de urbanización y crecimiento demográfico y, para los habitantes, dejo de ser la periferia de la ciudad, convirtiéndose en parte de su centro. Desde entonces, las viviendas unifamiliares, las casas solariegas y las vecindades han ido cediendo lugar a edificios de departamentos. Con la presencia del metro y el incremento de la actividad económica, la zona devino un área laboral y comercial que alcanzó a recibir, en 2005, una población flotante de dos millones de personas. En los años noventa la construcción se estancó y la población decreció ligeramente hasta que, en la primera década del siglo XXI, se vuelve a una dinámica de crecimiento con un aumento de la vivienda en alquiler, el encarecimiento del suelo y una progresiva demanda por parte de una clase media y media-alta interesada en disfrutar de las ventajas de la centralidad de la delegación y de sus equipamientos.6 El arribo de profesionistas de alta cualificación (la escolaridad promedio es de 13.2 años, la más alta del país) permite pensar en un proceso de gentrificación o de gentrificación sin expulsión (Sabatini, Sarella Robles y Vásquez, 2009), porque residentes de ingresos medios y bajos llegan a permanecer en sus viviendas (sobre todo cuando son propietarios). Así, el área es muy heterogénea en cuanto a estilos de vida y morfología arquitectónica; coexisten casas unifamiliares en calles tranquilas, con edificios multifamiliares antiguos y nuevos edificios que se presentan como “desarrollos residenciales” pensados para parejas de altos ingresos con pocos hijos (uno o, máximo, dos), provistos de ammenities (gimnasio, área social, etcétera) que incrementan el valor del inmueble.

Espacios antiguos y nuevos

Uno de los aspectos que más llama la atención en las entrevistas a residentes de esta delegación es la presencia de espacios públicos de la casa (sala, comedor, cocina) adaptados a una vida más práctica y casual, que contrastan con las salas y comedores solemnes, cargados de significación, de las casas que conservan el espíritu tradicional. En estas últimas, la sala tiene a menudo un uso limitado a las ocasiones especiales y aparece como lugar de ornato y representación, más que un sitio donde se desarrolla la vida cotidiana. Para la mayoría de los entrevistados, la sala es un espacio “para las visitas”, en general poco utilizado.

La sala la usamos eventualmente, alguna vez el fin de semana o cuando hay gente, pero realmente no es un área muy usada, máximo una vez a la semana. Es más bien de reunión, yo sí vengo, me pongo a hacer cosas de la computadora o a trabajar o a leer [Verónica, 32 años, gerente de ventas].

Sin embargo, entre mis entrevistados no existe casa sin que haya una sala, sea cual sea su uso y al margen de si tienen posibilidad de invertir en ella grandes sumas de dinero. En tanto que el resto de la casa en general tiende a reflejar un modo apresurado e impaciente de vivir, el comedor formal y la sala permanecen como compromisos con una manera de vivir que se practica en momentos puntuales. Su uso requiere el tiempo necesario para establecer una sociabilidad a la vez relajada y cuidada (los fines de semana, festejos, cumpleaños) contrapuesta al tempo moderno de los días de trabajo y escuela. Es una concesión a la nostalgia, el signo de una domesticidad y una sociabilidad a veces más deseada que practicada; y un signo de estatus. En el discurso de Maclovia, profesionista independiente, sobre la sala hay un claro referente social que es la clase alta, que puede escoger estar en varias estancias; en la narrativa de Alicia, empresaria, la formalidad de la sala representa un signo de distinción.

Entre gente rica, cuantos más salones puedas tener mejor va a ser […]. La sala [de su amiga] es enorme, ahí te traen el cafecito, pero luego también tienen un cuartito que es como más cerradito por si quieres hablar más de privadito [Maclovia, 45 años, profesionista independiente].
Yo sigo defendiendo la sala. Por favor, tenemos que seguir visitándonos, no todo puede ser por Facebook. En la clase media-alta todavía no tenemos la televisión en ese espacio. Estamos a punto, so pretexto de las pantallas planas que finalmente son un objeto que te da estatus. Por eso están los que llamamos aquí en México nacos, ya están metiendo la televisión en la sala, cuando antes era una cosa de pésimo gusto [Alicia, 29 años, empresaria].

Entre los entrevistados que no pueden reservar un espacio para la sala formal, la polivalencia de los espacios públicos de la casa es la norma. Gracias al teléfono inalámbrico y a la computadora portátil, puede ocurrir que la sala se convierta temporalmente en un lugar de trabajo. En su vida actual de profesionista separada, Maclovia la usa como espacio de visitas y estudio; cuando vienen visitas traslada sus cosas de trabajo (computadora, agenda, cuadernos) a otro sitio. En algunos casos, las salas funcionan como family room, favoreciendo la vida colectiva con los niños con una convivencia espontánea en la que a menudo cada usuario está haciendo cosas distintas.

Pablo e Iraida son una pareja joven que acaba de comprar un departamento en el mismo barrio en que antes vivían de alquiler, en la colonia Emperadores. Tienen una sala-comedor conformada por muebles ligeros de laminado imitación madera, así como sofás de tela azul clara, que ya existían en el departamento anterior -de Iraida, cuando era estudiante-; no se contempla una inversión en ellos a corto plazo, aunque tener mejores muebles en una mejor sala es parte de planes futuros, cuando haya dinero. En una remodelación ideal, con presupuesto suficiente, los baños serían la prioridad, luego la cocina (que tiene una estufa que funciona mal) y al final la sala.

Francisco, en cambio, ya invirtió en una sala y un comedor “definitivos”. De momento vive solo, aunque su novia pasa mucho tiempo en su casa. Compró un departamento y dejó el que alquilaba, más precario y provisional, en el que no valía la pena invertir en “una sala con todas las de la ley” como la actual.

Para este departamento, sabiendo que era una inversión que me iba a durar mucho tiempo, me puse a buscar muebles ya de otro tipo. Buscaba que fuera lo suficientemente grande para poder en un momento dado establecer una familia [...]. Esta sala ya es una sala [Francisco, 39 años, informático].

Su sala está unida a un comedor para ocho personas, también pensado para un uso futuro, relativamente grande con relación al espacio total del inmueble. En general, en los departamentos nuevos o no muy antiguos adquiridos por los jóvenes de clase media, salas y comedores van perdiendo jerarquía. Al tiempo que el espacio urbano se hace más escaso y caro, las salas van quedando unidas a los comedores, donde ya no se ven las enormes mesas de antaño (para 15-20 personas).

Hoy día te dicen “espacio sala-comedor”, así te la venden y a nadie le extraña. Te encuentras que vas a casas a lo mejor de clase media-alta, pero jóvenes o recién casados, y el comedor empieza a medio desaparecer. Entonces, tú dices, si tienen una reunión qué hacen, bueno, se vuelve la cosa del buffet [Alicia, 29 años, empresaria].

Es ilustrativa, en este sentido, la opinión de Gloria, una señora mayor que vive en un departamento de 70 metros cuadrados de una unidad habitacional de la zona, muy cargado y clásico en su decoración. Para ella, el comedor es un espacio para conservar las buenas costumbres:

Normalmente las familias, lo común es que maldesayunan, salen pitando todo el mundo, no come el señor en casa, quizás los niños con la madre y luego cenan, a veces en las recámaras… no, no. En esta casa se come, se desayuna y se cena en el comedor. Y juntos todos además [Gloria, 60 años, ama de casa].

En las familias que tienen viviendas espaciosas el comedor complementa al lugar más distendido que es el desayunador. La disponibilidad de espacios da estatus al permitir la separación de los actos más formales de los informales. Una misma función (en este caso, la comida) puede tener varios sitios, según el carácter de la reunión, siendo la posesión de espacios subutilizados, que actúan en realidad como lugares “de representación”, elemento de prestigio para la familia.

Tengo una cocina que le cabe un antecomedor, cosa que muchos departamentos ya no. Eso a mí me gusta mucho, entonces, nosotros ahí comemos, desayunamos. Casi no utilizamos la parte de lo que es realmente el comedor [María Luisa, 36 años, diseñadora gráfica].

Estar cerca de la cocina es algo apreciado, pues ésta se presta a una convivencia agradable compatible con una actividad, cocinar, que no sólo es trabajo doméstico sino actividad lúdica y social. En los departamentos de los nuevos edificios de la zona, la cocina está adquiriendo significación y centralidad ya sea con una nueva ubicación (incluso como primer espacio al que se accede desde la entrada, abierta al comedor) o con otro diseño. Muchas de estas cocinas son abiertas, responden a la moda de la gastronomía, a la dignificación de una tarea históricamente femenina, que queda incorporada a un mismo nivel jerárquico que las otras actividades de la casa. Son el lugar de lo casual y de una “sociabilidad espontánea”, cocinando, viendo la televisión, chateando en la computadora, una convivencia no planificada ni ritualizada. También facilitan el traslado de alimentos y objetos al comedor:

Es práctico, la verdad es que no se ve bien pero es práctico [Francisco, 39 años, informático].

Entre las generaciones jóvenes la cocina abierta es más aceptada, porque tiene un importante atractivo visual, dando fluidez a espacios amplios:

Tengo ahora un proyecto de un departamento enorme, está padrísimo, tiene la cocina abierta y se ve increíble [Montserrat, joven diseñadora de interiores en tienda de muebles].

Además se adapta a una vida laboral en la que se está pocas horas en casa y ese tiempo es dedicado en gran parte a las comidas. No obstante, muchos usuarios la ven como una disminución de la calidad de vida doméstica.

No lo ha pedido tanto el cliente, sino que más bien es una tendencia de los arquitectos que lo están imponiendo a fuerza a la gente… Porque ahorras espacio, ahorras dinero… No somos así en México, y la gente, de idiota, va y compra… [Maclovia, 45 años, profesionista independiente].
Al ser un departamento pequeño, el olor puede ser un problema. Si la mamá está cocinando chiles rellenos, por ejemplo, el olor se vuelve un poco incómodo para quienes están allí [Juan Carlos, 42 años, arquitecto].

La mejora progresiva del diseño de las cocinas va de la mano con la desaparición, en la clase media y media-alta mexicana, del servicio “de planta”, permanente (en la mayoría de departamentos nuevos ya no hay cuarto de servicio en la azotea, donde antes vivía la muchacha de la limpieza; hoy se prefiere dedicar ese lugar a roof garden), tan común hasta nuestros días. Para Julieta, es un claro indicio de pérdida de estatus:

Depende de en qué zona estés, en qué código postal. Yo te puedo jurar que en las Lomas eso nunca va a ser. Siempre van a tener gente que les ayude. ¡Siempre! ¿Cuántos años le echas tú para que deje de existir esto en nuestro país? [Julieta, 50 años, publicista].

En departamentos más convencionales, como el de Gloria, la cocina es un lugar de la casa sobre todo femenino, mostrado por ella con lujo de detalles, pues le encanta cocinar.

Lo que más me interesa de toda la casa son los baños y la cocina, porque es lo que uno usa más íntimamente. Siempre pienso que deben estar preciosos [Gloria, 60 años, ama de casa].

Pese a ello, la mayor inversión que se ha hecho en el departamento es en la sala, con cuadros originales y sillones nuevos, y en el comedor, abierto con un arco que lo comunica a la sala. Por su parte, la relación de Iraida -más joven que Gloria- con la cocina es ambivalente. La cocina es el primer espacio que se cita en la entrevista, lo primero que le llamó la atención al conocer el departamento; ella es la que ocupa mayormente ese lugar (“la cocina sólo para mí. Pablo me ayuda a poner la mesa… y ya”). Pero en varias ocasiones enfatiza el hecho de que ella no cocina bien o no le gusta el papel de ama de casa (“aunque tampoco soy buena cocinera, ni ama de casa, nada de eso me gusta”).

Entre lo moderno y la nostalgia del pasado

La elección de muebles y la decoración de los espacios públicos de la casa expresan las inclinaciones estéticas personales y son el vehículo por el que se desarrollan estrategias de distinción, se siguen modas en el consumo, plasmadas en artículos cargados de significados sociales y afectivos. El trabajo de campo en los hogares de los entrevistados muestra que entre los residentes de la delegación Benito Juárez existe una enorme variedad estilística en cuanto a la selección de muebles y objetos decorativos, acorde con la heterogénea composición sociodemográfica de la zona y la diversidad de grupos domésticos, trayectorias socioespaciales, edades y niveles educativos y económicos de sus ocupantes.

El estilo moderno, en todas sus variantes (minimalista, mexicano-contemporáneo, ecléctico), constituye una de las opciones más socorridas por los habitantes que se han instalado últimamente en la delegación. Marta es, en este sentido, paradigmática. Joven, con estudios superiores, se inclina totalmente por los valores decorativos modernos. Le gusta la luminosidad y amplitud que dan los blancos en muros y persianas de la sala, los tonos neutrales que permiten poder comprar muebles sin estar condicionada a una combinación de colores determinada.

Se me hace más práctico y visualmente menos abrumador tener repisas bonitas que tener libreros. Me gusta también todo lo beige o camello, con madera oscura, tal vez, todo lo que está de moda [Marta, 25 años, estudiante de posgrado].

Este gusto por lo moderno es también un rechazo a una estética que aún se encuentra en departamentos sin remodelar y que ella detesta. Por eso al llegar al departamento en el que vive, construido a fines de los años setenta, invirtió en cambiar el aspecto, aunque no pudo quitar los vitrales en franjas del muro del comedor que no le agradan y le recuerdan ciertos personajes del cine mexicano de los setenta, asociados a cierto erotismo machista y humor pasado de moda (como Mauricio Garcés). El cambio al estilo contemporáneo se vincula así a unos valores más saludables (ella y su pareja beben poco alcohol y por eso transformaron la cantina en biblioteca) y a una idea del espacio más aséptica.

La luz así cálida pero muy baja, paredes forradas de madera, y ¡ah, qué asco…! Un salón como inglés pero de mal gusto, con alfombras oscuras, papel tapiz, que es la cosa más horrible. El departamento se me hacía como los de estas películas de Mauricio Garcés, con la cantina, alfombra y tapiz [Marta, 25 años, estudiante de posgrado].

Otro grupo que consume muebles minimalistas es el de los diseñadores y arquitectos, como Laura, de 45 años, profesora de diseño, y Guillermo, de 50 años, arquitecto y propietario de inmuebles, que poseen muebles de gran calidad, de líneas puras y colores lisos en un departamento amplio. La acumulación barroca de cosas y el exceso de simbolismos sobrepuestos, tan habituales en los hogares humildes mexicanos, son desechados por una clase media que se quiere distinguir del consumo de poca calidad y del fetichismo por el objeto.

No me gusta tenerlo lleno de cosas, tengo poquitas cosas, seleccionadas [Guillermo, 50 años, arquitecto y propietario de inmuebles].
Ahora la clase media-alta ve eso [la acumulación de cosas] como elementos kitsch, porque son nacadas, pura porquería [Alicia, 29 años, empresaria].

No obstante, profesionistas del sector me comentan que el avance del mueble modernista encuentra resistencias que tienen que ver con unas pautas de consumo más basadas en el apego a la costumbre (los mexicanos usualmente se inclinan por los muebles de madera maciza) o con una preferencia por el estilo mexicano contemporáneo (semirrústico, en general para personas con alto nivel adquisitivo). Ello denota desconfianza en la relación calidad-precio de ciertos muebles modernos (con comprimido en lugar de madera) y en el temor de que sea una moda pasajera y no se aproveche el costo de la inversión en muebles. Así, pese al prestigio que tiene para ciertos sectores sociales el estilo moderno internacional -normalmente jóvenes o profesionistas (diseñadores, ingenieros, periodistas, etcétera) que lo compran en sus modelos de más calidad-, hay otro sector -profesionales de campos más tradicionales, como el derecho o la enseñanza- que lo ve como una concesión a la falta de presupuesto y una constricción a la posibilidad de seguir el modelo de la “gran casa mexicana” (quizás la hacienda, la mansión de campo mexicana, constituye ahí un imaginario poderoso). Alejandra lamenta no tener algo más tradicional:

La casa que tengo ahora es moderna. No es estilo mexicano, me hubiera encantado… Pero aquí, cuando regresamos a México, empezando, los precios eran altísimos, no tuvimos mucho tiempo para buscar una casa [Alejandra, 52 años, directora de escuela de idiomas].

En cuanto al mueble, la nostalgia por el pasado es muy clara en el caso de Alicia, alguien de clase media-alta con un gran capital cultural y social, que admira lo clásico pero admite, incluso para ella misma, que en la vida moderna es más práctico tener muebles más simples.

El mueble se ha ido haciendo más pequeño, ya no es una artesanía. Ya no. O sea, ya nadie aprecia un mueble con incrustaciones de marquetería, ya lo ven como el mueble de la abuelita […]. Claro que el mueble se ha deteriorado en su cosa estética para convertirse en una cosa simple. Aquellas parejas que lo tienen clásico son mujeres de su casa, los que lo tienen en un estilo más sencillo no son mujeres de su casa. Ahora que compré la sala me hubiera encantado una sala en material aterciopelado, ¿me conviene? Claro que no, lo va a vomitar [el bebé] dentro de tres semanas. Vámonos a algo de buen gusto, que es un algodón, tipo loneta, oscuro, lavable, jaspeado… ¿Me encanta? No era mi ideal. ¿Me conviene? Sí, es lo que me conviene, es lo que voy a comprar, por supuesto, porque es de bajo mantenimiento, no me voy a estar peleando con mi hija porque no lo agarre y no lo vomite, mi esposo no va a dejar de subir las patas ahí, entonces vamos a hacer feliz todos, ¿no? [Alicia, 29 años, empresaria].

El estilo clásico lo encontramos en numerosos hogares de la clase media, sobre todo de gente mayor (como Gloria) o de sectores de ingresos medios provenientes de familias humildes, como Francisco, de 30 años, encargado de audiovisuales de universidad, que ven en él un signo de calidad y distinción asegurada. En el departamento de Francisco hay recuerdos de sus viajes a Veracruz y Guatemala (un reloj en forma de timón y un portallaveros con forma de caballo de mar), así como muebles estilo inglés.

Tal vez no podría considerarlos muy muy buenos, pero creo que pude comprar muebles buenos, de cierta calidad y, especialmente, porque los busqué mucho en las mueblerías del centro [Francisco, 30 años, encargado de audiovisuales de universidad].

Al cruzar el umbral de la puerta y entrar al recibidor-sala de Gloria se percibe un ambiente decorativo cargado, clásico, tradicional. Aún están allí muebles que datan de su época de recién casada (rococós, con patas cabriolé y color nogal), la recámara matrimonial (lecho, mesitas de noche) a juego con la mesa del comedor y la cómoda de la sala. La tendencia en ese espacio es a la acumulación de muebles y cosas en el interior. En su discurso se transmite un cierto apego (y quizás resignación) a permanecer tal como se es.

Nosotros somos tradicionales […]; esto es de una marca, Van Viuren, que ya no existe, igual que el comedor; lo compramos en Viana, era más barato que en Liverpool […]. Son de madera de nogal, ahora ya los muebles no son de madera madera sino de aserrín comprimido [Gloria, 60 años, ama de casa].

Los padres de Verónica han hecho concesiones al estilo moderno en el segundo nivel (el de las habitaciones individuales y el pasillo), pero toda la planta baja tiene un aire tradicional, con mobiliario de madera, un reloj italiano o de porcelana, gobelinos, un armario-cantina de buena madera hasta el techo, con licoreras antiquísimas, una pianola del abuelo. Los referentes en cuanto al estilo y la consideración del estatus son las casas neocoloniales de San Ángel. Ése es el modelo a imitar (“mis papás quieren arreglar la casa [la fachada], le quieren dar un tono como tipo San Ángel”), modelo superior en jerarquía en el imaginario social de la familia (“no hay nada más caro que San Ángel”).

Cabe pensar que la difusión del estilo moderno ha llevado a cierta uniformidad y saturación, lo que a su vez ha provocado la emergencia de otra moda: el eclecticismo, que de hecho integra elementos retro, provenientes de lo clásico. Así, tiendas más nuevas (como Artel) ofrecen una variante de lo moderno con la incorporación de cabeceras capitonadas, acolchonadas, con botoncitos, telas, barnices, colores personalizados, etcétera.

Conclusiones

Las elecciones decorativas en salas y comedores denotan una importante variedad de actitudes ambientales y estrategias de apropiación doméstica en un entorno de cambio urbano y socioeconómico en el que el mercado suministra productos (viviendas, muebles, diseños) pensados para espacios reducidos. Encontramos adhesiones a dichos productos y también resistencias derivadas de una nostalgia por el pasado. A veces ambas posturas se filtran en un mismo discurso o en el aspecto de una misma vivienda, lo que confirma la hipótesis de arranque de la investigación: la existencia de transformaciones posmodernas, con una idea de hogar influida por un estilo de vida urbano en el que la vivienda constituye un punto de anclaje para una vida enfocada sobre todo al exterior (mundo laboral, estudios, ocio). En este contexto se prefiere lo ligero a lo cargado; son relevantes la funcionalidad y la flexibilidad (reversibilidad) de la decoración (que permite hacer cambios a medida que se suceden los ciclos de vida), además de un confort que busca más la relajación gozosa que la representación, tal como la hallamos en los interiores aristocráticos y burgueses del pasado. En comparación con generaciones anteriores en las que el proceso de “poner la casa”, de llenarla de muebles que iban a ser los definitivos, era relativamente rápido, para los jóvenes actuales es un proceso más lento, condicionado por las posibilidades económicas y el crecimiento más pausado hacia una familia constituida por completo. En esos casos, las estancias públicas de la casa se aprovechan al máximo; se recurre a la polivalencia, y en la sala formal (cuando es posible tenerla) se conservan alusiones a lo burgués poco costosas en términos de metros cuadrados: una tapicería bonita o un cuadro.7 En algunas ocasiones diría que se vive con agrado un cierto desapego al aspecto del departamento, en especial si éste es alquilado, y la apropiación recae en las posibilidades que ofrece su ubicación. Incluso cuando se trata de casas y departamentos propios es común encontrar a usuarios que hablan de la “plusvalía” de su vivienda como algo central en su adquisición, ya que la movilidad es alta y siempre está presente el valor del inmueble como punto de partida de los futuros desplazamientos. También cabe pensar que el hogar de referencia no siempre es el hogar habitado. Puede ser el que se tendrá en el futuro, si se ahorra o se invierte bien lo ahorrado, y/o el que se tuvo en el pasado, el hogar de los padres, estable, sólida referencia para la propia identidad mientras se vive en un ciclo de vida, la juventud, de alta movilidad residencial.

Pese a todo, la domesticidad clásica (el hogar en cuanto santuario, refugio opuesto al exterior) permanece como objetivo de numerosas estrategias de apropiación doméstica. Como ilusión, recuerdo, nostalgia, o como realidad recreada en condiciones a veces muy adversas, aparece, por ejemplo, como eje estructurador al empezar una vida con hijos. En salas, comedores, cocinas, donde la tradición se une a las nuevas tecnologías y formas de ocio, observamos abundantes signos de la domesticidad tradicional en elementos de estatus mostrados por miembros de la clase media-alta que le dedican muchos recursos a la casa (aunque a menudo su vida se desarrolle más en el exterior que en el interior). La cocina grande y de diseño es uno de estos signos de domesticidad contemporánea, que da jerarquía a un espacio históricamente femenino. Si está de moda también es porque permite una vivencia del interior casual, fruto de una “sociabilidad espontánea”, un “estar juntos” haciendo otras cosas, cocinando, viendo la televisión o chateando en la computadora. Se trata de una convivencia no planificada ni ritualizada que encontramos asimismo en las salas y que surge de manera espontánea del cruce de actividades similares o compatibles en los mismos espacios.

Todo ello configura un panorama en el que las estrategias de apropiación se llevan a cabo con prácticas (decoración, elección de mobiliario) y discursos que construyen una idea de hogar concordante con las limitaciones urbanas y económicas. Son estrategias que implican no sólo manipular elementos habitacionales sino que se vinculan con narrativas individuales que aluden a la propia biografía, al concepto que cada persona tiene de sí misma (más o menos “aspiracional”) y de sus posibilidades de realización en un ambiente social y urbano dado.

Cabe hacer una reflexión final que complementa las conclusiones obtenidas en este estudio antropológico de apropiaciones del hogar, confrontándolas con una perspectiva más macrosociológica. Anthony Giddens (1990) , siguiendo la estela de teóricos sociales que se esfuerzan por llegar a un compromiso entre las posiciones más estructuralistas y las más individualistas, señala que toda estructura limita y habilita al mismo tiempo, pues abre un campo de posibilidades a la acción. A partir de este planteamiento podemos ver a la vivienda como estructura que, a la vez que constriñe, permite una vida social e individual que no existiría sin ella. Es un espacio transformado, sobre todo en su aspecto interior y apropiado simbólicamente por los habitantes. Pero también funciona como molde y canalizador de comportamientos; consolida rutinas, escenarios, identidades personales y grupales, estructurando la vida cotidiana, el individuo y la sociedad. Este carácter recíproco de las relaciones socioespaciales se pierde en algunos trabajos que enfatizan la idea de personalización de la vivienda y creación de significados, núcleo de los discursos y entrevistas donde las constricciones son a menudo un marco implícito más que explícito (Makovicky, 2007: 287). En esta investigación hemos advertido que gran parte del consumo que tiene lugar en la vivienda no sólo es un consumo ostensible vebleniano (dirigido a la distinción, la ostentación y la identidad) sino, como apuntan varios autores en otros ejemplos (Gronow y Warde, 2001), consumo ordinario. Este tipo de consumo es más un acto económico que cultural, derivado de necesidades materiales y acotado por un presupuesto relacionado con las estructuras socioeconómicas generales y el contexto urbano. Los estudios de vivienda en el nivel macro (desde la política, la economía o el urbanismo) dibujan un panorama donde prevalece el peso de las estructuras, por lo que es interesante tenerlos en consideración incluso en trabajos más afines a las corrientes etnometodológicas.


1.

fn1 Para Angela Giglia (2012: 13), el habitar “es un conjunto de prácticas y representaciones que permiten al sujeto colocarse dentro de un orden espacio-temporal, al mismo tiempo reconociéndolo y estableciéndolo”. La autora habla de “domesticación” (2012: 17) del espacio al referirse a prácticas que aquí incluyo en los procesos de apropiación del espacio.

2.

fn2En la geografía humana y los estudios culturales anglosajones el hogar es vivencia e imaginario espacial; con él se crea pertenencia e identidad. En esa vivencia participan los recuerdos e ideas personales y colectivos acerca de lo que debe ser un hogar (Blunt y Dowling, 2006). Autores como Shelley Mallett (2004: 64) destacan que es un concepto multidimensional que claramente se separa de la idea de casa, pues es un “lugar” y no sólo un “espacio”; otra opción metodológica, al modo de Lefebvre, es pensar todo espacio como vivido y producido socialmente, con lo que podríamos usar el término “casa” sin prescindir de una connotación cultural y de representación. En todo caso es poco común encontrar trabajos que usen toda la terminología existente.

3.

fn3Es un concepto que en ciencias sociales se ha nutrido de la idea marxista de apropiación de la naturaleza y del producto del trabajo, como dinámica que contrarresta la alienación; también del revisionismo de Henri Lefebvre (1971), quien ubica este concepto en un nivel que él considera más central en la praxis, el de la vida cotidiana, con lo que una apropiación fundamental es la del espacio, por ejemplo, el de la ciudad. Estas influencias se integran a la fenomenología del espacio de raíz heideggeriana, muy presente en la Conferencia de Psicología Ambiental de 1976 en la Universidad de Estrasburgo. En Korosec-Serfaty (1976), la apropiación se piensa como proceso dinámico de interacción con el medio externo; no es sólo una cuestión de legalidad o disfrute material sino que se da en el dominio de las significaciones a través de las cuales el individuo también se hace a sí mismo. Es decir, aunque es evidente la presencia de estrategias de modificación que personalizan un espacio interior, la apropiación además puede verse desde la componente cognitiva y enactiva, la del conocimiento sensoriomotriz (Sansot, 1976).

4.

fn4El hogar como idea fue promovido a ideal de vida desde una “moralidad doméstica” que arranca en el siglo XVII (Rykwert, 1991: 53), ya que favoreció la visión moderna y liberal de la sociedad como conjunto de propiedades familiares, llegando a funcionar como sinónimo de casa o de familia. Chapman y Hockey (1999) han problematizado la idea de hogar como aspiración manipulada por la publicidad.

5.

fn5Aquí retomo la idea de que la casa es el punto en el que se encuentran la toma de decisiones de los hogares y la de los constructores (Shove, 2006).

6.

fn6El coste del suelo aumentó, de 2001 a 2005, 84.5% (Tamayo, 2007) como consecuencia de nuevas leyes urbanísticas (el Bando Informativo núm. 2 de 2000), que permitieron construir edificios más altos con el objetivo de densificar las delegaciones centrales e impedir que la mancha urbana siguiera creciendo en la periferia.

7.

fn7La relación entre especulación, reducción de espacios y diseño ya fue detectada durante la urbanización del siglo XIX. E. R. Curtius cita en 1923 el siguiente pasaje de Los pequeños burgueses, de Balzac: “La especulación desaforada y a contracorriente que año tras año disminuye la altura de los pisos, que convierte en una vivienda entera el espacio que antes ocupaba un salón, que ha declarado una guerra sin cuartel a los jardines, ejercerá su influjo sobre las costumbres parisinas […] ¡Sólo interesan cuadros pequeños porque los grandes ya no se pueden colgar! Pronto será un problema considerable tener una biblioteca…” (Benjamin, 2005: 242). No obstante, es interesante ver cómo se culturaliza una necesidad, para lograr una adaptación adecuada al entorno. En este sentido, el gusto y la moda tienen una función esencial. “La necesidad impone un gusto de necesidad que implica una forma de adaptación a la necesidad, de aceptación de lo necesario, de resignación a lo inevitable” (Bourdieu, 2002: 132)

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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 60, julio - diciembreo 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 10 de diciembre de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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