Presentación

Anne W. Johnson; Rodrigo Díaz Cruz

alte. 2014 ; 24(2)


El performance, en ocasiones la performance, es un concepto a la vez establecido y emergente. Puede señalar la actividad poética humana: aquellas conductas expresivas o prácticas simbólicas a partir de las cuales lo corpóreo, lo comunicativo, lo artístico, lo estético, lo significativo, lo emotivo, lo repetido y lo novedoso se conjuntan. Por un lado, es notable la borrosidad del concepto de performance, ya que está habitado por una serie de dificultades en torno a su definición, el establecimiento de sus límites semánticos y, sobre todo para los académicos cuya lengua materna no es el inglés, su traducción. ¿Por qué no desempeño, descarga, representación, mímesis o simulacro? ¿Fiesta? ¿Espectáculo? O, mejor aún, ¿ollin, ixiptlatl, mitote, areito, taqui?

Pero, por otro lado, el mismo carácter provisional del concepto puede entenderse como una ventaja, ya que abre la posibilidad de reflexionar sobre un amplio abanico de actividades, acontecimientos, posicionamientos y actitudes humanas. Las trayectorias académicas de esta noción dan fe de tal flexibilidad: aunque los estudios de performance tienen sus raíces en una amalgama de la antropología y la teatralidad, su alcance es más bien transdisciplinario. La lingüística, la psicología, el folclore y la etnomusicología, la sociología, la interpretación oral, la historia, la educación y la filosofía, entre otras, han fungido como tierras académicas fértiles para la elaboración del concepto y su aplicación a un conjunto de expresiones culturales, individuales y colectivas, cotidianas y extraordinarias. Más allá de las disciplinas como tales, también encontramos discusiones acerca de (y alrededor de) esta noción en el pensamiento postestructuralista, poscolonialista y posmoderno, los estudios culturales, los planteamientos del feminismo y los estudios queer, el psicoanálisis, los estudios mediáticos, las teorías de la complejidad y, con un enfoque distinto, los estudios organizativos y tecnológicos.

¿Puede el performance permitirnos obviar, o por lo menos repensar, las dicotomías tradicionales entre imitación y transformación, canon y creatividad, repetición y emergencia, identidad y otredad, arte y política, análisis y emoción, praxis y poiesis, lo vivo y lo reproducido, ritual y juego, magia y tecnología? ¿Puede ayudarnos a negociar las brechas entre el sujeto y el objeto, lo material y lo ideal, la estructura y la libertad, la acción y el pensamiento, la memoria y el olvido? Nuestra respuesta es un resonante “quizá”. Pero para que este concepto tenga pertinencia y sentido en nuestro contexto mexicano se requieren diversas reflexiones de orden teórico, metodológico y epistemológico.

Este volumen de Alteridades reúne una serie de trabajos realizados por especialistas -que, junto a otras(os) colegas más,1 hemos creado la Red de Estudios del Performance- con la finalidad de abordar estas y otras preocupaciones y retos desde distintos horizontes. Nos proponemos analizar y debatir la pertinencia y los alcances del concepto de performance -y sus formas de operación- en el escenario nacional. A modo de ilustración hemos retomado algunos de los siguientes ejes temáticos, sin duda inagotables y no todos ellos tratados aquí: 1) performance, definiciones y traducciones; 2) géneros y contextos performativos; 3) performance y metodología; 4) performance, poder y resistencia; 5) performance, tecnología y ciencia.

El número inicia con el aporte de Anne W. Johnson, cuya reflexión sobre la intraducibilidad de la palabra performance la lleva a indagar en sus raíces etimológicas y las raíces académicas de los estudios del performance en “‘¿Qué hay en un nombre?’: una apología del performance”. La autora critica, con buenas razones, la práctica de remplazar “performance” por “representación” o “puesta en escena” en las traducciones al castellano, ya que estos términos retoman la parte del performance que hace referencia a la relación semiótica entre la realidad y sus signos, mas no la relación social que también implica el performance como logro o cumplimiento. Propone que el performance sea manejado no tanto como concepto, sino como parte de un rizoma de asociaciones semánticas, mismas que reproduce gráficamente. Concluye con un análisis de la utilización de palabras como “vestirse de” y “simulacro” en vez de performance en la teatralidad popular de la región norte de Guerrero.

Elizabeth Araiza Hernández retoma algunos de los temas fundamentales de la antropología de la performance en “Detrás de un performance siempre hay otro. De cómo dialogan entre sí diferentes modalidades performativas”. La autora plantea ciertos interrogantes sobre la copia y la repetición entre y dentro de performances rituales y artísticas en Michoacán, e intenta repensar el término de performance en relación con las denominaciones locales para acciones que podrían llamarse “performances”, enfocándose en varios casos particulares. Primero analiza la ch’ananskua -nombre de dos fiestas que se llevan a cabo en los pueblos purépechas- como “conducta restaurada”, simulaciones lúdicas de eventos más bien cotidianos. Luego reflexiona sobre la puesta en escena de los diablos en las artesanías de barro de Ocumicho y las pastorelas regionales. En un tercer momento aborda la repetición de la figura del indígena en las representaciones teatrales y plásticas del siglo xix en México como un juego de imágenes citadas y recitadas, que nunca retomaron los cuerpos de los verdaderos indígenas como modelo. Finalmente, demuestra cómo los estudios de la performance permiten entrelazar distintas formas de representación -pintura, danza, escultura, narrativa y teatro- al analizar algunas esculturas contemporáneas que, a diferencia de sus contrapartes decimonónicas, sí establecen un “diálogo entre acción, palabra e imagen”, ya que plasman cuerpos indígenas dinámicos y activos.

En “Danza: creación de tiempos”, la antropóloga y bailarina Adriana Guzmán le sigue literalmente los pasos y el ritmo al filósofo francés Maurice Merleau-Ponty a propósito del tiempo: “no es un objeto de nuestro saber, sino una dimensión de nuestro ser”, de tal suerte que el tiempo -y el espacio- no es dado a la experiencia, sino que la constituye. Y el tiempo -añadirá más adelante- “es, forzosamente, movimiento, movimiento medido o intervalos de tiempo o ritmo vivido; movimiento es cambios en el espacio y todo ello acompañado de fuentes rítmicas, de cambios regulares, repeticiones armónicas -respiratorias, viscerales, del día y la noche, del clima-”. Estas reflexiones iniciales sobre el tiempo que nos propone la autora tienen dos correlatos: la experiencia estética y la danza. De aquélla subraya que una condición para que acontezca es “la creación de tiempo -y espacio- diferente, nuevo o novedoso, en principio, extraordinario, liminal”. De la danza desarrolla su cualidad performativa a través de esta suerte de silogismo: “todo movimiento lleva consigo un ritmo; el movimiento es el modo de ser del cuerpo, del ser; la danza es el modo privilegiado del ser en movimiento: el ritmo es el modo de ser de la danza”. La idea de performance, nos muestra con énfasis la autora, es indisociable de la del cuerpo en movimiento, “que bien puede ser lúdico, artístico o ritual -o todo a la vez- [y] la danza se caracteriza [...] por la creación de tres cronotropos particulares”, mismos que Guzmán desarrolla en su trabajo.

En “Interpretación, presentación y representación: modos performativos en la trova yucateca”, Gabriela Vargas Cetina nos propone, entre otras cosas, la innovadora categoría de investigación de observación performativa. “Practicamos -señala- un tipo de antropología que [gracias al trabajo de campo] no sólo requiere de la encorporación de la cultura local, sino también de la transformación misma, aunque a veces momentánea, de nuestros cuerpos guiada por criterios de la estética local”. Lo advierte quien ha realizado investigación de observación performativa en una rondalla “dentro de la cual me he desempeñado en múltiples capacidades (como yucateca, como antropóloga y como música) y en al menos tres modos (interpretación, presentación y representación).” La elucidación de estos tres modos guía el resto del trabajo. “Podemos conceptualizar los tipos de performance como teniendo lugar dentro de modos, en el sentido de modos musicales -anota Vargas Cetina- […] el concepto de modos une tres cosas básicas en la mente de quien toca música: una serie finita de notas específicas que crea un horizonte de restricciones relativamente fijo; la libertad de jugar con las notas ‘posibles’ de forma casi infinita manipulando el tiempo, la secuencia y la repetición por medio de la improvisación; así como la seguridad de que mantenerse dentro de ellos asegura la inteligibilidad con los demás músicos y con el público. Los modos en el performance se referirían, entonces, a una especie de notas que siempre van juntas”. Así, por ejemplo, la interpretación de canciones yucatecas es vivida por las y los músicos como una “encorporación de la yucatanidad, la cual a su vez es sentida como una forma de diferencia respecto al resto de México”.

El siguiente artículo demuestra, una vez más, la amplia gama de temas que se ven beneficiados por el análisis performativo. En “El performance de lo yucateco: cocina, tecnología y gusto”, Steffan Igor Ayora Diaz indaga sobre la gastronomía yucateca a partir de los conceptos de performance, performatividad y citacionalidad. El autor argumenta que cocinar “consiste en un ensamblaje de performances que articulan varias dimensiones de significado mediante una serie de acciones conectadas con la producción, la circulación y el consumo de un producto cultural (la comida) en un contexto social y político dado”. Estos ensamblajes conjuntan saberes, códigos, valores, sentidos e identidades que permiten que los sujetos se posicionen respecto a “la yucatanidad”. Asimismo, Ayora explica cómo se despliegan los performances culinarios en distintos espacios dentro del “campo culinario” y el “campo gastronómico”, y cómo los ensamblajes producidos en estos campos oscilan entre la improvisación y el estricto apego a las reglas de las prácticas gastronómicas “correctas”. Termina mostrando la íntima articulación entre las relaciones de poder, las identidades locales, regionales, nacionales e internacionales, y la producción performativa de gustos y hábitos culinarios.

En “Cuerpos desgarrados, vidas precarias: violencia, ritualización, performance”, Rodrigo Díaz Cruz se ocupa, primeramente, de la ritualización de la violencia en el mundo contemporáneo y cómo el acto mismo de nombrarla supone un proyectil verbal: un acto que requiere una enorme inversión performativa, porque “cómo sea nombrada la violencia que se ejerce [...] puede despojar a los otros de rostro, o hacer de sus rostros unos símbolos del mal, peligros que acechan, amenazas ubicuas”, o bien héroes o heroínas sacrificados. Al abundar en torno a la ritualización de la violencia, señala uno de sus rasgos centrales: el desgarramiento de la unidad simbólica del cuerpo, el “espectáculo de la desfiguración”. Se cuestiona, entonces, por las muertes que merecen duelo público y aquellas vidas que no merecieron vivirse. Para elucidar estas preguntas retoma dos categorías de Hannah Arendt: nacimiento y vulnerabilidad. Ofrece, luego, una inflexión en su argumentar, pues no toda fragmentación del cuerpo implica dicha ritualización. O acaso suponga otras formas de violencia. Para ello se adentra en la pornografía -la “estética del exceso”- y el tráfico ilegal de órganos, sobre todo el riñón, en esta suerte de capitalismo gore que nos avasalla.

Si bien esta entrega de Alteridades está dedicada a las densas interrelaciones entre antropología y performance, incluye también cuatro artículos que demuestran la amplitud de los temas estudiados por los antropólogos en la actualidad. Andrea Ruiz Balzola, en “Entre la lógica transnacional y la estatal: las migraciones indígenas contemporáneas”, propone “pensar y situar a la ciudadanía [y las identidades] más allá de los márgenes territoriales” a partir de dos estudios de caso, de dos formas en que población indígena se está insertando en el sistema global capitalista: indígenas zapotecos de Teotitlán del Valle, Oaxaca, y los kichwa otavalo del norte de la sierra ecuatoriana. Expone cómo en la intensa movilidad de poblaciones indígenas más allá de sus territorios geográficos y nacionales, los grupos familiares se transnacionalizan, cómo la mercantilización de la identidad étnica puede suponer prácticas de recreación de la identidad. En suma, cómo estos procesos “nos imponen una reconsideración de la clásica relación entre identidad y territorio, siendo que esta reflexión es de especial relevancia para las poblaciones indígenas en la medida en que el discurso sobre los derechos de los pueblos indígenas está pensado y concentrado en la idea de una población localizada y con una identidad fija, anclada en un territorio que se considera ancestral”. De aquí el pertinente interrogante que se plantea: “¿cómo se van a garantizar los derechos específicos de las personas indígenas en contextos migratorios?”

En “Prácticas devocionales y construcción del espacio en la movilidad”, Frida Calderón Bony y Olga Odgers Ortiz discuten la contribución de las prácticas religiosas entre los migrantes a la reconfiguración del espacio y el territorio. Argumentan que los lugares de devoción a los santos constituyen nodos significativos dentro de las redes de circulación migrante. Retoman los conceptos de circuitos, anclajes y holograma espaciales de la geografía humana para sustentar su análisis de caso del culto a Jesús Nazareno practicado por los migrantes originarios de Patambán, Michoacán. Las prácticas religiosas de estos “sujetos móviles” les han permitido atribuir nuevos significados a sus espacios de vida en distintas escalas: doméstica, comunitaria, regional y transnacional.

Por su parte, en “A chant of rapture…: de pirekuas, patrimonio cultural p’urhépecha y turismo”, B. Georgina Flores Mercado reflexiona sobre los efectos que ha tenido la nominación de la pirekua como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad en la población p’urhépecha. A través de un análisis de la propaganda publicitaria producida por la Secretaría de Turismo del estado de Michoacán, la autora arguye que la declaración responde más a los intereses económicos del estado que al apoyo a la producción cultural local. Demuestra cómo las imágenes y los discursos mediáticos dirigidos a los turistas potenciales construyen una visión ideológica de una cultura indígena armónica y auténtica que oculta las condiciones de marginación, desigualdad y lucha que forman parte de la realidad cultural del pueblo p’urhépecha.

Jesús Aguilar Nery, en “Creencias sobre el concepto de raza en profesionales de la educación en Baja California”, nos ofrece los resultados de su estudio sobre el racismo en ámbitos escolares. El texto busca “explorar empíricamente las creencias racistas en dos muestras de profesionales de la educación: una de nivel superior y otra de supervisoras(es) de nivel preescolar en dos municipios de Baja California, México”. No se propone recoger meras opiniones, sino “explorar los conocimientos y saberes que sustentan las posibles ideologías racistas, pues se trata del andamiaje básico para construir argumentos y justificar prácticas racistas”. También es del todo relevante -continúa el autor con toda razón- “llamar la atención sobre las tramas del racismo, que en general están imbricadas con otras tramas discriminatorias como las de clase, género, sexo, etnia, etcétera, por lo que es importante ir trabajando en marcos de comprensión que las liguen, pues suelen reforzarse mutuamente en las creencias y en los actos de opresión”.

El número incluye, asimismo, una entrevista al antropólogo y catedrático de la Universidad de California Juan Vicente Palerm -cofundador del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana-, realizada por María Rosa Nuño Gutiérrez y Yanga Villagómez Velázquez. El entrevistado reflexiona sobre las necesidades de formación antropológica en México y Estados Unidos y la importancia de renovar los estudios rurales y del campesinado para dar cuenta de nuevas formas de producción y organización social. Versa sobre la urbanización, la industrialización, la migración y la nueva ruralidad en contextos nacionales distintos.

El volumen termina con tres reseñas: Las pinturas del templo de Ixmiquilpan. ¿Evangelización, reivindicación indígena o propaganda de guerra?, de Juan Luna Ruiz; I swear I saw this. Drawings in fieldwork notebooks, namely my own, de Camilo Sempio Durán, y Espacio público y género en Ciudad Juárez, Chihuahua, de Angela Giglia.

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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 30, número 59, enero - junio 2020, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 24 de junio de 2020. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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