Más allá de la jaula estatal

Néstor García Canclini*

alte. 2016 ; 26(51)


La antropología y la sociología se diferenciaron durante casi todo el siglo XX por sus modos de construir lo que llamaban realidad. Gran parte de los antropólogos eligió el inductivismo etnográfico, o sea, observar en el campo las propiedades que suponían intrínsecas de los grupos indígenas o las naciones, además de registrar con detalle sus identidades, dando poco espacio a las divergencias entre lo que pensamos y nuestras prácticas, como si lo que decimos y hacemos no resultara de su lugar en estructuras mayores donde se lucha y se negocia con los diferentes. Los sociólogos, en cambio, buscaron inferir de teorías del modo de producción y las formaciones sociales cómo una población se dividía en clases, y leer desde esos condicionamientos las conductas de los individuos y los grupos: su método era el deductivismo. Sabemos que en México, como en otros países, estas opciones epistemológicas tuvieron consecuencias políticas: los antropólogos concebían la emancipación de las etnias y las naciones como reivindicación de sus culturas en lo que tendrían de singulares; para los sociólogos, notoriamente los marxistas, se necesitaba cambiar el lugar subordinado de las clases oprimidas, no tanto exaltando su diferencia sino aboliendo la desigualdad.

Roger Bartra, antropólogo y sociólogo, se dedicó a examinar lo que en estos dos procedimientos para construir lo real había de imaginario. Lo hizo sin limitarse a la higiénica distinción entre ciencia e ideología. Se preguntó cuál es el papel de la imaginación en las conductas que los sujetos y las sociedades suponen racionales. Puso en evidencia así que, para explicar lo que está cambiando, es preciso entender las redes imaginarias con las que disputamos el poder político.

La obra de Bartra se sitúa críticamente en esta opción entre develar "lo real" y desconstruir los discursos. Muchos de sus textos están sostenidos por análisis socioeconómicos sobre cuestiones agrarias, investigaciones acerca de la historia de México, de los mitos y las representaciones artísticas de los salvajes o de la melancolía, e incluso descripciones zoológicas y neurobiológicas. Aun cuando cita encuestas, el soporte empírico no se reduce a desautorizar las gesticulaciones retóricas de los mitos o el nacionalismo. A propósito de quienes subestiman como ideólogos a los disidentes y proponen quitarles las máscaras para que emerja lo real, el autor de la democracia ausente compara esa ilusión de perseguir el objeto verdadero con quien pela una cebolla quitando "una por una las capas: al final se quedó con las manos vacías".

Si bien Bartra asume los desafíos posmodernos, su trabajo en cuanto científico social evita los riesgos epistemológicos de muchos autores de esta tendencia aprisionados en los juegos intra e intertextuales de la especulación humanística. No disuelve la tarea crítica, como en gran parte de los cultural studies, en una combinación de interpretaciones ajena al sentido empírico de las prácticas sociales, una especie de juego de puertas giratorias.

Hay en esta discusión sobre lo verdadero y lo imaginario, lo real y lo textual, problemas de método y de estilo de comunicación de lo que se investiga. En relación con el método que sigue, el autor de la jaula de la melancolía aclara que no lo ha "pensado para resolver las contradicciones que anidan en los mitos políticos. Ya que los mitos políticos no son criaturas ideológicas impuestas por el Estado o las clases gobernantes, nada más lejos de mi pensamiento que tratar de extirparlos para sustituirlos por formas racionales democráticas" (Bartra, 1999: 130).

Respecto del estilo con que comunica lo descubierto, Bartra ha elegido el ensayo. Ni la forma erudita del tratado académico (aunque muchas páginas exhiben enorme documentación), ni la secuencia de teoríahipótesis-demostración empírica. ¿Cómo eludir -si se trabaja principalmente confrontando interpretaciones- el peligro de descifrar un mito y criticarlo para acabar postulando otro? ¿Cómo salir del encierro del círculo hermenéutico? El ensayo favorece, según su nombre lo indica, la tentativa, explorar en distintas direcciones, en palabras de Clifford Geertz, rectificar el itinerario si algo no marcha, sin la necesidad de "defenderse durante cien páginas de exposición previas", como en una etnografía o un tratado (Geertz, 1994: 15). Más aún si se ensaya con ironía, esa manera de decir algo diferente (e incluso contrario) a lo que se quiere significar. "Se dice una cosa para dar a entender otra" (Bartra, 1999: 137).

Hay un tercer recurso para poner a prueba las interpretaciones discursivas: hacer jugar las claves de época en escenarios distintos. Es un desafío radical para los sociólogos y antropólogos que crean teorías generales a partir de la observación de una sociedad particular. Bartra ha buscado validar su concepción de las redes imaginarias como decisivas para entender las contradicciones sociales, las paradojas políticas y las crisis de legitimidad de los partidos y los gobiernos en épocas y sociedades diversas. Aunque sus hallazgos teóricos parecen incitados por sus investigaciones y su militancia en México, así como por su participación en la agitación cultural y política francesa de los años sesenta y setenta, ha puesto a prueba las mediaciones imaginarias para iluminar la descomposición de las sociedades llamadas socialistas o las guerras de Estados Unidos contra países árabes, la homogeneización de la sociedad alemana instituida por el Estado y los montajes de la banda de Baader-Meinhof, la construcción de la dominación soviética y su derrumbe. También ejercita esta labor comparativa describiendo, más allá de los dualismos opresión/ rebeldía o de la acción de los aparatos del Estado, la teatralización del control estatal y las transgresiones de los marginales en contraste con las mayorías silenciosas y los riesgos de su institucionalización.

La fuerza explicativa de su teoría de las redes imaginarias se ha ido conformando al examinar la confrontación entre capitalismos y socialismos, entre procesos de estatización de la sociedad, tanto en el "socialismo trágicamente existente" como en los debates acerca de la democratización del corporativo Estado mexicano. En todos los casos, la desconstrucción de los discursos hegemónicos y el objetivo crítico del autor están animados por el cuestionamiento de lo que él mismo ha llamado la estadolatría.

Podemos preguntar si es posible refigurar esa aportación conceptual y metodológica en esta época de Estados débiles o fallidos. ¿Quiénes y cómo construyen las mediaciones imaginarias cuando los aparatos estatales se han vuelto ineficaces ante la expansión de empresas transnacionales, la globalización de los mercados financieros invalida la regulación pública de la producción, y también la globalización del crimen burla diariamente la autoridad de los Estados? México es una escena elocuente para percibir este giro histórico: el duro y largo presidencialismo, el control político estatal de décadas -que logró tantas veces absorber a la oposición en sus pactos y redes- no consigue ahora mostrar su autoridad en enormes territorios, en grandes ciudades ni carreteras, ni en las fronteras donde transitan las mercancías y las armas, en las cárceles de alta seguridad ni en los saqueos de oleoductos.

Bartra ha prestado atención a los actores no estatales. Desde el papel de la iconografía mediática en la reconfiguración de la imagen del salvaje hasta en las formas posmodernas, no territorializadas, de cultura, por ejemplo las de los expatriados o migrantes y las obras artísticas no subordinadas al poder estatal. Su libro territorios del terror y la otredad considera modalidades del miedo al otro en el siglo actual cuando avanzan alteridades religiosas y étnicas que los Estados sienten amenazantes.

Quiero sugerir aquí que las propuestas de Roger Bartra sobre el papel de las redes imaginarias podrían extenderse al seguir sus transformaciones en una época en la que los Estados ya no desempeñan el protagonismo de siglos anteriores. No vivimos ahora en un mundo dividido en dos bloques político-militares sino en una globalización multifocal, en la que siguen confrontándose Estados Unidos y la Unión Europea con Rusia, pero donde también intervienen China, los países islámicos, concentradas empresas transnacionales más poderosas que los Estados y un conjunto de mafias o redes ilegales operantes en todos los continentes.

Este paisaje tan distinto al de los siglos XIX y gran parte del XX reconfigura las articulaciones entre política, economía y cultura. Las mediaciones imaginarias -podríamos hipotetizar- tienen más fuerza y alcance que en épocas previas. Bartra escribió en el Postcriptum a las redes imaginarias del poder político que esas redes suelen formarse para dar cuenta de "la coexistencia del hecho incoherente con la estructura consistente" y sirven para convivir con "contradicciones sociales y paradojas políticas" no superadas, que "permanecen sin solución durante larguísimos períodos históricos". Cuando la interdependencia globalizada multiplica la interculturalidad y los conflictos entre actores estatales y no estatales, tiendo a pensar que la coexistencia de los hechos incoherentes no acontece con estructuras consistentes sino con procesos difícilmente conmensurables.

No estoy hablando sólo del desorden mundial. Me refiero asimismo a la caótica excitación de imaginarios -y la búsqueda alarmada de redes que los organicen- dentro de sociedades con Estados frágiles o fallidos. En parte, esta fragilidad se debe a que los Estados perdieron capacidad operativa al haber cedido poder económico, comunicacional y cultural a corporaciones nacionales y transnacionales. También por la citada expansión de mafias que controlan territorios, redes económicas y políticas, y generan nuevas mediaciones imaginarias en las que el Estado se halla ausente o queda burlado: la enorme producción simbólica y circulación de los narcocorridos es un ejemplo.

Cabe señalar que esta propagación de formas no estatales o no principalmente estatales trasciende las espectaculares manifestaciones ilegales. Se observa al igual en los senderos de la informalidad y en las culturas juveniles: la combinación compleja de innovaciones tecnológicas, digitalización de la información y la producción, así como de movimientos sociales alternativos, han desarrollado -fuera del orden estatal y del sentido clásico de lo público- formas de sobrevivencia y reproducción de la vida social. El descreimiento hacia los partidos y las políticas gubernamentales en muchos países tiene como complemento antagónico la búsqueda de empleos y soluciones ajenas a los sistemas regulados del trabajo, la salud y el consumo. Las descargas libres de información y entretenimiento en las redes digitales es una de las prácticas más significativas de esta sobrevivencia y creatividad desenvuelta fuera del radar estatal o de la legalidad mercantil.

Este proceso se halla más expandido en las nuevas generaciones, cuyo índice de desempleo suele duplicar el de la población general y disponen de más habilidades para acceder a recursos alternativos. Los jóvenes, según documentan estudios de muchos países, saben que vivirán peor que sus padres. A diferencia del imaginario de los adultos, que volvía verosímil construir a través del estudio una carrera, las generaciones recientes trabajan -cuando pueden- por proyectos. Interiorizaron que la falta de trabajo durable les hace difícil aspirar a casa propia, seguridad médica y beneficios sociales. Cuando este malestar logra organizarse, por ejemplo entre los estudiantes chilenos y los mexicanos del #YoSoy132, en Egipto o en Brasil, se expresa en ciudadanías antagónicas y aun indiferentes al Estado, movimientos de alta intensidad y corta duración.

En los mismos estudios sobre jóvenes constatamos la importancia de las redes cooperativas y de poder (modesto) de los imaginarios. Pero tanto en sus formas desintegradas (visibles en las organizaciones violentas) como en las más creativas, de construcción de alternativas, hallamos exacerbada la heterogeneidad social e imaginaria que Bartra mencionaba en su Postcriptum. En este texto sostuvo que ese carácter heterogéneo de la contemporaneidad requiere observar la sociedad con un caleidoscopio, dispuesto para captar "las franjas de transición y las líneas de frontera donde se tocan o aproximan espacios o épocas diferentes".

Todos sentimos la inseguridad exasperada de este mundo desregulado en el que la imaginación y la creatividad cada vez deben ejercerse más en la informalidad, la cual se desliza demasiado a menudo hacia la ilegalidad y el crimen. ¿Cuánta informalidad y precariedad podemos soportar sin una recomposición de lo público? ¿Cuál es el papel de las redes imaginarias, cómo reformatear nuestra imaginación, en esta época posdemocrática? O, para decirlo de otro modo, cuando la Ilustración y la democracia, según la frase de Gayatri Spivak refiriéndose a la crisis occidental, "están enfermas en su hogar" (Spivak, 2012).


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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 32, número 63, enero - junio 2022, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. Ferrocarril San Rafael Atlixco 186, Col. Leyes de Reforma 1A sección, C.P. 09310, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <https://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, e-ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 2 de mayo de 2022. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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