Cartografías disidentes en un centro de justicia juvenil. El contrapoder de los dominados

Marta Venceslao Pueyo*



Resumen:

El artículo aborda las prácticas contrahegemónicas con las que los grupos subalternos enfrentan el descrédito y la dominación a partir del material etnográfico recogido en un centro educativo de justicia juvenil español. Por un lado, cartografía las formas subrepticias mediante las cuales los jóvenes disfrazan la disidencia y oponen resistencia a prácticas degradantes de la educación correccional. Por otro, elucida la paradoja que éstas parecerían encerrar: pueden considerarse tanto válvulas de escape para mantener el orden social, como contraofensivas que marcan límites a la sujeción institucional.

Received: 2015 November 25; Accepted: 2016 March 9

alte. 2016 ; 26(52)

Keywords: Key words: Institutional restraint, correctional education, resistance, tactics, social order.
Keywords: Palabras clave: sujeción institucional, educación correccional, resistencia, tácticas, orden social.

Introducción

Desde nuestra disciplina se han efectuado importantes aportes a la descripción y el análisis de las modalidades de resistencia con las que los dominados enfrentan las dinámicas de sometimiento. El marco analítico de la llamada antropología de la resistencia se ha interesado por los modos en que los colectivos oprimidos, estigmatizados, marginales o subalternos articulan diferentes formas de contrapoder frente a los procesos políticos, económicos y sociales en los que se encuentran atrapados.

Múltiples etnografías han mostrado que la dominación nunca es tan sólida y estable como pretenderían los grupos de poder. Ello, en primer lugar, porque ningún orden social termina de realizarse plenamente. Todos los imperativos dejan huecos en los que maniobrar, zonas de ambigüedad atravesadas por inconsistencias y contradicciones (Moore, 1978). Incluso en los dispositivos más férreos de control alcanzan a verse hendiduras que permiten ampliar los márgenes de acción, resistencia y disidencia.

En las páginas que siguen me propongo exponer algunas consideraciones en torno al contrapoder de los dominados a partir del material etnográfico recogido en una investigación que, con forma de tesis doctoral, abordó la discursividad y la práctica de la pedagogía correccional en un Centro Educativo de Régimen Abierto de Justicia Juvenil español durante 2011. Se trata del Benjamenta,1 un centro semitotal -por evocar la institución total descrita por Erving Goffman (2004) - de corrección de "menores infractores", a medio camino entre la institución educativa y la penitenciaria.2 El Benjamenta es un centro de pequeño formato (12 plazas) destinado a jóvenes de entre 14 y 18 años que, habiendo mantenido una "evolución positiva" durante su internamiento en régimen cerrado, cumplen la parte final de su condena bajo un ordenamiento que les permite realizar actividades laborales y/o formativas en el exterior. Si bien el régimen abierto presenta una modalidad disciplinaria más laxa que el cerrado, es importante subrayar que los internos continúan sometidos a una reglamentación no menos coercitiva y rígida que en sus centros de procedencia.

Efectuadas estas consideraciones a modo de preámbulo, paso a concretar las dos nervaduras principales de este trabajo. Atendiendo a una voluntad topográfica y topológica me propongo, en primer lugar, cartografiar las formas subrepticias a través de las cuales los jóvenes disfrazan la disidencia y oponen resistencia a ciertas prácticas degradantes de la educación correccional; esto es, mapear las diferentes formas del contrapoder -disidencias, desacatos, fingimientos...- a fin de localizar los espacios defensivos que los internos construyen para enfrentar el descrédito y la dominación. Con arreglo a esta perspectiva, trataré de mostrar que las expresiones de insubordinación que aspergean la cotidianidad del Benjamenta tienen como objeto fijar ciertos límites al sometimiento, contrarrestar la maquinaria de servilismo institucional y, por qué no, arreglar cuentas pendientes con aquellos que, ocasionalmente, los degradan -los educadores-. En otras palabras, planteo un adentramiento en la urdimbre de prácticas que, rehusando el orden dominante, reservan algo de uno mismo fuera del alcance de la institución. Se trata de algo cercano a lo que James Scott (2003) llamó infrapolítica de los desposeídos, es decir, formas encubiertas de acción con las que los grupos subalternos contrarrestan la sumisión y se defienden de la anulación de sí mismos en situaciones de dominación. Esa producción cultural (Willis, 2005) nos remite a un entramado de artimañas, burlas y simulacros de adaptación que invierten momentáneamente el orden cotidiano y tranzan eso que Goffman (2004:73) denominó un juego astuto, una combinación oportuna de estrategias destinadas a aumentar las posibilidades de salir indemne de los mecanismos de sometimiento.3

Antes de pasar al segundo eje, permítaseme aclarar una cuestión fundamental. Más allá de la perseverancia de los jóvenes a la hora de confrontar lo requerimientos de la obediencia, es necesario aclarar que la vida cotidiana en el Benjamenta trascurrió con normalidad, incluso a pesar -o acaso por ello- de ese archipiélago disperso, pero regular, de puntos de fuga en el orden disciplinario de la institución. El conjunto de la etnografía realizada mostró sin ambages una implacable docilidad de los cuerpos respecto a las disposiciones institucionales.

En segundo lugar, y al hilo de lo antes expuesto, quisiera observar la paradoja o contrasentido que parecerían encerrar las tácticas de resistencia. Y es que, si bien pueden ser leídas como victorias efímeras o pequeños triunfos que jalonan el alcance de la dominación y proveen de un cierto sentido de dignidad y respeto, aparecerían al mismo tiempo no sólo como acciones que contribuyen a reforzar el confinamiento material y simbólico de los degradados,4 sino también como válvulas de escape necesarias para el mantenimiento y salvaguardia del orden social del centro.

Es precisamente esta aparente antinomia la que nos plantea una interrogación acerca de lo que hace que la vida en lugares marcados por órdenes profundamente asimétricos discurra, como decíamos, con normalidad. Como lo concibiera Max Gluckman (1968) para el análisis situacional de la inauguración del puente en Zululandia -uno de los pasajes etnográficos canónicos de nuestra disciplina-, cabría considerar que, a pesar de las acentuadas desigualdades entre dominadores y dominados, y de la estructura de dominación que los confronta, se dan procesos en los que unos y otros no sólo conviven, sino que cooperan entre sí. Este asunto nos adentra indefectiblemente en los mecanismos de reproducción social del orden establecido. Espero dar cuenta de esta y otras cuestiones en los apartados siguientes.

Tácticas de resistencia a la sujeción institucional

Paso a continuación a inventariar, grosso modo, las diversas estrategias de contrapoder registradas durante mi estancia en el Benjamenta. Las presento clasificadas en cuatro modalidades. La primera agrupa diversas manifestaciones de desórdenes efímeros: a) ajustes secundarios, b) insolencias al filo de la punición e c) insubordinaciones rituales. La segunda modalidad reúne, bajo el paraguas de la cultura cómica, d) la performance paródica de la propia etiqueta y e) los mecanismos de inversión. La tercera modalidad es la referida a f) los simulacros de acatamiento y los juegos de apariencias reeducativas, y la cuarta alude a g) la demanda explícita de una distancia con el lugar desacreditado que la institución le asigna a los involucrados.

Durante este recorrido, además de prestar atención a las disidencias individuales, me detendré especialmente en los espacios de copresencia (cenas, asamblea5 o el momento del cigarrillo en la terraza antes de acostarse) en cuanto nichos de autonomía en los que, bajo la égida del grupo, los jóvenes larvan eso que Scott (2003) denomina contrahegemonía, una cultura que, más que desobedecer o contravenir, distorsiona y subvierte códigos. La exploración de estos microuniversos resulta seminal para nuestro análisis en un doble aspecto. Por una parte, se presentan como grietas que operan a modo de territorio liberado en el que construir y albergar una voz propia, pero también como fisuras en las que implosionar momentáneamente -mediante la burla y la sátira- el orden cotidiano de subordinaciones. Por otra parte, me interesan en cuanto espacios rituales para la escenificación institucionalizada del conflicto estructural entre dominados y dominadores. Ahora bien, para completar nuestro cuadro de análisis conviene considerar el aparente contrasentido apuntado con anterioridad. Insistamos: si bien estas acciones pueden ser leídas como victorias efímeras o pequeños triunfos que jalonan el alcance de la dominación y proveen de un cierto sentido de dignidad y respeto, aparecen al mismo tiempo, por un lado, como acciones que contribuyen a reforzar el confinamiento material y simbólico de los degradados y, por otro, en cuanto válvulas de escape necesarias para el mantenimiento y salvaguardia del orden social del centro. Esta ambivalencia será la tensión de fondo que acompañará nuestro análisis a lo largo de las próximas páginas.

Inventario de ajustes secundarios

Las modalidades de desacato más habituales durante mi estancia en el Benjamenta fueron las que Goffman (2004:63-64) acuñó con el término ajustes secundarios, infracciones en las que lo relevante no es tanto la transgresión en sí, como la especial inclinación de los jóvenes a mostrar de forma velada a los educadores que están infringiendo la normativa. Como ya lo señalara Albert K. Cohen (1971[1955]), un aspecto que pude constatar en estas expresiones de insubordinación es que se trata de prácticas que se ejecutan de manera primordial por el mero hecho de estar prohibidas.

Observé dos modalidades especialmente recurrentes entre los arreglos de los muchachos para obtener satisfacciones prohibidas. Por un lado, fumar hachís en el "tiempo libre", y a veces hacerlo a escondidas dentro del centro, sobre todo en las horas previas a la cena. Por otro lado, asomarse a los balcones de las habitaciones, actividad que el reglamento no permite. Se incorporan a la mesa con los ojos enrojecidos y achinados, y con una particular propensión a la risa. Si bien los jóvenes no explicitan abiertamente esa transgresión, registré en más de una ocasión comentarios y gestos velados que parecían querer evidenciar ante los educadores, no sin una pizca de malicia y triunfo, su práctica clandestina.

La propensión de los chicos a exhibir delante de los educadores algunas de sus transgresiones podría leerse como una táctica que parece intentar poner en evidencia que todavía pueden conservar una parcela de autonomía en sus acciones. Tomemos también en este sentido la prohibición de salir a los balcones de las habitaciones. El centro instaló puertas sin manilla para impedir el acceso al exterior, aun así, todas han sido forzadas por los jóvenes para posibilitar su apertura. Lo que me interesa destacar de esta cuestión no es tanto que los internos fuercen los marcos, sino la especial inclinación a explicitar a los educadores que están infringiendo la normativa. Se asoman con frecuencia a los balcones incluso sabiendo que serán vistos, o mejor dicho, a condición de ser vistos. Se trata, en definitiva, de desobedecer la normativa y hacerlo cuidadosamente perceptible a ojos de sus vigilantes para dar cuenta de que aún se mantiene una parte irreductible al sometimiento de la institución.

Engarzo estas últimas consideraciones con otra clase de prácticas: aquellas tendientes a alcanzar satisfacciones lícitas con medios prohibidos. Me refiero a una serie de acciones, vacías de utilidad intrínseca que, sugiero, atienden a un mecanismo de defensa de la anulación de sí mismos. Actividades que también se emprenderían con cierta burla y despecho, incluso a costa de las consecuencias que la acción pueda tener sobre el insurrecto. Merece nuestra atención el siguiente recorte.

Después de la cena le pido a Luciano, el educador, que me relate el incidente de las albóndigas aludido durante la cena. Éste me explica que, el día anterior, Kalim había subido el tono de su queja ritual sobre la comida (impugnaciones diarias a la cantidad, calidad, variedad, etcétera). En esa ocasión su disconformidad terminó con la decisión de no cenar. Luciano insistió en que lo hiciera, pero el joven mantuvo su posición de forma férrea: no probaría bocado. Terminada la cena, mientras el educador ayudaba a otro interno a fregar los platos, Kalim comenzó a realizar incursiones esporádicas en la cocina para sustraer, con fingido disimulo, las albóndigas sobrantes que estaban en una bandeja sobre la encimera. Luciano se refirió al incidente mostrando un abierto enfado. Decía estar molesto con la actitud de Kalim que consideraba un "vacile descarado". Por ello, terminó castigándolo sin "tiempo libre" al día siguiente.

Lo interesante del episodio es que el joven entra en la cocina simulando hacerlo a escondidas, con la precisión suficiente como para que el educador se perca te del hurto. No podemos explicar este tipo de acciones únicamente por el mero placer de saborear los resultados (en este caso, las albóndigas). Más bien podría pensarse que se trata de mecanismos que, sin amenazar el monolitismo de la institución, vuelven a demostrar al amo que se mantiene todavía una parcela de autonomía en el acto.

No puedo dejar de señalar, y con esto retomo la doble lectura de la funcionalidad de las prácticas contrahegemónicas, la transigencia del equipo educativo con algunos ajustes secundarios, cuya intención no sería otra que la de reconquistar el dominio y la autoridad sobre los internos aun a costa de aflojar la aplicación de la normativa en determinados aspectos. Álex, uno de los educadores de noche, lo plantea con claridad meridiana cuando alerta sobre la posibilidad de provocar una "rebelión" entre los jóvenes si los educadores se muestran demasiado inflexibles con el cumplimiento de la normativa (por ejemplo, con la hora de irse a dormir, los turnos de limpieza, etcétera).

Insolencias al filo...

Con insolencias al filo (de la punición) quisiera referirme a aquellas prácticas de rebeldía cuidadosamente medidas por parte de los chicos para no suscitar represalias. Tretas que se tornan difíciles de castigar por su ambigüedad y que conforman una constelación sutil de ajustes secundarios para martirizar profesionales. Las actuaciones de Kalim, joven al que el equipo educativo describe como un maestro en "pinchar donde más te duele", ilustran esta modalidad de desacato en cuanto manifestación de lo que podría entenderse como una suerte de revancha de los internos hacia los educadores o, sencillamente, una fórmula de "rechazar a quienes los rechazan" (Goffman, 2004:310).

La educadora de tarde, Eliana, encabeza la mesa a la hora de cenar. Reparte rítmicamente la comida en los platos que le van pasando los chicos. Cuando le pregunta a Kalim cuántas milanesas quiere, éste le contesta secamente: "A ti no te hablo, que pierdo el tiempo" y comienza a mascullar entre dientes su queja ritual en relación con la comida: la ensalada de esta noche, de atún, sólo tiene el nombre.

Atendiendo a los comentarios de los profesionales recogidos durante el trabajo de campo, no creo errar si afirmo que este tipo de tormentos son del todo eficaces, es decir, resultan eficientemente molestos. Abundaré más adelante en la dimensión de estas tácticas como mecanismos de resarcimiento. Por el momento, sin embargo, me parece esencial apuntar su dimensión estratégica. Los jóvenes tantean y calculan los márgenes de maniobra para que sus muestras de indisciplina no conlleven una sanción. Me refiero a insubordinaciones fonambulistas que procuran mantener el equilibrio cuando la coyuntura institucional lo permite.

En sintonía con otros miembros del equipo educativo, Álex sostiene que los jóvenes "sacan sus actitudes chulescas y provocadoras" cuando saben que su condena está por finalizar. Señala la frecuencia con la que internos que se habían conducido con obediencia y corrección hasta ese momento, "se vuelven incumplidores". Apostilla que ese tipo de desacatos, y esto me parece lo más relevante, responde a una estrategia consciente de los jóvenes para "llevar a los educadores al límite". Se trata, dice, de "hacerte pagar el tiempo de condena". Tales apreciaciones me invitan a explorar otra lectura posible de las prácticas de desagravio. Aludo, como apunté anteriormente, a su dimensión como instrumentos de revancha hacia aquellos que, en cierto modo, los doblegan.

Aunque no todas se despliegan con el grado de temeridad de la viñeta anterior, podemos decir que estas prácticas, más allá de la sutileza con la que son implementadas, se juegan siempre en los límites de la sanción. Otras modalidades de mortificación del personal registradas durante el trabajo de campo fueron la indiferencia, la difamación, el ensañamiento con el personal de menor jerarquía y/o más endeble, y los desplantes.

En aras de la brevedad, consideraré sólo la difamación, o más concretamente, el chisme malintencionado que, como Scott (2003) apunta, es una forma elemental, pero segura, de ataque disfrazado. Traigo a colación la campaña difamatoria que Kalim emprendió contra Perico, uno de los veladores de noche. El joven fue diseminando paulatina y subrepticiamente entre internos y educadores la acusación de que Perico se masturbaba con revistas pornográficas durante su turno de trabajo, hecho que causó un profundo malestar en el velador a lo largo de varias semanas. Este episodio se encabalga con el ensañamiento. Los jóvenes del Benjamenta se muestran especialmente irreverentes con el personal más débil en términos de posición en la estructura del centro y/o de caráctertemperamento. Las educadoras sustitutas, casi siempre mujeres muy jóvenes, devienen uno de los principales objetos de martirio, pero también los veladores y el personal de servicio.

Insubordinaciones rituales

Quisiera sugerir que los antagonismos y las asimetrías entre jóvenes y educadores son expresados pública y ritualmente en forma de dramas de conflicto. Distinguiré en el presente apartado dos de las modalidades habituales que escenifican estas tensiones. Unas toman cuerpo a través de lo que podríamos entender como rituales de rebeldía. Otras se encarnan en formas más inorgánicas e inasibles. Me refiero con esto último al rumor de quejas litúrgicas por parte de los jóvenes, en las que el refunfuño parecería ser un acto reflejo de los internos ante los mandatos de los educadores. Las peticiones para poner o quitar la mesa, fregar los platos o participar en los talleres despiertan de manera, me atrevería a decir, sistemática protestas de diversa intensidad. A pesar de ellas, ni los chicos desobedecen el imperativo de los educadores, ni éstos disminuyen su disposición a comandar, es decir, la queja no modifica el quehacer frente a los internos. Podría argüirse, entonces, que la disconformidad murmurante que permea la vida cotidiana del centro no responde tanto a la posibilidad de lograr un cambio efectivo en la dinámica de sometimiento, como al intento de transmitir a los dominadores la presión del descontento evitando, al mismo tiempo, ser objeto de represalias.

Estas modalidades de protesta velada cohabitan con formas más elaboradas de teatralización. Quiero insinuar con ello una suerte de performance de rebelión que los jóvenes habitúan escenificar en los momentos y espacios de reunión, como serían las comidas y las cenas donde, por ejemplo, manifiestan con repetitividad ritual su desagrado sobre la cantidad y calidad de los alimentos.

Estas protestas dramatizadas pueden ser acrisoladas a la luz del doble papel que Gluckman (1963) le otorgó a los rituales. A saber: enmascaramiento y reparación. Nos referimos a la función de enmascaramiento en cuanto el ritual se activa para ocultar o velar los principios sobre los que se sustenta un sistema social desigual. Las liturgias de descontento vienen a enmascarar o, como sostiene Díaz Cruz (1998:208), a embozar las causas estructurales de los conflictos propios de una situación de dominación. La segunda función nos remite a su papel profiláctico en el sentido que no resuelven los conflictos, pero sí alivian las tensiones, contribuyendo en cierto modo a la cohesión de la microsociedad benjamentiana.

Resulta significativo observar que los educadores transigen este tipo de protestas -con más resignación que inconformismo- a pesar de la zozobra que parece producirles. No obstante, sin soslayar que estos rituales suponen una institucionalización de la protesta que coadyuva al mantenimiento del orden (Gluckman, 1963:112), cabe subrayarse su interés en cuanto estrategias efectivas y seguras de disentimiento y mortificación de educadores. Se trata de tácticas que también responderían a esos equilibrismos que permanecen justo al límite de la insubordinación para no ser sancionados.

Performance paródica sobre la propia etiqueta

Merece ahora nuestra atención la recurrencia con la que los jóvenes caricaturizan la etiqueta joven delincuente. Además del reiterado "hasta luego; me voy a delinquir" como despedida cada vez que salen del centro, advertí otras microparodias a propósito de la marca desacreditada que les es asignada y con la que parecerían tratar de mantener una distancia.

Amadeo se incorpora a la mesa del comedor unos minutos después de las 13:30 cuando ya estamos todos sentados. Es la hora de comer. Antes de que el educador le pida explicaciones por su retraso, Daniel, otro interno, simula una reprimenda adoptando un registro de voz grave: "A ver, Amadeo, danos una buena excusa. ¿Por qué llegas tarde? ¿Qué has ido a robar esta vez? Estás castigado". Minutos más tarde le pregunto a Amadeo qué cursillo de Formación Ocupacional está realizando. Me dice que el de reparación de bicicletas y añade que anteriormente había hecho un curso de carpintería y otro de camarero, a lo que Daniel apostilla de inmediato: "Joder, no veas qué de cosas eres, Amadeo: carpintero, camarero, delincuente...".

Sin elidir este fenómeno como un efecto de la fijación institucional de la etiqueta, por la que los propios jóvenes terminan estigmatizándose a sí mismos, propongo analizar estas parodias como un revulsivo que desactiva la mácula mediante la hipérbole de la representación, al mismo tiempo que en cuanto modalidad de burla velada hacia aquellos que los afrentan. Me aventuro a plantear el recurso de la sátira sobre su propio estatus como una práctica provocadora -y paradójica- de insumisión; como si a base de zaherir y ridiculizar el estigma, le restaran fuerza y alcance.

Por otro lado, quiero hacer notar el uso del sarcasmo en cuanto medio para parodiar el control disciplinario y con él, a sus guardianes. El subterfugio de la ironía, desplegado en ocasiones con astucia, deviene artefacto para marcar una distancia respecto a la situación en la que se encuentran. Este recorte etnográfico a propósito del incidente de las albóndigas nos aproxima a la burla como modalidad contrahegemónica de resistencia.

La cena comienza con la insurrección ritual de Kalim. Sentado en el extremo opuesto de la mesa, se lamenta en esta ocasión de que la cena es poco copiosa y el menú, muy repetitivo. El proscenio va animándose paulatinamente con charlas, intercambio de chanzas y risas. Nabil, Miguel y Tito parecerían haber fumado hachís en su hora de "tiempo libre". Sentados en la mesa, el primero me pregunta por mi bicicleta: "¿No te la han robado todavía?". Mientras converso con Santos, otro interno, acerca de cómo le fue el día, escucho el rumor quejumbroso de Kalim que vuelve a protestar no sé muy bien por qué. Reparo en que el joven le niega la palabra y la mirada de forma ostensible a Luciano, el educador, cuando éste le pide que le alcance la jarra de agua. Más tarde el educador le pregunta si quiere uno de los filetes que se dispone a servir al resto de comensales. Kalim procede de nuevo ignorándolo manifiestamente. Es entonces cuando, dirigiéndose a mí, me interpela inopinadamente: "Marta, ¿tú crees que es normal que me hayan castigado hoy sin salir por comerme una albóndiga?". Prosigue con su exposición dirigiéndose ahora al conjunto de los congregados: "Entonces, cuando me pelee con alguien, me enviarán a Guantánamo... ¡O peor aún: directamente a la silla eléctrica!". Trato de reprimir la risa, pero me resulta imposible. Acabo soltando una carcajada. Siento cierta fascinación por la habilidad de Kalim para manejar el sarcasmo con el que caricaturiza la lógica punitiva y, de paso, a sus operadores.

Rituales de inversión y desórdenes dramatizados

Concluida la cena, Eliana se pone de pie y anuncia a los jóvenes el primer punto del orden del día de la asamblea: la laxitud de los internos en los hábitos de limpieza durante la última semana. El anuncio despierta en los internos un murmullo de protestas y comentarios a media voz. Los jóvenes dicen querer salir a fumar a la terraza y concluir cuanto antes la asamblea. La educadora, que intercambia miradas frecuentes con Luciano, pasa a imputarles varios cargos: orinar más allá de las fronteras de la taza del váter, dejar los escupitajos en el lavamanos y, en último lugar, desamparar restos de caca en el retrete. Tras un breve silencio de pocos segundos, estalla simultáneamente entre los jóvenes una coral de carcajadas lideradas por Miguel, uno de los principales protagonistas de una escena que podríamos titular la revancha escatológica. Entre risas y aspavientos el joven inaugura lo que parecería un improvisado concurso de alegorías fecales en que los participantes compiten por soltar el comentario más soez, la broma más grosera. El "pastel flotante" y el "chorongo movedizo" dan paso a controversias más serías como, por ejemplo, la consistencia y longitud excrementicia de los comensales en los últimos días. Los chicos ríen y bromean abiertamente aumentando de manera paulatina la intensidad del bullicio. Parecen protagonizar una velada propia a la que los demás sólo estamos invitados en calidad de espectadores. Eliana y Luciano tratan en vano de poner orden y acallar la pequeña insurrección. "¡¿Queréis dejar de comportaros como niños de preescolar?!", dice la educadora y, con gesto grave, amenaza: "Si no mantenéis los baños limpios, a partir de la semana que viene los fregaréis vosotros mismos". Trato con todas mis fuerzas de mantener la compostura, pero termino dejándome contagiar por el jolgorio que parecería diluir por unos instantes la atmósfera soporífera del centro. Los educadores no desisten en su empeño por aplacar el alboroto, pero los jóvenes prolongan todavía unos minutos más su ceremonia festiva hasta que los ánimos se sosiegan y la asamblea prosigue con el segundo punto del orden del día: hace varios días que dejan sin lavar los vasos que utilizan en la merienda. Eliana se muestra taxativa: "A partir de mañana cenaréis con los vasos sucios" (murmullo de protestas). Supongo que no quiere dar pie a otra revuelta. Fin de la asamblea.

Durante mi estancia en el Benjamenta, dediqué un espacio importante a analizar lo que, siguiendo a Mijail Bajtin (1971), llamé cultura cómica del centro, prestando especial atención a la burla como mecanismo que permite ciertas formas contrahegemónicas de distorsionar y subvertir los códigos del internamiento.

Los espacios de copresencia -cenas, asambleas o reuniones en la terraza donde los internos se juntan a fumar- fueron los lugares por antonomasia donde gestar ciertos nichos de autonomía en los que, bajo la égida del grupo, los jóvenes generan una suerte de microuniversos que operan a modo de territorio liberado en el que implosionan momentáneamente el orden cotidiano de subordinaciones mediante el uso de la ironía y la sátira. No socavan la sujeción institucional, pero ofrecen la posibilidad de un ordenamiento distinto.

La cultura cómica viene marcada por dos de los elementos que Bajtin (1971) señalara para el tiempo carnavalesco, a saber, la prevalencia de la risa y la exaltación de lo grotesco. Quisiera introducir algunas consideraciones al respecto. En primer lugar, la risa en estos espacios cumple una doble función ritual. Por un lado, funge como mecanismo que permite estallar el orden y, por otro, es un elemento de catarsis. La risa conjunta es ingobernable y, como ella, las situaciones a las que da pie. Los educadores no pueden oponer resistencia a su empuje y es precisamente en su indomesticabilidad que reside su interés. La escena de la asamblea, pero también otros momentos de las cenas, muestran la perturbación del orden a través de la desfiguración de lo serio, en este caso, la amonestación de los educadores. Lo sagrado -la disciplina y la obediencia- recibe por parte de los jóvenes un tratamiento burlesco. Asimismo, cabe apuntar su función catártica, esto es, la risa en cuanto elemento liberador de tensiones.

En segundo lugar, se observará cómo la exaltación de lo grotesco sitúa lo escatológico en el epicentro de la escena, disparando la risa. La ruptura del orden cotidiano adopta el aspecto de un espectáculo de hilaridad. Irreverencias que toman cuerpo a través de lo que Bajtin (1971:61 y 100) denomina comicidad verbal de baja estofa. El chorongo movedizo o el pastel flotante son las groserías que se ponen a circular en escena.

Diríase que, en el Benjamenta, lo terrible cohabita con lo cómico. Acaso reírse de su desgracia sea una manera de revertir el horror. La dramaturgia burlesca como contrapunto al espanto me permitiría sugerir otra explicación plausible a la existencia de la cultura cómica en cuanto forma de resistencia. Si lo serio queda del lado de la autoridad y la prohibición -intimida e infunde miedo-, la risa implicaría la superación de ese temor. El lenguaje de la risa no impone ninguna restricción, por eso nunca es empleado por los dominadores. El mundo al revés que se instaura en el pasaje de la asamblea inaugura un tiempo para los chistes, la burla y la ironía, elementos que avivan su atmósfera jocosa.6

Para los jóvenes, que pasan gran parte del día imbuidos en la dinámica del internamiento, estas fisuras espontáneas son un espacio de liberación (consentido por la institución, apostíllese). El Benjamenta muestra una cierta permisibilidad ante las conductas bufonescas. He tratado de revelar que parte de esta tolerancia está fundamentada en su funcionalidad para desplazar y aliviar tensiones y, con ello, salvaguardar la gobernabilidad del centro. Una vez que se abre un punto de fuga a la presión del sometimiento, los internos podrán regresar con más facilidad a la rutina de la dominación. Añádase que los educadores saben de la indocilidad de este tipo de movilizaciones rituales. Es más estratégico consentirlas, hasta cierto límite, que reprimirlas. Puede inferirse que la transigencia no dejaría de ser un mecanismo de control para el mantenimiento del orden. No obstante, volveríamos a incurrir en un análisis miope si las redujéramos a una mera dádiva institucional por la que los dominadores permiten a los subordinados que jueguen a rebelarse de vez en cuando. Estos subterfugios rituales, como he buscado demostrar, se prestan a ser leídos también como ambiguos triunfos que los subordinados logran arrancar a los dominadores. Victorias efímeras que no sobrepasan los límites del espacio-tiempo en el que ocurren. Tras ellas, la corriente del centro vuela a su cauce habitual. Sabemos que los archipiélagos de inversión que se producen en el centro no subvierten la estructura de sometimiento, ni suponen una transformación en el orden de subordinaciones. Sin embargo, abren grietas en la dinámica del sometimiento que ponen sobre aviso a los dominadores de la existencia de esa parte irreductible que hay en todo ser humano. Es cierto, no se trata de movimientos telúricos cuya intensidad propicie un cambio estructural, pero sí de pequeños espasmos que vienen a recordarnos que son jóvenes con inquietudes, deseos y capacidad de elección. En definitiva, prácticas que advierten que el orden del mundo no es inmutable.

Reproducción del discurso del amo: "la delincuencia lo que te hace es dilinquir y dilinquir, drogas y Pascual"

Podemos incluir la interpretación del papel joven delincuente-en-proceso-de-reinserción como una más de las modalidades de resistencia de los internos del Benjamenta. Podría pensarse que su objeto no es otro que influir favorablemente en los informes de seguimiento realizados por los educadores que constituyen, a su vez, una de las piedras angulares del expediente judicial a partir del cual se decidirán los posibles cambios en el régimen de internamiento y la concesión de permisos y prebendas. Trabajando con y dentro de la economía cultural dominante (De Certeau, 2007:XLIV), los jóvenes confeccionan su papel en función del discurso de la pedagogía correccional y los efectos recalificadores esperados. La representación gravita, por lo tanto, en torno al aparente consentimiento a la intervención educativa y a la exhibición de los supuestos enderezamientos operados en ella.

El espacio por excelencia para observar estos ajustes situacionales (Moore, 1978) fueron las entrevistas a los internos. Veamos el siguiente relato en que Miguel habla de los efectos educativos operados en él:

Antes no pedía las cosas "por favor", no decía "gracias", no m'ajuntaba con gente..., y decía: "mira, éste es un mierda". Yo ahora m'ajunto con todos los que me tengo que ajuntar, aunque no los conozca..., de mi barrio, de todos los barrios del centro... Como si es chino; da igual. Voy a hablar con toda la gente... Y ahora digo: "por favor, quiero algo", "por favor, déjame una llamada" [se refiere a pedir permiso para realizar una llamada telefónica desde el centro]. Y si me la dan, pues "muchas gracias". Antes no era asín: no me das un cigarro, pues te robo.

Como actuantes disciplinados, despliegan estratagemas y subterfugios que les permiten salvaguardar la imagen propia, manejarse a sí mismos en la relación con el otro y comportarse de manera adecuada en ese contexto. La puesta en escena durante la entrevista expresó el mensaje deseado de forma inequívoca: estoy aprendiendo a ser "mejor persona". Se trata principalmente de mostrar que están siendo capaces de remodelar su ser, axioma último de la llamada reeducación. Este pasaje corresponde a un fragmento de la entrevista con Tito:

Marta: Cuando conversaba con los educadores, algunos dicen lo siguiente -quería contrastarlo contigo-: tienen la percepción de que hay jóvenes que necesitan pasar un tiempo en un centro cerrado cuando el chico ha entrado en una espiral que no puede parar; que necesita un límite. Los educadores dicen "desbravarlos" y que, después de quitarle la bravura, los pasan aquí, que es un centro abierto, más tranquilo, para terminar de "pulirlos". Así es como dicen, "pulir", terminar de arreglar...

Tito: ¿Cómo? ¿Que le quitan la delincuencia y lo traen aquí para...? ¡Pues sí! Yo creo que es eso. Me parece perfecto, porque hoy en día hay niños de 12 años y están matando o robando, que están haciendo de todo y no es normal.

Marta: ¿Qué opinión te merecen los compañeros que no se portan bien, los que están adentro [centro cerrado]?

Tito: Los que están adentro son los que te digo yo, los que no se comportan. Pa' gente así, que no se comporta, es carne de cañón, que se pasa ahí toda su vida porque no les gusta trabajar, ni tener una familia en condiciones... Y lo más bonito en esta vida es estar bien con todos, con tu familia y tener lo básico: tu trabajo, tu casa de alquiler o casa propia... [...]

Marta: Para finalizar, Tito, ¿de estos cuatro años y medio [de internamiento], qué te llevas?

Tito: Que he aprendido la lección. He aprendido la lección de la delincuencia; o sea, que la delincuencia no vale pa' ná. Porque la delincuencia lo que te hace es dilinquir y dilinquir, drogas y Pascual. Y que hacen que en un sitio así... Aquí te das cuenta que te hace falta tu familia, la libertad, estar en la calle... ¿Sabes cómo te digo?

Marta: Esa sería, digamos, la lección "buena". ¿Y la mala?

Tito: Pues lo malo ni lo quiero ver yo, ¿sabes cómo te digo?

Scott (2003:65) ha observado que, si es interpretado con habilidad, el teatro del poder puede convertirse en un instrumento de resistencia. Lo que desde arriba se puede ver como la imposición de una actuación, desde abajo puede advertirse como una sutil manipulación por conseguir los fines propios. Recuérdese que una representación apropiada de los supuestos resultados reeducativos podía influir favorablemente en los informes de seguimiento que elaboran los educadores. De lo que se trata, en última instancia, es de mostrar que se está comprometido con el ideario de la institución y su finalidad rehabilitadora.

"Los ladrones somos gente honrada": Expresiones de desmarcaje

La mayor parte del material etnográfico recogido expone a los jóvenes como actores que, con distintas técnicas dramatúrgicas, interpretan disciplinadamente su papel de desviado, exhibiendo y, en ocasiones, alardeando de la supuesta malignidad asociada a su estatus. Sin embargo, no podemos dejar de prestar atención a ciertas irrupciones en la representación que parecen querer romper con el guion (pre)escrito. En lo que sigue, me propongo elucidar aquellos movimientos de ruptura que parecieron indicar en los chicos la voluntad de mantener una distancia con el lugar desacreditado que se les adjudica. Estos intentos de desidentificación del rol darían cuenta de la resistencia a dejarse subsumir enteramente por el estigma y alejarse, de algún modo, del confinamiento simbólico de la etiqueta joven delincuente y su correlato de atributos degradantes.

Una de las principales formas de desmarcaje del descrédito consistió en vindicarse como portadores de un cierto sentido de probidad. En la siguiente narración, que si se me permite el guiño cinematográfico podríamos titular los ladrones somos gente honrada,7 Tito y Kalim parecen defender el reconocimiento de una posición moral propia, como si con ello quisieran ser identificados en un lugar distinto y distante de la deshonestidad que acompaña al estigma delincuencial. Wacquant (2004) hizo notar, a propósito de su trabajo sobre los jóvenes del gueto negro chicaguiano, la necesidad de contar con capital simbólico -y económico-, especialmente para quienes no sólo carecen de él, sino que además acumulan un capital simbólico negativo. Tal vez, los movimientos aquí analizados estén en sintonía con esta apreciación. En este sentido, tales rupturas con el papel pueden ser inferidas asimismo como movimientos en busca de respeto (Bourgois, 2006).

Poco después de comer, en el umbral de la puerta que separa el comedor de la sala de la televisión, les pregunto a Tito y Kalim por uno de los comentarios que les había escuchado durante la comida acerca de un mendigo.
Ambos se muestran solícitos a mi petición y me cuentan animadamente que la semana anterior, cuando regresaban en tren al Benjamenta, encontraron un "indigente" pidiendo dinero en el vagón. Se dirigieron a él y lo invitaron a que fuera con ellos al centro para pedirle al educador de mañana que le diera un bocadillo para comer. Ante mi muestra de interés por la anécdota, Kalim me interpela: "¡¿Pero qué te piensas, que nosotros no somos personas o qué?!"

Tomemos ahora unos comentarios de Rashid en relación con lo que podría entenderse como un código de honor propio, los cuales fueron recogidos durante una prolongada conversación después de haberlo entrevistado.

Rashid plantea con aplomo que es una persona con "principios" y trata de ejemplificar su afirmación situando, por un lado, que él no roba a los que no tienen, a la "gente pobre" y, por otro, que siempre ha tratado de evitar el enfrentamiento directo con las víctimas en sus incursiones delictivas. Añade una anécdota con la que dar cuenta de su integridad: cuando tomaba el tren desde su barrio para ir a robar al centro de la ciudad, solía ver en la estación a un hombre indigente acompañado de su perro. El joven le compraba un bocadillo de carne -"de esos marroquines", aclara indicando con las manos su considerable tamaño-, que el hombre partía por la mitad y daba una de las partes al perro. "¡No veas, el tío!", exclama con una mezcla de admiración y respeto ante el gesto del hombre.

Consideraciones finales

Si una institución correccional es un terreno fértil para la proliferación de fisuras que agrietan la estructura de sujeción, las insubordinaciones no pueden ser otra cosa que una respuesta esperable. Aun en condiciones en las que los dispositivos reeducadores implementan una importante función de sometimiento y deterioro del estatus, se registran operaciones de resistencia en los jóvenes que les permiten desafiar el forzamiento a la sumisión institucional y distanciarse de algunos atributos infamantes. Incluso a pesar de que estos episodios disruptivos no tengan siempre un carácter consciente, crítico y deliberadamente opositor, permiten al interno demostrar que le queda algo de personalidad y autonomía invulnerables al influjo de la organización. Cuenta de ello da el entramado de fricciones que erupcionan en la superficie aparentemente uniforme y regular de la estructura social del centro, advirtiéndonos del antagonismo existente entre internos y educadores.

La elucidación de estas prácticas, a las que doté de un carácter ritual, ha estado atravesada por la tensión de su ambivalencia: pueden ser leídas como pequeños triunfos de los dominados, al tiempo que como válvulas de escape necesarias para el mantenimiento del orden social de la institución. Mi intención no ha sido otra que la de articular este aparente contrasentido. La inversión del orden no es su derrocamiento, sino un elemento para constituirlo e, incluso, reforzarlo. Eso que pudiera antojarse paradójico resulta ser, en realidad, la más viva manifestación del orden de las cosas y de la naturaleza del poder. En palabras de George Balandier (1994: 72) diríamos que "ningún sistema existe sin contrasistema(s)". Es obligado en este aspecto referirnos a la teoría del double bind de Gregory Bateson (1976) y su interpretación sobre la naturaleza esquizoide del orden social, esto es, el contrasentido que encierran las órdenes de desobedecer.

Volvamos a la tesis de Gluckman (1968:1-27) relativa al efecto reparador de la escenificación del conflicto en el orden de la vida social. Podría decirse que su ritualización sirve para descargar las tensiones originadas por las fricciones cotidianas y los choques de intereses de los grupos enfrentados. Las subversiones cíclicas tendrían, por lo tanto, un efecto de liberación controlada o, según Balandier (1994:98), de desinflado. La transigencia para con ciertas transgresiones de las reglas es señal de su fuerza y capacidad de dominio.8 Podría esgrimirse, siguiendo esta línea argumental, que la manifestación de fracturas y descontentos funciona en cuanto mecanismo necesario de liberación catártica que apacigua cualquier conato de rebeldía incontrolable entre aquellos que ocupan posiciones de subordinación. La escenificación de la indisciplina y la protesta elide cualquier tipo de perturbación, salvaguardando la unidad y el equilibrio del sistema social. La permisibilidad por parte de la institución contribuye a reproducir su estructura de dominación. En suma, podría apuntarse que la puesta en escena de las prácticas de rebelión e inversión cumple un papel profiláctico (Díaz Cruz, 1998:212), no resuelve los conflictos, pero sí alivia las tensiones y ayuda a eliminar las perturbaciones. Funcionan como encubridores de los principios sobre los que se sustenta un sistema desigual.

La microsociedad benjamentiana se dirige, como todas las sociedades, en el juego del orden y el desorden (Balandier, 1994:72), del conformismo (que exige la adhesión visible y formal a sus reglas) y del cambio (que le brinda un lugar a la novedad y a lo inesperado). O, como sugiere Gluckman (1968:26 y 47), en un movimiento -inherente a toda estructura social- de fisión y fusión, esto es, de conflicto y superación del conflicto como dos aspectos del mismo proceso social.

Quiero sugerir con ello una dinámica permanente de enfrentamiento y cooperación, organizada con base en la lógica de dominación que determina, al mismo tiempo, las formas de dicha colaboración. Las fricciones, contradicciones y diferencias, y los factores que las superan, demuestran ser la estructura de una comunidad. Ambos grupos -internos y educadores- configuran un único sistema social conformado por dos sectores encontrados que constituyen, paradójicamente, la base de la unidad estructural del Benjamenta. Pero, insisto, es en el dominio institucional en el que se encuentra el factor principal para comprender la estructura social de este tipo de lugares.

Llegados a este punto, podría objetarse un abordaje de los conflictos que los jóvenes escenifican marcadamente escorado hacia la continuidad de la estructura y no tanto, utilizando la terminología turneriana (Turner, 1957), hacia la antiestructura y el proceso. Si bien me alineo a la tesis funcionalista que sitúa en estos desórdenes efímeros la preservación y la restauración del orden, más que la posibilidad de cambio que ofrecen estas situaciones, quisiera aclarar, a modo de conclusión, que no resto aliento a los fenómenos disruptivos en cuanto mecanismos de resistencia. Es más, la tesis principal que ha vertebrado el análisis -al menos ésta ha sido mi intención- los considera sobre todo como contraofensivas que marcan límites a la dominación institucional y contrarrestan parcialmente sus engranajes de sujeción, además de proveer cierto resarcimiento por el agravio que suponen las prácticas degradantes. Sería un análisis miope contemplarlos sólo como válvulas de escape. Sabemos que la disidencia se expresa casi siempre a través de prácticas dirigidas a renegociar discretamente las relaciones de poder. Lo que he querido evidenciar es que, a pesar de que las formas de contrapoder de los jóvenes carezcan de potencia constituyente,9 o sea, no den lugar a la emergencia de nuevas formas de organización ni supongan ajustes estructurales en la maquinaria de la dominación, éstas vienen a agrietar persistentemente su mecánica, dejando al descubierto los límites en el ejercicio del poder y advirtiendo que no todo puede ser domesticado. Este trabajo no ha pretendido ser más que una contribución, modesta e incompleta, en esta dirección.


1.

fn1Todos los nombres que aparecen en el presente artículo han sido modificados para preservar el anonimato de sus protagonistas. He tomado el nombre del centro educativo de la escuela para mayordomos de la novela de Robert Walser Jakob von Gunten (2009).

2.

fn2Durante el trabajo etnográfico, que abarcó nueve meses, pude sumergirme en la vida cotidiana de la institución a partir de una suerte de participación observante (Wacquant, 2004) que me permitió acompañar a jóvenes y educadores en comidas, cenas, talleres, tiempo de ocio, etcétera. Completé el trabajo de campo con diferentes entrevistas tanto a los internos como al equipo educativo.

3.

fn3Asimismo, esta trama de picarescas institucionales puede ser emparentada con el concepto de táctica propuesto por Michel de Certeau (2007), en alusión a los movimientos de los dominados que, realizados en el interior del campo enemigo y atendiendo a una lógica de acción acomodaticia, aprovechan subrepticiamente la ocasión para sortear el dominio de los "fuertes".

4.

fn4Para profundizar en esta aporía véanse los trabajos de Paul Willis (2005) y Philippe Bourgois (2006), que muestran cómo ciertas formas de resistencia de los grupos subalternos operan paradójicamente como mecanismos que los fijan en estratos degradados y degradantes del cuerpo social.

5.

fn5La llamada "asamblea" es una actividad semanal (martes por la noche) que, según los educadores, trata de fomentar la participación de los jóvenes en la dinámica del centro, ofreciéndoles un espacio para comentar aspectos de funcionamiento, planificación de actividades, información importante, quejas y sugerencias, etcétera.

6.

fn6 Bajtin (1971:89) apunta que la risa fue siempre un arma de liberación en las manos del pueblo porque nunca pudo oficializarse; nunca pudo ser convertida en un instrumento de opresión y embrutecimiento.

7.

fn7En alusión a la película dirigida por Pedro Luis Ramírez en 1956.

8.

fn8Recuérdese que Gluckman subrayó que los ritos institucionalizados del conflicto sólo pueden existir en sociedades en las que el orden está establecido y no hay nada que lo amenace por completo. La connivencia a este tipo de movilizaciones cotidianas daría cuenta, por inversión, de la cohesión social dentro de la cual existen los conflictos.

9.

fn9Tomo aquí la distinción que Toni Negri (2004) realiza entre resistencia, insurrección y potencia constituyente como tres manifestaciones distintas y no necesariamente coexistentes de contrapoder. El autor entiende por potencia constituyente la fuerza que organiza positivamente nuevas formas de vida.

Fuentes
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Departamento de Antropología, UAM Iztapalapa

ALTERIDADES. año 29, número 57, enero - junio 2019, es una publicación semestral de la Universidad Autónoma Metropolitana, a tráves de la Unidad Iztapalapa, División de Ciencias de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Antropología. Prolongación Canal de Miramontes 3855, Col. Ex-Hacienda de San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan, C.P. 14387, Ciudad de México, y Av. San Rafael Atlixco 186, Col. Vicentina, C.P. 09340, Edif. F-001, Ciudad de México. Telefono: 5804 4600, ext. 2679. Página electrónica de la revista <http://alteridades.izt.uam.mx>. Direción electrónico: alte@xanum.uam.mx. Editor responsable: Dra. Norma Jaramillo Puebla. Certificado de Reserva de Derechos al Uso Exclusivo del título número 04-2015-112311463800-203, ISSN: 2448-850X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de la última actualización de este número: Dra. Norma Jaramillo Puebla, Unidad Iztapalapa, División de Ciencias Sociales y Humanidades. Fecha de la última actualización 20 de junio de 2019. Tamaño del archivo: 6.8 MB
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